Florín Manoliú, el justo entre las Naciones Rumano y Argentino por adopción
Estas palabras han sido expresadas por el periodista, Gustavo Mandara, que realizó la investigación y difusión de la gesta realizada por Florín Manoliú, Justo entre las Naciones, con motivo del homenaje que se le realizará en el cementerio Británico de la ciudad de Buenos Aires donde descansan sus restos y desde hace unos días un memorial a su figura.
“El dolor es un ensayo de la muerte que vendrá,
De la muerte que vendrá, el dolor es un ensayo…
De la muerte que vendrá y la muerte es el motivo
de nacer y continuar…
Y la muerte es el motivo de nacer y continuar.
Y nacer es un atajo que conduce hasta el azar
Los azares son mi patria… Mi patria es la humanidad…”
Buenos días. Estoy muy emocionado y muy honrado de estar aquí hoy. Por eso, para evitar que esa esos sentimientos me jueguen una mala pasada y por respeto a esta propina que la vida me concede, decidí elegir lo mejor que me resulte posible, las palabras que quiero compartir.
Este fragmento de un poema de Mario Benedetti, inspirado en una frase de José Martí, con el que comencé, lo recuerdo muy bien, fue una de muchas notas que me quedaron en el tintero, en un escritorio de redacción de diario, lleno de papeles como correspondía, cuando hace 22 años emprendí la escritura del artículo que recuperó del olvido la historia de Florín Manoliú, único ciudadano argentino que forma parte de la nómina de mas de 28 mil “Justos entre las Naciones”, con la que el Estado de Israel distingue a aquellos que no miraron para otro lado, que no pudieron ser espectadores del mas grande horror de nuestra historia como especie.
Por si hace falta recordarlo, un espanto generado no por una catástrofe natural o un cataclismo universal si no por seres humanos en perjuicio de otros seres humanos.
Esta poesía habla de dolor y uno no puede imaginar cuanto le debe haber dolido a Manoliú haber visto lo que vio en su viaje salvador… pero también ese poema, nos dice que, tal cual hizo él, ese dolor convoca a no rendirse y a jugarse, aun ante los azares mas nefastos, desde la esperanza de que la verdadera y la única patria debería ser la humanidad.
La historia documentada está allí disponible para quien desee conocerla en detalle. No tiene sentido en estos tiempos en los que el la memoria de carne y hueso no puede competir con el instantáneo e implacable enciclopedismo digital, regodearse demasiado en describir hechos a los que se puede acceder en toda su dimensión desde cualquier computadora o teléfono celular. Eso sí, le pido a los presentes que aprovechen esa disponibilidad y no dejen de conocer la historia de Florín Manoliú.
En todo caso, mas que citar datos que podrán obtener en otra parte, quizás pueda resultar mas enriquecedor intentar trascender la información pura y dura, tratar de interpretarla y si podemos concentrarnos en su valor ejemplar, en su potencia didáctica… en aquello que semejante historia puede enseñarnos para servir como un faro capaz de alumbrar a este mundo que, me hago cargo, en muchos aspectos vuelve a estar tan oscuro y tan espeso como en los días previos a la Segunda Guerra Mundial.
Quienes lo conocieron a Manoliú destacan la gentileza de su trato, una amabilidad señorial y también la fineza de su humor… no para tomar en broma o burlarse de aquello que corresponde ser abordado con la mayor de las seriedades si no como un lubricante que atenúe las asperezas de la vida.
Voy a tomar esa enseñanza e intentar, con el mayor de los respetos, apelar a una dosis de humor para tratar de ayudar a mensurar el merecimiento de este homenaje que enaltece al Cementerio Británico y esta impronta tan formidable de atesorar, cultivar y divulgar historias que tienen mucho para decirnos…
Quizás Manoliú se gastó toda su buena suerte en evitar que la Gestapo lo descubra y no se guardó un poco de fortuna para que en el futuro su nombre cayera en mejores manos…
La historia bastante similar de un tal Oskar Schindler se cruzó con el genio de Steven Spielberg y quedó perpetuada en una de las obras cumbre del cine mundial… fue vista y aclamada por millones y arrasó con los premios de la Academia.
