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Los asesinos siguen entre nosotros

Ahmad Vahidi nació en 1958 en Shiraz. Se unió a la dictadura de los Ayatolas desde el comienzo del régimen islámico. Dos años después fue nombrado subdirector de inteligencia. Fue el primer comandante de la Fuerza Quds , una unidad de élite de la Guardia Revolucionaria Islámica y desempeñó varios cargos a lo largo de los años, incluyendo el de subcomandante de la Guardia y del ejército iraní, ministro de Defensa y ministro del Interior.

Interpol hoy lo busca por su participación en la masacre de la AMIA hace 32 años. Eso nunca le preocupó porque además de la impunidad que tiene en Irán, también la tiene sin límites en países como China, Rusia, Corea del Norte, y la tuvo en las dictaduras chavistas y las cómplices latinoamericanas.

En 2022, Vahidi fue sancionado por la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro de Estados Unidos por la brutal represión contra los manifestantes iraníes que protestaron el asesinato de Mahsa Amini, de 22 años, quien fue arrestada por la policía de moralidad por supuestamente infringir el código de vestimenta islámico de Irán y murió después de sufrir torturas en una de las tantas cárceles en Teherán.

Vahidi es hoy comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, y asumió el cargo tras la muerte de su predecesor, Mohammad Pakpour, al comenzar la guerra con Estados Unidos e Israel en su primer día, 28 de febrero. Es uno de los opositores acérrimos a cualquier compromiso con EE. UU., y los hechos demuestran su poder y su postura: el memorándum de entendimiento se convirtió en papel picado mucho antes de lo que los ingenuos podían imaginar y hoy hay un conflicto bélico renovado con bombardeos y bloqueos y un futuro incierto que tiene a todo el Medio Oriente, o bajo fuego o en peligro de quedar atrapado en medio de los misiles. Con Vahidi al mando, no se descabezó a la dictadura islámica y esta semana, otra vez, Bahrein, Kuwait, Catar, fueron bombardeados por Irán. A Vahidi y sus secuaces les pareció honorable ser los perpetradores de la masacre contra la AMIA porque para ellos, lo ajustado a sus creencias religiosas fanáticas es matar a todos los que se le oponen. ¿Argentina se le opuso en 1994? Obvio que no. Fueron de un lado al otro del planeta para matar judíos, su objetivo de odio central a sus ideas.

Mañana viernes, cuando a las 9 y 53 suene la sirena en la calle Pasteur, las sociedades normales estarán acompañando el dolor de las familias de los asesinados hace 32 años, hasta hoy impunemente. A esa hora, Vahidi estará planificando más guerra y más sufrimiento para la población iraní, aunque eso no le importe mucho porque los asesinos como él matan por odio y se sienten intocables.

En recuerdo y homenaje a quienes fueron víctimas hace más de tres décadas, nos permitimos citar algunos de los cientos de testimonios familiares a quienes la bomba contra la AMIA les destrozó la vida para siempre.

El último sobreviviente encontrado fue Jacobo Chemanuel de 56 años. Trabajaba en el sector de maestranza de la AMIA. Sobrevivió más de 30 horas entre los escombros. Mientras los rescatistas trabajaban para sacarlo, él les infundía coraje: “Vamos a salir muchachos”. Murió tres días después de haber sido rescatado en una sala del Hospital de Clínicas. Horacio Velázquez era vecino de la zona. Vivía justo enfrente de la AMIA, en Pasteur 632, en el tercer piso. Su mujer, Isabel Núñez de Velázquez, y su hijo menor, Gustavo fueron asesinados en el atentado. Horacio cuenta que su esposa era la encargada de la familia y siempre estaba corriendo de un lado para el otro. Horacio dice lo que todos los que creen en la libertad y la justicia piensan: “Nos falta el castigo a los culpables y que se termine la impunidad”.

A Ana María Blugerman de Czyzewski, le arrebataron a su hija Paola, una persona de “carácter muy fuerte, que siempre era la que defendía a los pobres”. Paola estaba cursando tercer año de abogacía. “Iba a ser la defensora de pobres, menores y ausentes”, recuerda la mamá. “Después del atentado a la Embajada de Israel ella me vivía pidiendo que no vuelva más a AMIA. Tenía miedo de lo que me podía pasar a mí. Y al final la que quedó en AMIA fue ella”. El 18 de julio de 1994 había sido la primera vez que Paola fue al edificio de AMIA.

Abigail, Maia y Denisse Hilú perdieron a su padre, Carlos de 36 años cuando eran muy pequeñas. Tenían dos, cuatro y ocho años respectivamente. Él era el jefe de seguridad en AMIA, donde trabajaba hacía un tiempo. Maia cuenta que después de la muerte de su padre “siempre nos costó hablar de él y más que nada la palabra ‘papá’ fue muy difícil pronunciarla”. Abigail agrega que recién “con la llegada de mis hijos volví a decir ‘papá’”. “En mi infancia trataba de evitar, de esquivar ese nombre, de decirlo de otra forma. Fue una palabra muy fuerte siempre”. Denisse cuenta que estas décadas sin su papá han sido “muy duras”. “Obviamente uno lo asumió, siguió su vida, formó una familia, pero el dolor que uno tiene en el alma, en el corazón, del modo en el que lo arrancaron de nuestra vida, eso no se borra”.

 

Cualquier testimonio de familiares de las víctimas del ataque islámico contra la AMIA es desolador. No pueden encontrar respuestas a por qué. Los eventuales análisis políticos no les sirven para nada, y es lógico. Sí saben de la corrupción judicial y gubernamental que amparó la impunidad de los asesinos y el vacío que el terrorismo les dejó y que no cesará nunca. Será importante, sin duda, que se puedan hacer juicios en ausencia, pero eso es un proceso lento, que quizás muchos familiares ni vean. También es importante que quede grabado a fuego para la peor historia la barbarie gubernamental de quienes osaron firmar un memorándum de entendimiento con los asesinos, que ni los propios asesinos tomaron en serio. Pero nada de esto disminuye el dolor. La impunidad sigue allí.

 

Javier Sinay ha escrito el libro “Después de las 09:53” donde narra todo lo que ha podido saber de la historia desde hace tres décadas, y aporta mucha información valiosa. Hay un párrafo de su libro en el cual se lee los siguiente:

“El 6 de febrero de 2024, el presidente argentino Javier Milei llora apoyando su cabeza en el Muro de los Lamentos. Israel es el primer país extranjero que visita como presidente. Al llegar al aeropuerto de Tel Aviv dice que declarará a Hamas como grupo terrorista y luego le promete al primer ministro Netanyahu que trasladará la Embajada argentina a Jerusalén. Hamas lo condena todo en un comunicado severo. El 11 de abril de 2024, la Sala II de la Cámara Federal de Casación Penal presenta cuatro fallos muy esperados, relacionados con el caso del atentado a AMIA. En ellos se explica por qué la Argentina fue el blanco del terrorismo. Carlos Mahiques, uno de los jueces de la Sala II, dice en una entrevista: “Nosotros tenemos que estar muy atentos a eso, porque podría, y Dios no lo permita, repetirse. Y tenemos que estar pertrechados como Estado frente a una amenaza de estas características”.

Hoy, Argentina no sólo ha declarado a Hamas como grupo terrorista, sino también a Hezbollah, Guardia Revolucionaria de Irán y al ISIS, con todos los riesgos que eso conlleva. Pero Vahidi y sus secuaces siguen su historia criminal. Y los familiares del atentado tienen derecho a seguir sintiendo que la impunidad sigue lacerando sus vidas.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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