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El grito de lo primitivo sobre un acto irracional

Sabemos que muchas personas durante los años infantiles no retienen la micción mientras duermen. Y en algunas ocasiones son sorprendidos en sus camas durmiendo en su propia orina. Son niños que cuando se descubren en su falta de control de esfínter se sienten avergonzados en la mayoría de los casos. Tratan de disimular el hecho al despertarse. Se sorprenden. Alegan que estaban soñando, por ejemplo.

Son niños que seguramente con la llegada de la pubertad irán paulatinamente dejando atrás este suceso y será para algunos algo a ocultar y para otros una anécdota más del período correspondiente a la infancia.

Destaquemos que cuando llegamos a esta existencia no tenemos control sobre el acto de orinar y es la cultura con sus reglas la que va poco a poco mediando en la construcción de un hábito que llamamos control de esfínter.

Cuando hay algún problema en lo psíquico puede que no se den los efectos esperados por la cultura. Son casos graves y afortunadamente escasos.

Observemos que se nos ha colado un término como al pasar que nos señala uno de los caminos fundamentales en lo humano: la cultura. Un proceso de construcción y de armado de pautas, hábitos, idas y venidas en constante precario equilibrio.

En todo el mundo, y prácticamente para todas las culturas, el acto de orinar conlleva implícito el hacerlo en privado, al menos en lugares determinados en donde se habilita y otros en donde se prohíbe. Recordemos que nuestros fluidos son especiales donaciones que de niños hacemos al mundo. El orín es el subrogado de la eyaculación y como tal queda unido a lo sexual.

De lo sexual proviene la vida. Vida y sexualidad son la misma cara de la moneda, al dorso queda la muerte. Los desechos corporales son una parte del propio cuerpo regalado al mundo de afuera. Así lo viven los niños. Se empieza a instalar un adentro, por un lado y un afuera, o sea una otredad. Esto pasa en la infancia muy temprana.

En el episodio que nos convoca a examinar estamos fuera completamente de algo patológico a nivel del campo neurológico. Tampoco hablamos de un niño que en su inocencia desconoce su acto. Y es más, el hecho de que admita su responsabilidad lo ubica en el terreno de quien sabe y tiene plena conciencia de sus actos. Entonces, ¿cómo podemos comprender lo acontecido? Parecería ser que estamos frente a un acto en dos partes. Algo así como una escisión del psiquismo. Es un tanto difícil de explicar y muy común en los comportamientos humanos. Más de lo que la mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a admitir en público.

Las personas tenemos una doble vertiente psíquica. Somos todo lo humano, pero también todo lo animal, lo instintivo sigue vigente en nosotros. Algo de eso primitivo se conserva agazapado en nuestro psiquismo. Cuando lo examinamos a la luz de las reglas morales y éticas recibe sanciones.

Los mamíferos acostumbran marcar territorio con sus orines. Quienes han tenido o tienen una mascota lo saben perfectamente. El tallo cerebral regula las funciones animales. Los seres humanos somos animales, mamíferos. Pertenecemos a esa parte de la creación.
Muchas veces cuando nos encontramos en situaciones límites, o cuando alguna cuestión rompe las barreras psíquicas. Cuando nuestro aparato psíquico se ve inundado por algo que lo amenaza o lo desafía recurrimos, con mayor o menor grado de conciencia, pero la mayoría con muy poco control a mecanismos primitivos de nuestra especie.
Orinar es uno de ellos.

De allí esta doble vertiente. Por un lado, sabemos a posteriori sobre la gravedad de lo que hemos hecho, pero “instintivamente” en el momento se nos ha impuesto un supuesto impostor que nos comanda en los que hacemos. De aquí que el hecho de ese joven puede ser leído como un grito ancestral, primitivo, casi animal de manifestar ¡aquí estamos! ¡Marco territorio! Estoy vivo.
Estos procesos son más proclives a aparecer en determinados momentos de la vida.

La niñez, la adolescencia, los procesos de duelo, los momentos de precariedad emocional facilitan dichos actos. También los momentos de desesperación. Recordemos entonces que todo lo humano nos pertenece, y lo animal también. Recordemos que lo que los ojos ven no siempre es lo que parece.

Licenciado en psicología Rodrigo Reynoso.
[email protected]

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