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La sinfonía de la vida

Sin dudas, la partición del Mar de los Juncos es un clímax magnífico para todo el proceso de la redención de Egipto. Por lo tanto, no sorprende que el pueblo judío se haya inspirado para elevar cánticos a Hashem por salvarlos de una forma tan espectacular. Estaban realmente llenos de gratitud, respeto y amor por el Creador, que había realizado actos tan maravillosos por ellos.

Cuando leemos en este cántico especial frases tales como “Le cantaré a Dios porque es muy excelso” (Éxodo 15:1) y “Con la inmensidad de Tu grandeza destruyes a Tus oponentes” (Éxodo 15:7), entendemos de inmediato su pertinencia.

“Este es Mi Dios y Lo glorificaré” (Éxodo 15:2) también es muy importante para la idea en general. El pueblo judío está tan colmado de estima por el poder de Hashem y de gratitud por la increíble bondad que hizo por ellos, que declara con gran exaltación su completa devoción y dedicación a glorificar Su nombre. De hecho, la explicación de los Sabios respecto a que esto se refiere al embellecimiento de las mitzvot , encaja perfectamente con esta idea.

Sin embargo, encontramos otra explicación de los Sabios que quizás requiere un análisis más profundo respecto al contexto en el que aparece. La palabra hebrea para “Lo glorificaré” es veanvehu. Esta palabra suena como aní veHú, que significa “Yo y Él”; en otras palabras, “quiero ser como Él”. El pueblo judío, en medio de su cántico de alabanza a Hashem, proclama un intenso deseo de emular a su Creador. De hecho, una de las mitzvot de la Torá es emular el comportamiento de Hashem. Así como Hashem es misericordioso, nosotros también debemos ser misericordiosos; así como Hashem es bondadoso, nosotros también debemos ser bondadosos, etc. Sin embargo, en esta situación, la idea no se expresa como una mitzvá, sino que es una expresión espontánea del deseo del pueblo judío de comportarse como Hashem y de ser lo más parecidos a Él que sea posible.

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¿Cómo encaja esta idea en el tema general del Cántico del Mar?

¿Existe un reflejo emocional que provoca que cada vez que sienta gratitud hacia alguien por algo que hizo por mí, sienta también automáticamente el deseo de parecerme a esa persona? Es cierto que cuando uno admira las cualidades de otra persona puede sentirse inspirado a intentar emularla; pero en el contexto del Cántico del Mar el atributo principal que se alaba de Hashem es Su poder. ¿Acaso el pueblo judío aspira a ser tan poderoso como Hashem? Por supuesto que no.

La particular elección de palabras de los Sabios en este caso es: “así como Él es misericordioso, tú también debes ser misericordioso”, etc. Podríamos decir que el pueblo judío se inspiró tanto por la bondad y la misericordia de Dios, que quiso poseer esos atributos. Sin embargo, la principal respuesta emocional al recibir una enorme bondad es más bien la gratitud y no una profunda admiración. Es posible que en esa situación uno también sienta respeto y admiración, pero en general no parece que sea así. Debemos buscar una explicación más profunda.

Hablamos del Cántico por la partición del mar. ¿Cuál es la esencia de una canción? ¿Alguna vez viste a alguien tararear alegremente a lo largo del día? Ni siquiera pone atención en ello, quizás ni siquiera lo nota, pero está cantando. ¿Qué fue lo que generó esa canción?

“Tararear alegremente”, esa es la respuesta.

Cantar es una expresión natural y espontánea de un sentimiento de felicidad o completitud interior. Cuando una persona siente plenitud por experimentar continuamente el propósito y el significado de lo que hace, siente una gran alegría que puede llevarla a cantar.

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La máxima expresión de belleza de una canción es la sinfonía. Cuando todos los cantantes están mutuamente sincronizados, cuando las diferentes armonías se funden en la melodía, cuando todos los instrumentos se fusionan, cuando todo está bien estructurado y equilibrado, cada aspecto ocupa su lugar y su ritmo determinado, entonces se forma una hermosa sinfonía. Cuando cada componente cumple su función, la canción está completa y le da alegría al alma. Mejor aún, manifiesta y expresa la alegría del alma. La esencia de la canción es, por lo tanto, la expresión y la manifestación del éxtasis.

Durante más de dos siglos, el pueblo judío sufrió terriblemente en Egipto en manos de sus opresores. Se ahogaban en un océano infinito de miseria y oscuridad. Lo único que les permitía sobrevivir era la profunda esperanza en la promesa que Hashem les había hecho a los Patriarcas: que algún día serían redimidos. Probablemente, para la mayoría de los judíos, la vida durante esos siglos difíciles fue amargura y confusión, la pesadilla de no saber para qué se volvían a levantar por la mañana, la sensación constante de desaliento y desesperanza.

