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Egipto, entre la paz firmada y los muros levantados

Desde que Egipto se convirtió en el primer país árabe en firmar un tratado de paz con Israel en 1979, su rol en Medio Oriente ha sido tan estratégico como ambiguo. El costo político de aquella decisión fue alto: el aislamiento en el mundo árabe, el asesinato de Anwar el-Sadat y un largo período de reconstrucción de su legitimidad regional. En las últimas décadas, particularmente desde las Primaveras Árabes, Egipto ha transitado por una inestabilidad interna marcada por la caída de gobiernos, elecciones fallidas y golpes de Estado.

Uno de los factores más estables en medio de este escenario volátil ha sido el ejército. La institución castrense no solo sostiene el poder en términos reales, sino que actúa como garante del orden frente a las amenazas del islamismo político. El caso de Mohamed Mursi es ilustrativo: elegido democráticamente en 2012, fue derrocado un año más tarde por desafiar el peso del estamento militar. La legitimidad electoral, en ese contexto, resultó insuficiente frente a la necesidad de control y cohesión institucional.

En el plano internacional, El Cairo mantiene vínculos estrechos con Estados Unidos e Israel. No es casual que, una y otra vez, se le convoque como mediador en las treguas entre Hamás e Israel. Sin embargo, esa vocación de interlocutor neutral convive con una dura política de seguridad interna que incluye la represión a los Hermanos Musulmanes y la vigilancia de las fronteras con la Franja de Gaza.

Es precisamente en su vínculo con Gaza donde Egipto evidencia su faceta más contradictoria. Si bien colabora con Israel en la vigilancia del Sinaí, también ha tolerado —intencionadamente o no— el contrabando de armas hacia el enclave palestino. Al mismo tiempo, ha erigido muros y reforzado su frontera para impedir el paso de refugiados, temiendo una presión demográfica que no pueda revertirse. El resultado es una postura ambivalente que combina cooperación táctica y contención humanitaria.

Finalmente, el análisis de Bryan Acuña apunta a una reflexión más amplia sobre el valor y los límites de la democracia en la región. La llegada al poder de movimientos autoritarios mediante elecciones no garantiza sistemas democráticos funcionales. En Medio Oriente, la estabilidad —aunque venga de la mano del autoritarismo— suele pesar más que la pureza de los procedimientos democráticos. En ese equilibrio incómodo entre orden y representación, Egipto sigue siendo un actor clave, aunque impredecible.

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