La falacia como sistema
Ayer miércoles por la mañana, todos los medios de difusión publicaron en el mundo y en decenas de idiomas, las declaraciones del presidente de los Estados Unidos contra la dictadura iraní. Para resumir, el presidente Trump expresó que “…los líderes de Irán son mentirosos, sólo engañan, son enfermos, juegan sucio, han matado a su propia gente, han asesinado 54 mil personas de su propio pueblo por protestar. Me preguntan por qué el pueblo que salió a protestar no logró sacarlos del poder, les contesto que no pudieron porque están todos muertos, no tienen armas y los asesinan con metralletas, y la prensa no lo informa. Son mala gente y francamente ya no quiero perder mi tiempo con ellos. Dejaré que los negociadores sigan conversando, pero no lo veo, no me gusta esta gente”. Y unas horas después, el presidente Trump anunció más bombardeos contra Irán.
El hecho puntual de la escalada de esta semana lo comenzó Irán disparando contra tres buques en el Estrecho de Ormuz, uno de ellos de Catar, que transportaba gas licuado. Estados Unidos respondió inmediatamente con bombardeos el mismo martes e Irán contra respondió atacando Kuwait y Bahrein. Por supuesto que Catar se enojó, al menos públicamente porque a la larga le bombardearon la omnipotencia y la dignidad que ellos creen que tienen más que el barco que les preocupa muy poco.
Las declaraciones de Trump, más allá del lenguaje, no deberían sorprender a nadie. Como lo dijimos un día antes de firmarse el Memorándum entre EE. UU. e Irán, eso era un papel de valor nulo para los Ayatolas, y así lo han demostrado desde entonces. Para el pensamiento de la dictadura islámica iraní, que EE. UU. firmara el MOU no era otra cosa que mostrar debilidad. Y por eso consideran que el Estrecho de Ormuz es de su exclusiva propiedad y explotación económica. El presidente Trump lo ve como acciones de gente enferma. No es por ahí la reacción. Mentir al enemigo infiel (o sea a todo el universo no chiita) y buscar el momento posible para su destrucción, es la ideología que tomó el poder en Teherán hace casi 50 años, y no se van a mover de ello porque es su ADN y su razón de ser: un mundo sin infieles, antes que nada, los judíos.
Firmar electrónicamente un memorándum entre esas dos partes ha demostrado que es hacer el ridículo y no querer mirar la realidad que se repite sin pausa, y que además ha creado sin dificultades varios tentáculos de la hidra que hoy siguen donde estaban: Hamas, Hezbollah, Yihad Islámica, hutíes. Esta semana, en el recorrido del féretro con el cuerpo de Khamenei por distintas ciudades de Irán, estaban al firme al lado de sus patrones, el liderazgo de cada uno de los cuatro grupos terroristas. No juegan ni limpio ni sucio. No juegan. Así eran cuando otro presidente de EE. UU. hace 11 años creyó que firmaba un gran acuerdo con el dictador que ahora circula por Irán en un féretro, y pasó lo mismo que ahora, y así son hoy porque lo que ellos denominan el “gran Satán”, volvió a caer en la misma trampa.
En esta semana, Jerusalem Post está publicando notas escalofriantes sobre la matanza de civiles perpetrada por los Ayatolas hace seis meses. Aunque las cifras que mencionó el presidente Trump y las que cita el periódico difieran un poco, lo concreto es que, a fines del año pasado, los ciudadanos iraníes salieron a las calles del país a protestar por la feroz crisis económica que padecen y tras la orden del Ayatola Khamenei (todavía entonces vivo y pronto para asesinar a quien se atreviera a desafiarlo), masacraron a por lo menos 40 mil personas entre el 28 de diciembre y la primera semana de enero. Los asesinaron en las calles, en los hospitales donde llegaban los heridos y en las cárceles por torturas y ejecuciones después de arrestos masivos. Las familias que recibieron los cadáveres de sus seres queridos tuvieron que enterrarlos donde la dictadura se los impuso, no hacer ceremonias de ningún tipo, y callarse o serían también detenidos, y obviamente asesinados. Las protestas las hicieron gente desarmada y descontenta: trabajadores, cantantes, estudiantes, padres, hijos. Muchos parientes tuvieron que ir a descampados donde yacían en el suelo bolsas negras con cadáveres, y tuvieron que buscar y buscar hasta quizás y no siempre encontrar al familiar que buscaban, en estado de semi descomposición y con las balas incrustadas en sus cuerpos.
