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Darle sentido a la catástrofe: la genialidad del judaísmo

Pero también tiene sus desventajas, y una es que nos cuesta mucho trabajo ponernos en los zapatos de nuestros ancestros, y entender sus retos en la magnitud que ellos debieron enfrentar.

Es lógico. De hecho, se trata de uno de los errores o limitantes más comunes en la investigación histórica, y es característico de los que se dedican a esto como aficionados (aunque no pocos historiadores profesionales también lo sufren): suponer que las personas que estamos investigando entendían las cosas exactamente igual que nosotros.

Estamos por llegar a Tishá B’Av, la fecha luctuosa más importante en el calendario judío, en la que se conmemora la destrucción del Templo de Jerusalén (tanto el de Salomón en el año 587 AEC, como el de Herodes en el año 70 EC), y en la que, según la tradición judía, ocurrieron otras desgracias (como la desobediencia de Adán o la aplicación del Decreto de Expulsión de los judíos de España).

Por ello, en estos días todos los portales judíos están publicando una gran cantidad de notas acerca de las implicaciones de un evento trágico tan trascendental. Las reflexiones pueden tomar muchos matices o enfoques. Desde hablar de “la destrucción de Templo” como metáfora de la destrucción de uno mismo, hasta recordar que el Talmud dice que lo que verdaderamente destruyó el Templo fue el odio gratuito que nos teníamos entre judíos.

Es decir: de una u otra forma, por una ruta u otra, el Judaísmo le da un sentido moral a la tragedia, y el objetivo es llevarnos a una reflexión que nos confronte con nuestras zonas erróneas y nos motive a mejorar, corregirnos, crecer como seres humanos.

Esto es algo característico del Judaísmo. Es un componente fundamental de esos cuatro mil años de bagaje cultural y espiritual que mencioné hace un momento. Y, justamente por eso, a nuestros ojos como judíos del siglo XXI, la idea puede parecernos de lo más normal. La hemos escuchado desde que somos chicos, lo hemos leído en cualquier cantidad de libros, lo hemos discutido en alguna ocasión con contertulios o con compañeros de estudio en la sinagoga.

Pero ¿acaso los judíos que vivieron en carne propia la tragedia lo vieron así? No. Repito: es un error suponer que nuestros ancestros entendían las cosas exactamente igual que nosotros.

Empecemos por donde hay que empezar, y para ello me remito a una pregunta que me hacen con cierta frecuencia: ¿Por qué fue destruido el Templo de Jerusalén?

La pregunta suele ir con mala leche. Generalmente me la hacen para poder decirme luego “ah, porque los judíos eran bien malos y D-os los castigó”.

Íntimamente ligada a esta pregunta, viene luego la de “¿por qué los judíos han sufrido tanto durante casi dos mil años?” Y la respuesta suele ser la misma: “ah, porque los judíos siguen siendo bien malos y por eso D-os los castiga”.

Pero no. En términos históricos objetivos, las respuestas son bastante más sencillas (e incómodas) que eso.

¿Por qué fue destruido el Templo, tanto en tiempos de Sedequías como en tiempos de Yojanan ben Zakkai?

Simple: porque nos enfrentamos a los imperios más poderosos que había. Primero a los babilonios, luego a los romanos. Eran maquinarias militares descomunales. Tenían todos los recursos técnicos, logísticos, humanos y económicos para pasarnos por encima.

En estricto, no hay nada que interpretar o elucubrar al respecto. Jerusalén fue destruida dos veces porque dos veces le hicimos frente a las mayores potencias militares del mundo.

El resultado sólo fue el más predecible. No tiene nada de extraño que nuestras ciudades y nuestro santuario haya sido destruido en ambas ocasiones.

¿Por qué sufrimos tanto durante casi dos mil años? Ahí la respuesta es peor: en realidad, por el fanatismo irracional que se gestó al interior de dos grandes religiones (Cristianismo e Islam), que llevó a muchos de sus adherentes a suponer que era perfectamente legítimo fastidiar al judío. Que era la voluntad de D-os.