El pobre Manoliú tuvo que contentarse con que un joven ayudante suyo un día recordara que “él Viejo había contado que había ayudado a salvar judíos en la Guerra” y con que su nombre apareciera en una vieja enciclopedia de tapas rojas para que, a partir de allí, en épocas sin Google ni IA, su gesta se redescubriera un domingo de octubre de 2004 en un diario de una ciudad del interior del país en el que se exilió… la ciudad en la que pasó 21 años de su vida.
A Schindler le tocó Spielberg. A Manoliú le tocamos Arturo Guevara, Raúl Woscoff y yo… que, aclaro, no somos menos geniales que Spielberg… tan sólo somos bastante mas pobres.
Pero bueno… para achicar la brecha, también por esos azares de los que habla el poema de Benedetti, se sumó John Hunter a instancias de la historiadora Susana Boragno y aquí estamos… grandes e indispensables refuerzos ha sumado la causa del redescubrimiento de este héroe.
Uno todavía, a pesar de todo, quiere tener esperanzas y si es por imaginar permítanme recrear la imagen de un padre y un hijo, puestos a recorrer este sitio para preguntarse juntos y en un momento de su recorrida, preguntarse juntos quién habrá sido Florín Manoliú.
Yo mismo, a partir de la profunda marca que dejó en mi vida haber escrito esta historia, mil veces imaginé cómo habrá sido él. Pregunté a quienes lo conocieron y, salvando las distancias, muchas noches lo soñé o como dijo Borges con Jacinto Chiclana, me pregunté mil veces cómo habrá sido “la laya fie de aquel hombre”.
Quizás sea más sencillo para quienes visiten este monumento: solo tendrán que tomar su teléfono, capturar el código QR y tendrán el primer indicio de una historia que podría haber sido un peliculón… o una serie de esas para “maratonear” en un fin de semana… pero que por ahora no pasó todavía del papel de un diario y que ahí está disponible para transmitir al mundo su inmenso poder salvador… para contagiar la posibilidad de hacer el bien.
Puedo dar fe de ello… el nombre de Manoliú, veinte años después de su muerte, sirvió para unir el nombre del diario en el que yo trabajé quince años con la expresión “derechos humanos”… quienes son de Bahía Blanca saben de lo que les hablo… nada había mas antagónico que el nombre de La Nueva Provincia con esas dos palabras… era una separación militante, mutua, cultivada a fuerza de odio… y sin embargo, la historia de Manoliú le valió al diario una distinción nacional en materia de “Periodismo y Derechos Humanos” que llevó a muchos a pensar que era casi una burla, un oxímoron, una contradicción irremediable…
Cuidado: nadie puede suponer que una estatua con la inscripción “Periodismo y Derechos Humanos” exculpa, cierra heridas o evita la necesidad de enmienda. De ninguna manera. Pero no cabe dudas que puede ser un inicio.
Y a mi me dejó latente una enseñanza: esta visto que en la práctica ya no sirve esperar que un bando venza al otro, lo humille, lo borre, lo condene y lo castigue… no sirve. Quizás haya que pensar en que sería mucho mas útil que los equivocados recapaciten, que los necios cambien, que los ignorantes evolucionen, que los tozudos admitan… y también que quienes tienen la razón, ejerciten la grandeza de abrigar a los nuevos convencidos, recibirlos y caminar juntos…
Porque que nadie lo dude, en estas cuestiones no cabe neutralidad posible… no existe eso de las dos campanas… está muy claro a quienes les asiste la verdad y quienes la niegan.
La Rumania de Manoliú pretendió ser neutral en la Segunda Guerra.
La Suecia de Raoul Wallenberg también fue “neutral”… de allí viene en Europa el dicho “hacerse el sueco” con que se califica a quienes se lavan las manos. A quienes no se juegan… y se refugian en un pretendido punto medio que en realidad consiente y apaña a los criminales.
Nuestra Argentina fue “neutral” durante gran parte de la Segunda Guerra.
Entonces, mas que la comodidad de la “neutralidad”, tal vez lo que haga mucha mas falta sea el esfuerzo del discernimiento.
