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Iom Hashoá


Imre Kertész, falleció hace 5 años a los 86 años. Fue un niño húngaro que sobrevivió la Shoá y fue Premio Nobel de Literatura. Escribió varias obras, y las más consagradas giran alrededor de la Shoá.
Para Kertész el Holocausto nunca fue un tema del pasado, sino del presente y, sobre todo, del futuro. Porque, en palabras de este escritor, es evidente que, si en un momento histórico, la civilización europea consideró compatible con su tradición una sociedad basada en el crimen, tal cosa podría volver a suceder. Por primera vez en la historia occidental, la mayor parte de una nación europea considerada de las más civilizadas, con el respaldo de grandes masas de población en otros países del continente, consideró legítimo asesinar como parte de un programa político y de futuro. El asesinato de masas, el genocidio, se convirtió para un amplio espectro de la población en un valor tan aceptable y sensato como las normas de urbanidad o la probidad en los negocios. Por ello el retorno del totalitarismo, escribía Kertész, está siempre pendiente, en el sentido más literal: pende amenazadoramente sobre nosotros como una posibilidad actualizable en determinadas circunstancias. Ahí radica la actualidad acuciante de Auschwitz, en que no está desactivado, en que sigue latente, amenazando con regresar bajo nuevas formas.
Nuestra historia humana está marcada por la barbarie, por la muerte y por la violencia. El hombre, desde que es hombre, ha utilizado medios violentos para eliminar a su adversario; las matanzas y asesinatos masivos son prácticas antiquísimas que han envilecido a la condición humana. Sin embargo, todas estas acciones buscaban motivos territoriales, religiosos, espeluznantes, sin duda. La llegada del siglo XX y la difusión de ideologías totalitarias, así como un exacerbado nacionalismo y la propagación de teorías raciales, alteraron por completo la anterior concepción: ahora la barbarie había decidido dar un paso más, desconocido hasta entonces: suprimir pueblos enteros por el mero hecho de que la mentalidad totalitaria y criminal sentía que esos pueblos eran diferentes, y debían desaparecer de la faz de la tierra.
El Profesor e investigador inglés Timothy Snyder ha escrito que el ser humano habrá de vivir con el estigma del Holocausto hasta el fin de los tiempos. La eliminación sistemática y metódica de un pueblo entero es una de las mayores atrocidades cometidas por el hombre. Aunque no existe fundamento racional para justificar esta práctica, un pueblo tan cabal como el alemán sucumbió a las teorías ecológicas y raciales de sus dirigentes nazis y permitió el exterminio masivo de judíos. Ciertamente hubo un gran número de personas que ayudaron a escapar a judíos, pero la mayoría de la sociedad alemana y del este de Europa colaboró directamente con los nazis o no hizo nada para impedir esta barbarie. Se han publicado una ingente cantidad de trabajos que buscan explicar las causas que condujeron a la sociedad europea a esta situación y ninguno da respuestas satisfactorias. Podemos estudiar los métodos y las técnicas utilizadas, pero rara vez encontraremos explicación a los motivos que había detrás de quienes día tras día ejecutaban a miles de personas, hombres, mujeres y niños, para después sepultarlos en zanjas.
Generalmente se ha atribuido a la eficacia de la burocracia germana la muerte de millones de judíos. La gestión de los recursos y de los medios proporcionados por grandes empresas a las autoridades nazis permitió que los campos de concentración fuesen transformados en máquinas de exterminio.
El historiador Snyder ha querido dar un nuevo enfoque al estudio del Holocausto con su trabajo Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia, cuya premisa principal se construye en torno a la idea de que la destrucción de las instituciones estatales facilitó las tareas de eliminación de los judíos. Así lo expresa el propio autor: “En toda Europa, pero en diferentes grados según el lugar, la ocupación alemana destruyó las instituciones que permitían que las ideas de reciprocidad parecieran verosímiles. En los lugares donde los alemanes borraron los Estados convencionales, crearon un abismo donde el racismo y la política aunaban sus esfuerzos; en este hoyo negro, fueron asesinados los judíos. En ausencia absoluta de la iluminación moral de las instituciones, quedaba la tenue luz de salvadores individuales que tenuemente salía a relucir”.

Snyder cierra su libro con un fuerte alegato de dónde vivimos hoy,75 años después de la Shoá: “Compartimos el planeta de Hitler y varias de sus preocupaciones; hemos cambiado menos de lo que creemos. Nos gusta nuestro espacio vital, fantaseamos con la destrucción de los gobiernos, denigramos la ciencia, soñamos con una catástrofe. Si pensamos que somos víctimas de alguna conspiración planetaria, nos acercamos poco a poco a Hitler. Si creemos que el Holocausto fue el resultado de las características inherentes de los alemanes, los polacos, los lituanos, los ucranianos o cualquier otro grupo, nos movemos en el mundo de Hitler”.

Terrible premonición del Prof. Snyder hace apenas seis años. Hoy estamos atrapados dentro de una catástrofe pandémica planetaria donde el diez por ciento más poderoso ha dejado al noventa por ciento más vulnerable sin vacunas y con ello, sin futuro; la presunta cabeza de la ciencia, la OMS, se ha auto denigrado; las teorías conspirativas arrecian y aumenta el antisemitismo con gran fervor en las Américas y en Europa. El temor que tenía Kertész de que Auschwitz retornara bajo otras formas está latente no sólo por la violencia antisemita sino también por la ordalía política que permite sin ningún rubor que Irán proclame desde el podio de Naciones Unidas que su voluntad es destruir el Estado Judío, y que un grupo terrorista como Hamas escriba lo mismo, lo intente poner en práctica y el absurdo Consejo de DDHH no lo mencione ni por su nombre y sí condene a Israel tantas veces como a su ejercicio circense le place.

Primo Levi volvió a Auschwitz en 1982 y fue entrevistado. La última pregunta de la nota fue: ¿No le parece que los hombres, hoy en día quieren olvidar Auschwitz cuanto antes?. Levi contestó: “Hay indicios que permiten pensar que quieren olvidar o algo peor: negar. Es muy significativo: quien niega Auschwitz es precisamente quien estaría dispuesto a volver a hacerlo”.

Sin conocerse, Levi concordó entonces con Kertész y con Snyder, y con las realidades posteriores de los negadores primero, y los que quieren perpetrar ahora lo que dijo Levi. Por eso hoy, Iom Hashoá, recordamos todo y a todos, y somos conscientes dónde estuvo Auschwitz entonces, y dónde puede estar ahora.

*Eduardo Kohn (Montevideo, 1949) es Doctor de Relaciones Internacionales y. Director de Latinoamérica en B´Nai B´rith.

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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