Si hay alguna cuestión moral involucrada en las tragedias judías durante el exilio, no es “el castigo que D-os nos puso por ser malos”, sino la inmoralidad irracional, fanática y xenófoba que desarrollaron muchos cristianos y musulmanes testarudos, extremistas e intolerantes.

Pero es por un lado. Hay otro enfoque más complicado: ¿qué fue lo que sintieron, en el momento concreto de la tragedia e inmediatamente después, las víctimas? Es decir: los judíos que estaban siendo aplastados primero por los babilonios y luego por los romanos.

También es fácil de responder: “D-os nos ha abandonado”.

Pero no era una respuesta dada desde nuestra perspectiva moral de la Historia, sino desde la lógica de la gente de la antigüedad.

En aquellas épocas existía la bien definida creencia en que las guerras físicas eran la expresión material de guerras cósmicas. La idea general es que cada nación tenía sus propios “dioses” o “ángeles” que combatían entre ellos mismos, y eso se reflejaba en los combates humanos. Por supuesto, la victoria física, terrenal, dependía exclusivamente de la victoria espiritual, celestial. No estaba determinada por la superioridad militar y económica, sino por quién tuviera al “dios” o “ángel” más poderoso.

Esta noción está perfectamente atestiguada en la Biblia Hebrea. En Daniel 10:13, el ángel que va a dar una revelación a Daniel (por cierto, una revelación de guerras entre los sirios seléucidas y Egipto) le menciona como “el rey de Persia se le opuso durante 21 días”, y como Mijael fue quien tomó el enfrentamiento contra este “rey de Persia”.

Por ello, la derrota de un ejército delante de otro era vista en una doble dimensión. La primera e inmediata era, por supuesto, la física. Pero detrás de eso había un trasfondo trascendental: la derrota de unos dioses o ángeles a manos de otros.

El Judaísmo fue la primera religión que construyó una verdadera teología del valor espiritual de la catástrofe.

Por supuesto, las ideas esenciales no se inventaron en el Judaísmo. Muchos otros reinos o culturas las plantearon también. Pero el Judaísmo tenía una característica que no tuvieron la mayoría de las demás culturas: era un pueblo pequeño. Y eso significa que era un pueblo al que le pasaban por encima a cada rato: egipcios, filisteos, cananeos, arameos, asirios, babilonios, persas, medos, seléucidas, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, mamelucos, otomanos, ingleses. Y eso, en su propia tierra. Ni qué decir del resto del mundo.

Tuvo sus épocas de auge militar, ciertamente, pero fueron pocas y breves. Se sabe que hacia el siglo X AEC, en lo que debieron ser los reinados de David y Salomón, el pueblo de Israel tuvo una cierta preminencia regional porque Egipto tenía poco de haber colapsado como imperio, los Hititas habían desaparecido por completo, los Mitanios estaban cayendo frente a los Asirios, y a estos últimos todavía les faltaba un par de siglos para poder expandir sus conquistas hasta Judea. Pero después de eso, Israel fue una nación expuesta siempre al riesgo, rodeada de reinos e imperios más poderosos.

Apenas hacia mediados del siglo II AEC fue que se dieron las condiciones para que el Reino de Judea, ahora bajo el liderazgo Hasmoneo, se convirtiera en una verdadera potencia regional. Era una situación más o menos similar: Egipto –el de los Ptolomeos en este caso– había colapsado, y los Seléucidas estaban en vías de sufrir la misma suerte. Roma, por su parte, aún no había madurado lo suficiente como para imponerse como la potencia imperial que sería a partir del siguiente siglo. En ese marco, los Hasmoneos (sobre todo Yojanan Hirkanus y Alexander Yanai) desarrollaron una gran maquinaria militar que impuso sus condiciones regionales, y sometió a todas las naciones de alrededor.