Y para conseguir ejercerlo, sin dudas, ayuda y mucho, mantener vigente, a salvo del olvido, historias como la de Florin Manoliu, si se me permite un poco de auto referencia, un hombre que no podía ser espectador… como lamentablemente para ellos y para tantos, sí lo fueron millones en aquellos días tremendos de 1944. Millones que como diría un ex presidente argentino: no supieron, no pudieron o no quisieron. Y ese “no saber, no poder o no querer” costó lo que costó.
Como les dije, un montón de notas y consideraciones, quedaron afuera de aquel artículo… no solo por una cuestión de espacio…
Me quedó sin reflejar la apasionante trama de lo que pasó con el escrito que Manoliú logró traer y gracias a una valiente y coordinada acción de la prensa libre, con ayuda de algunos curas, logró burlar todas las censuras y los prejuicios se publicó al unísono en mas de un centenar de medios occidentales, aun a pesar los pruritos de los empresarios, y terminó por ser el aporte decisivo para que los últimos 200 mil judíos que quedaban en Budapest no fueran deportados a Auschwitz por otro ex convecino porteño como Adolf Eichmann.
Recuerdo también que pretendía intercalar algunos fragmentos de poemas que consideraba parecían escritos para realzar la historia entre las distintas partes del escrito… y la idea no pasó los filtros implacables de los editores… en fin… si Manoliú se jugó la vida ante los kapos de las SS que quisieron detenerlo y deportarlo y logró hacer lo que hizo… como no iba a ceder un poco.
Ahora, mas de dos décadas después, me viene bien rescatar uno mas como cierre. Dice así:
Vamos a avanzar para borrar…
Para ahuyentar a los fantasmas de la guerra.
Vamos a luchar sin olvidar
Que hay que pisar con todo el pie sobre la Tierra.
¿De que nos sirve el porvenir si han de matarnos otra vez la primavera? ¿De qué nos sirve?
Si ha de sangrar la misma sangre, ¿de que nos sirve?
Yo quiero en este tiempo que comprendas,
que si golpean la puerta de tu hermano,
no digas “yo no sé… si es que lo buscan…
Algo habrá hecho… andará en algo…”
Lo dijo Brecht, te lo contó una tarde,
pero no lo escuchaste y lo vendiste…
no defendiste a tu vecino que era honrado…
Y lo pudrieron a golpes en la cárcel.
Digamos juntos, todos juntos: “No a la guerra”.
“No” a quien nos mata la esperanza, la libertad y la vergüenza.
Gracias Arturo Guevara, Raúl Woscoff por confiar en mi para difundir aquellas quimeras del Centro Raoúl Wallenberg… en nuestra querida Bahía Blanca…
Gracias a la historiadora Susana Boragno por su amable gestión, a John Hunter por haber recogido el guante de la forma en que lo recogió, ahora se dice “Ponerse la 10” y hacerlo florecer en esta gran idea que nos recuerda… en este formidable Cementerio Británico… que nos recuerda que la muerte es el motivo de nacer y continuar…
Y gracias Florin Emannuel Teodosio Manoliú por su ejemplo para el mundo… yo no soy descendiente de alguna de las miles de familias a las que usted salvó… pero podría haberlo sido. Todos podríamos serlo. Nunca lo olvidemos. Como también deberíamos plantearnos la posibilidad de ser nosotros alguna vez como Manoliú. Quizás no haga falta esperar a que haya una guerra para hacer lo correcto. Tal vez podríamos serlo en nuestra vida cotidiana. En pequeños gestos con el prójimo. Quizás esa sea la más cercana y mejor enseñanza que nos deja la historia de este hombre.
Por eso, como, desde la comodidad y flexibilidad que me permite el agnosticismo, me gusta suponer que su espíritu, señor Florín Emannuel Teodosio Manoliú, anda hoy por aquí y juguetea entre nosotros para besar las manos de las mujeres presentes, deleitarnos con su gracia de cortesano medieval y sus habilidades políglotas, sepa, admirado Florín, que haber vivido para contarlo ha sido, es y será para mi uno de los mas grandes honores de mi vida.
Muchas gracias.
Del exilio a la memoria: el homenaje a un héroe del Holocausto que vivió en Bahía Blanca – La Nueva
Homenaje en Buenos Aires al diplomático rumano Florin Manoliu, Justo entre las Naciones
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