No caer en ingenuidades – Natalio Steiner
Mientras Medio Oriente continúa atravesando una etapa de alta inestabilidad, vuelven a surgir presiones internacionales para que Israel se retire de las posiciones que mantiene en el sur del Líbano y en sectores estratégicos del Golán sirio. La propuesta parte de la idea de que una retirada podría contribuir a reducir las tensiones regionales. Sin embargo, la realidad sobre el terreno plantea interrogantes mucho más complejos.
La experiencia de las últimas décadas demuestra que las retiradas unilaterales, cuando no están acompañadas por acuerdos sólidos, mecanismos de control y garantías de seguridad, difícilmente generan estabilidad. En el caso del Líbano, abandonar las posiciones actuales sin que Hezbollah haya sido desarmado, sin que se repliegue al norte del río Litani y sin que el ejército libanés pueda ejercer un control efectivo sobre la zona fronteriza podría ser interpretado por la organización terrorista como una victoria estratégica.
Si bien existen conversaciones para implementar un plan piloto que permita el reemplazo gradual de fuerzas israelíes por el ejército libanés en sectores específicos, ese proceso todavía se encuentra en una etapa experimental y está lejos de ofrecer certezas.
La situación en Siria tampoco permite decisiones apresuradas. El nuevo gobierno intenta proyectar una imagen de moderación hacia la comunidad internacional, pero persisten profundas dudas sobre su capacidad para garantizar estabilidad y controlar a las distintas milicias que operan en el país. A ello se suma otro factor de creciente preocupación: la expansión de la influencia militar de Turquía dentro del territorio sirio, un escenario que modifica el equilibrio estratégico de toda la región.
Desde la perspectiva israelí, mantener presencia en determinadas áreas del Golán responde a una lógica defensiva y de disuasión hasta que exista un acuerdo regional que garantice seguridad real en la frontera norte y limite la presencia de actores hostiles.
Los acontecimientos recientes también reavivan otro debate: cuando los conflictos terminan de manera incompleta o sin resolver las causas que los originaron, las treguas suelen ser temporales y el riesgo de una escalada posterior permanece latente. La reanudación de las tensiones entre Estados Unidos e Irán vuelve a demostrar que los acuerdos frágiles difícilmente logran consolidar una paz duradera.
En una región donde los equilibrios cambian con rapidez, las decisiones estratégicas no pueden sustentarse únicamente en expectativas diplomáticas. La estabilidad exige garantías concretas, compromisos verificables y condiciones de seguridad que permitan evitar que cada alto el fuego se convierta, con el tiempo, en el preludio de un conflicto aún mayor.
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