Después del auge Hasmoneo, tuvieron que pasar casi 2 mil años para que el pueblo judío volviera a ser una potencia militar. Apenas hasta la consolidación del Estado de Israel (sobre todo tras la inesperada victoria en la Guerra de los Seis Días, en 1967), es que el pueblo judío pasó a ser un verdadero protagonista militar. Hoy por hoy, es cuando Israel ha sido más poderoso en la Historia.

Pero durante el resto de su milenaria existencia, el pueblo de Israel siempre fue un grupo reducido y expuesto a las veleidades que pudieran llegar de otros lugares. Por eso, la experiencia constante fue la de una nación pequeña, frágil, saqueada y temerosa.

Claro, no fue la única en experimentar eso. Pero fue la única que le dio un significado trascendental a esa experiencia. Algo muy similar a lo que, a nivel individual, logró Víctor Frankl en un campo de concentración: encontrarle sentido al sufrimiento. A fin de cuentas, Frankl era descendiente de los sabios judíos que le dieron sentido a la destrucción provocada por babilonios y romanos.

La explicación judía es revolucionaria en todo sentido: no es un conflicto cósmico entre dioses o ángeles. Son vivencias terrenales que pueden estar más allá de nuestro control, pero que no por ello tienen que determinar si sobrevivimos o desaparecemos.

Justo por la interpretación teológica que se daba en la antigüedad a esas calamidades (“nuestro dios nos abandonó” o “nuestros dioses fueron derrotados”), muchas naciones simplemente desaparecieron en el polvo de la historia. Algunas fueron aniquiladas. Los sobrevivientes de las otras tan sólo se asimilaron al grupo vencedor o a grupos de otros sobrevivientes de otras naciones, y dieron paso a nuevas identidades, nuevos países, nuevas culturas.

Si uno revisa el mapa de Medio Oriente antes de los auges expansionistas de asirios y babilonios, verá naciones muy distintas a las que hubo después.

Pero el pueblo de Israel sobrevivió. Desapareció el Reino de Judá, pero se reconstruyó el Reino de Judea. Luego los romanos le cambiaron el nombre por Palestina, pero de esas cenizas resurgió el Estado de Israel.

Teológicamente puede decirse (o debe decirse) que la fidelidad del Único y Verdadero D-os siempre estuvo presente. En un lenguaje más tradicional, también decimos que Israel no guardó el Shabat, sino que el Shabat guardó a Israel.

Pero en términos históricos y psicológicos lo que hay que decir es que los judíos aprendimos a encontrarle un sentido al sufrimiento, a la catástrofe. Y ese sentido siempre fue eminentemente moral: las cosas salen mal porque uno las hace mal; si uno quiere que las cosas mejoren, uno tiene que comenzar por mejorar.

Y para ello, no hay Imperio que pueda estorbar. Es una decisión, una convicción personal.

El resultado es evidente: aún en los peores momentos de nuestra Historia, en nuestros años más oscuros y desesperados, el Judaísmo se mantuvo como una hermoso espacio dedicado al estudio, a los libros, a los debates, al aprendizaje. Cuando las circunstancias cambiaron y el pueblo judío tuvo la posibilidad de recuperar las riendas de su destino, Israel se volvió un centro de investigación tecnológica, científica, médica, que está aportando muchas soluciones a los problemas de la humanidad.

¿Y el Templo?

Hagan sus cálculos. El pueblo más perseguido de la Historia siempre confió en que renacería en su propia tierra.

Y lo logró.

Respecto al Templo destruido, siempre hemos repetido “sheibané Bet Hamikdash bimerá beyameinu”. Reconstruye el Bet Hamikdash (Casa de Santidad) prontamente en nuestros días.

Y cada día, en el rezo de la Amidá, insistimos: “Vetejezená enenu beshuveja letzión berajamim; baruj atá Adoshem hamajazir shejinató letzión”.

Y que vean nuestros ojos tu subida a Sión con misericordia. Bendito eres tú, Señor, que restableces tu presencia en Sión.

Fuente: Enlace Judío

Helueni