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Cosas que no puedo entender – Natalio Steiner

La muerte de otra joven soldada israelí en la frontera norte vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: la amenaza de los drones de Hezbollah continúa creciendo mientras las respuestas parecen llegar siempre tarde. Los números ya son alarmantes y reflejan una situación que dejó de ser episódica para convertirse en un desafío estratégico permanente para Israel.

Lo más inquietante no es solamente la capacidad de Hezbollah para utilizar tecnología barata, precaria y difícil de detectar, sino también las falencias logísticas que comienzan a trascender desde el frente de combate. Que soldados deban recurrir a redes de pesca improvisadas para intentar proteger posiciones militares genera una sensación de desconcierto difícil de justificar en medio de una guerra de alta complejidad tecnológica.

Israel enfrenta un enemigo que aprendió a combinar bajo costo con alta efectividad. Los drones pequeños, silenciosos y difíciles de interceptar se transformaron en un arma psicológica y militar que obliga a revisar tácticas, protocolos y sistemas de protección. Pero mientras los especialistas trabajan contrarreloj en soluciones defensivas y ofensivas, la sensación es que también existen decisiones operativas y logísticas que requieren respuestas inmediatas.

Al mismo tiempo, vuelve a surgir una pregunta inevitable sobre el rol del Estado libanés. Durante años, Hezbollah consolidó una estructura militar paralela que terminó condicionando no solo a Israel, sino también al propio Líbano. Las críticas de sectores de la sociedad libanesa hacia la organización proiraní crecen, especialmente frente al deterioro económico y político del país. Sin embargo, las condenas verbales ya no alcanzan.

La resolución 1701 de Naciones Unidas establecía hace dos décadas la obligación de desarmar a Hezbollah en el sur del Líbano. El incumplimiento de esa resolución permitió que la organización fortaleciera su presencia militar hasta convertirse en una amenaza regional de enorme magnitud. Hoy, las consecuencias están a la vista: civiles desplazados, soldados muertos y una frontera norte convertida nuevamente en escenario de guerra constante.

La discusión ya no pasa únicamente por cómo detener drones. También interpela la capacidad de los gobiernos, los organismos internacionales y las estructuras militares para actuar antes de que las amenazas se vuelvan irreversibles. Porque cuando la improvisación empieza a reemplazar a la planificación, el costo humano termina siendo demasiado alto.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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