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“Israel, 74 años”

Por Ianai Silberstein

Por lo menos durante los primeros veinticinco años, la existencia física del nuevo estado estuvo en duda. Israel enfrentó guerras de exterminio (tal era la consigna de sus enemigos) en 1948, en 1956, en 1967, y en 1973. Tanto la Guerra de “Liberación” de 1948 como la de “Iom Kipur” en 1973 supusieron una amenaza real que Israel debió revertir con apoyos varios pero sobre todo a un costo en vidas demasiado caro.

Es por ello que el Día de la Independencia en Israel se celebra cuando finaliza el Día de Recuerdo de los Caídos (en las guerras y en atentados terroristas). El regocijo surge desde el recogimiento y el recuerdo; una característica muy judía que el nuevo estado recogió.

Si la existencia del Estado de Israel ha sido cuestionada por sus enemigos, ha sido asegurada por su desarrollo económico, tecnológico, y por supuesto militar.

El crecimiento demográfico exponencial de Israel de seiscientos mil judíos en 1948 a más de seis millones y medio hoy (y creciendo) es una obra descomunal: multiplicar por diez una población, sumada a los otros pueblos, etnias, y religiones que lo habitan, es asumir un Estado con una potencia incuestionable.

Los líderes de Israel, cualquiera de ellos en la circunstancia histórica que sea, supieron aprovechar todas las oportunidades que brindaron las coyunturas históricas: desde la aceptación del Plan de Partición de la ONU en 1947, las reparaciones de Alemania por los crímenes del Holocausto, el Tratado de Paz con Egipto en 1979, con Jordania en 1994, y los recientes Acuerdos de Abraham en 2020, por citar sólo algunos.

Los sucesivos gobiernos de Israel, salvo excepciones, no cejaron en el empeño de solucionar anomalías y conflictos que afectan a todos los habitantes de la región: los ofrecimientos de Barak en 2000 y Olmert en 2007 naufragaron a manos de los líderes palestinos de turno.

Israel a sus 74 años crece: su economía no se detiene, exporta desde tecnología hasta ficción (Fauda, Shtisel).
Su sociedad es plural: Israel es El Estado Judío pero alberga más de dos millones de árabes (musulmanes y cristianos), drusos, beduinos, y últimamente otras minorías: tailandeses, filipinos, sudaneses.
Los judíos de Israel hoy son un crisol de orígenes como ningún padre fundador pudo imaginar: laicos y religiosos, ortodoxos y ultra-ortodoxos, askenazíes y sefaradíes, rusos, etíopes, y en cada grupo sus propias divisiones. Son mucho más que las doce tribus originales de Israel.

La naturaleza del régimen parlamentario israelí no sólo asegura que se escuchen las voces de las minorías sino que estas tengan su fuerza política en la Kneset, el parlamento israelí. Basta ver la actual coalición de gobierno, su composición, y su aparente fragilidad.
Si bien como consecuencia de guerras Israel agrandó su territorio tornándose más viable y seguro, su intención fundacional no fue nunca a costa de otros pueblos, sino a su lado.

Israel ha sido demostrado que es posible mezclar ideales con pragmatismo creando una sociedad dinámica como pocas en el mundo. Al mismo tiempo, conciliar valores éticos con seguridad nacional no ha probado ser tarea sencilla a lo largo de la historia de la humanidad, y en ese sentido Israel no sólo hace denodados esfuerzos, sino que estos son en general exitosos.

El pueblo judío perpetúa la memoria al tiempo que se celebran los logros y las oportunidades. Esta semana celebramos la recuperación de la soberanía nacional en nuestra tierra ancestral.
A veces es útil poner en perspectiva este acontecimiento. En especial, cuando el Sionismo e Israel han sido manipulados de modo de adjudicarles desvalores y vicios que le son absolutamente ajenos.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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