De hecho, los Sabios revelan que de no haber sido por la fuerte convicción de las mujeres judías, el pueblo judío no hubiera logrado sobrevivir (3). Era tan difícil que hubieran renunciado a todo, no hubiesen resistido. Habrían perdido por completo toda esperanza de redención y cualquier sentido de identidad judía. Fue realmente muy difícil, y sólo gracias a la firme convicción de las mujeres judías logramos perseverar y sobrevivir.

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Finalmente, llega el momento de la redención. Moshé Rabeinu entra en escena y los esclavos judíos respiran un nuevo aire de esperanza. Cuando comienzan las plagas, los egipcios sufren terriblemente y los judíos no se ven afectados, lo que incrementa la esperanza y el coraje del pueblo judío. Comienzan a sentir más orgullo por su identidad judía, comienzan a ver más sentido en su existencia como nación.

Finalmente, llega el glorioso día en que Hashem redime completamente a Su pueblo de la esclavitud y los saca de la tierra de Egipto, de la tierra de su sufrimiento. Llegan al Mar de los Juncos. Entonces ven que los egipcios los persiguen y nuevamente caen presas de la desesperación. Piensan que todo lo que han vivido en los últimos tiempos no sirvió de nada y que encontrarán su fin allí mismo, en ese momento, en manos de sus opresores. Y Moshé le dijo al pueblo: ‘¡No teman! Quédense quietos y vean la salvación que hará Hashem hoy para ustedes… Hashem luchará por ustedes…’” (Éxodo 14:13-14).

Tras la orden de Moshé Rabeinu, “el pueblo judío entró al mar y las aguas fueron para ellos un muro a su derecha y a su izquierda” (Éxodo 14:22). Mientras los judíos cruzaban a salvo el mar, los opresores egipcios fueron destruidos: golpeados y ahogados. El pueblo judío fue testigo de la caída irreversible de sus atormentadores y simultáneamente experimentó la salvación definitiva gracias a la misericordiosa mano de Dios.

En ese momento, vieron que cada cosa encajaba en su lugar.

Entendieron su esencia y el propósito de su esclavitud. Vieron que Hashem dirige Su universo con justicia suprema y que no existe el caos ni la casualidad. No, por todo se debe rendir cuentas, todo tiene un propósito y todas las acciones son juzgadas como corresponde.

En ese momento, el pueblo judío experimentó el éxtasis de observar por un momento el majestuoso tapiz del sentido y el funcionamiento más íntimo de la creación. Experimentaron la alegría suprema de la sinfonía, de sentir completitud al ver que todo componente cumple un propósito elevado y se fusiona en la imagen global para producir una hermosa obra maestra. Ese enorme éxtasis los llevó a una explosión magnífica y espontánea de canto. Su canción no fue solamente alabanza y gratitud, sino una expresión de la belleza de la creación, de la belleza de la existencia. Fue la manifestación y la expresión de ese poderoso sentimiento de completitud en la vida.

Vieron con una luz brillante cómo la existencia llega a su consumación y belleza a través de su relación con el Creador. Cuando se llega a un reconocimiento interior del propósito de cada detalle de la creación, cuando se entiende que todo lo que ocurre tiene un profundo sentido y significado, cuando se comprende que existe un Director del universo que imbuye sus componentes y eventos con el más profundo y poderoso sentido de infinidad, en ese momento la persona experimenta la alegría de la eternidad, el éxtasis infinito de la existencia verdadera. Porque tocar a Dios, por así decirlo, es vivenciar la máxima alegría de la existencia.

La única forma de lograr que este estado de ser se vuelva una realidad permanente y constante de la vida, es cultivar y desarrollar una relación real con el Creador del universo. Sin embargo, es imposible relacionarse con un ser con el que no se tiene nada en común. Para estar cerca de Hashem, debemos ser como él, aní veHú, Él y yo. Así como Hashem es misericordioso, yo también debo ser misericordioso. Ser como Hashem y apegarse a Él mediante el estudio de Su Torá y el cumplimiento de Sus mitzvot es el grado máximo de alcanzar el verdadero propósito de la vida. Cuando adquirimos los atributos del Creador, cuando nos volvemos como Él, estamos cerca de Él. Y cuando, en el contexto de esa cercanía, Le servimos mediante el estudio de Su Torá y el cumplimiento de Sus mitzvot, nos unimos (como si fuera) a Su Unidad Infinita y experimentamos el éxtasis de la existencia verdadera.

Al estallar espontáneamente en cántico, el pueblo judío llegó a la verdadera y profunda alegría de la creación. Vio la belleza de la existencia y, como un flash o un relámpago, su profundo propósito como nación. Como resultado, proclamó el ardiente deseo de adquirir ese éxtasis de manera permanente: “Este es mi Dios y Lo exaltaré”; aní veHú, Él y yo. Así como es Hashem, también tú debes ser.

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