El sindicalismo en Israel: lecciones de un modelo que prioriza al país sobre la burocracia
A diferencia de lo que ocurre en muchos países de América Latina, el sindicalismo israelí tuvo desde sus orígenes una misión más amplia que la defensa sectorial. La Histadrut —la principal central obrera— nació en la década de 1930 no solo para representar a los trabajadores, sino también para construir un país: fundó empresas, bancos, hospitales y se integró activamente en la economía nacional. Esa impronta fundacional fue clave para comprender cómo Israel logró reformas profundas sin paralizarse.
Uno de los momentos más ilustrativos fue en 1984, cuando el país enfrentó una inflación del 400% anual. En lugar de recurrir a la confrontación, la central obrera pactó con el gobierno y los empresarios un acuerdo para reducir los aumentos salariales. Años más tarde, cuando perdió la gestión de la salud pública, el traspaso se dio sin bloqueos ni huelgas, porque los ciudadanos accedieron a un sistema estatal más eficiente. La lógica fue simple: si el servicio mejora, el conflicto pierde sentido.
Hoy, Israel combina una justicia laboral eficaz, con un sistema que asegura derechos sin desincentivar el empleo. Los despidos están previstos por ley: cada empresa aporta mensualmente a un fondo que cubre la indemnización. Además, el desempleo es bajo y el empleo informal representa menos del 10% de la economía. En este contexto, los sindicatos volvieron a crecer, incluso en sectores como la tecnología, con un notable cambio de orientación política: los grandes gremios ahora se vinculan a partidos de derecha.
El caso israelí muestra que es posible reordenar el sistema sindical sin desguazar derechos ni apelar al conflicto constante. Su modelo no se basa en el clientelismo ni en el temor a perder conquistas, sino en un pacto social donde el progreso común pesa más que los privilegios de cúpula.
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