Jerusalem Post remarca que las familias que osaron hablar han sido contundentes: “Queremos que la comunidad internacional vea la opresión y el genocidio que estamos sufriendo hace 47 años. Que nos ayuden a liberar Irán de esta ocupación de un régimen que no es iraní y que sus frases en la bandera ni siquiera están escritas en persa. Queremos justicia y que el régimen sea juzgado por lo que está haciendo, y la justicia no empieza con la diplomacia”. Pero la realidad es todavía más brutal. La diplomacia no hizo nada hace seis meses y los Ayatolas ejecutaron la matanza sin dificultades. Y la diplomacia ahora se ha creído que la dictadura firma acuerdos y además los cumple. El presidente de Estados Unidos debería haber sido advertido antes de que se enojara tanto, que negociar con quienes desean tu exterminio parece complejo, por decir lo menos.
En esta semana en que se ha desarrollado una cumbre de la OTAN en Turquía, Estados Unidos dio un gran espaldarazo al presidente Erdogan, un presidente que ya lleva once años en el poder. Erdogan ha conseguido armamento nuevo sofisticado para perpetrar bombardeos y el presidente Trump elogió no sólo a Erdogan sino a su gran poderío militar. En la realidad, la OTAN tiene al enemigo adentro. Erdogan no es distinto a otros dictadores de la región. Sólo como ejemplo veamos muy sumariamente el apoyo al terrorismo del autócrata turco.
El romance abierto entre Turquía y Hamas comenzó en 2006, cuando Erdogan sorprendió a Occidente (o sea a la OTAN) al invitar a los principales líderes de Hamás a visitar Ankara, apenas unas semanas después de haber asegurado en privado a los líderes mundiales que no lo haría hasta que Hamás aceptara los términos de los Acuerdos de Oslo. Creer las mentiras de quienes usan esa herramienta como sistema parece ser un karma muy repetido por parte de las potencias occidentales.
En 2011, Hamas se instaló en Turquía y Erdogan les dio la bienvenida, diciendo: “No considero a Hamás una organización terrorista, sino un partido político”. En 2014, Saleh al-Arouri, operativo de Hamás con base en Turquía y operando en Cisjordania, planificó, financió y ordenó el secuestro y asesinato de tres adolescentes israelíes. Eso dio lugar a una guerra de Israel contra Hamas de 55 días de duración y a Erdogan calificando a Israel de “estado terrorista”. En septiembre de 2023, apenas unas semanas antes del ataque del 7 de octubre, las autoridades aduaneras israelíes confiscaron 16 toneladas de material explosivo enviado desde Turquía a Gaza, oculto tras materiales de construcción. Erdogan se ha subido con violencia verbal ilimitada al relato contra Israel por defenderse del latrocinio del 7/10; y ha apoyado en todo a Hamas y al festival de antisemitismo liderado por Sudáfrica, Brasil, y después ampliamente extendido en todo el mundo.
Para Erdogan, no hay vuelta atrás. Ha invertido más de 20 años en legitimar, financiar y apoyar a la organización terrorista Hamas, transformó Turquía en un centro financiero global para Hamas que pervive en el día de hoy. El fin de semana pasado, el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, acusó a Israel de ser “un problema para el mundo” y “una carga que la humanidad ya no puede soportar”.
48 horas después de esta agresión antisemita similar a las que hacen los Ayatolas y sus secuaces, Erdogan es premiado con armas modernas. El mismo Erdogan que sigue su guerra de exterminio contra la minoría kurda, exterminio que Turquía ya perpetró a principios del siglo 20 con el genocidio armenio. Erdogan se siente fuerte, protegido por la OTAN, y mirando como volver a construir la gloria otomana. No importa que apoye a Hamas o Hezbollah. Eso hoy es secundario. Cuando sea lo primario, ya no alcanzará ni con enojarse ni con insultar.
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