El gran costo socioeconómico de la guerra prolongada
Israel atraviesa días de definiciones. En medio de una ola de calor que elevó el consumo eléctrico a niveles récord, el gobierno decidió avanzar sobre la ciudad de Gaza, uno de los últimos bastiones no ocupados en la Franja. La medida fue aprobada a pesar de la oposición del jefe del ejército, que alertó sobre el riesgo de muerte para los rehenes aún en manos de Hamás y para cientos de soldados en un escenario de guerra urbana.
El debate no sólo se centra en lo militar. Convocar a 200.000 reservistas y mantener la ocupación podría costar entre 25 y 35 mil millones de shekels anuales, alrededor del 5% del PBI israelí. Aunque la economía se sostiene gracias al dinamismo de la alta tecnología y las exportaciones, el peso fiscal y el aumento de la deuda preocupan a especialistas y empresarios.
En paralelo, la sociedad civil se prepara para una jornada de paro y manifestaciones, con la expectativa de reunir a cientos de miles de personas en todo el país. Algunas municipalidades y empresas de tecnología ya anunciaron que darán licencia a sus empleados para que participen en las protestas, que recuerdan a las movilizaciones masivas de 2023.
El trasfondo político también añade tensión: la crisis con la fiscal general, las disputas sobre la participación de los ultraortodoxos en el servicio militar y la posibilidad de posponer elecciones bajo el argumento de la guerra alimentan el malestar social. Israel se encuentra, una vez más, en una encrucijada donde lo militar, lo económico y lo político se entrelazan con un impacto directo en la vida cotidiana de millones de ciudadanos.
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