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Soledad, la patología del siglo XXI

Por Israel Jamitovsky

La actual pandemia que se abate sobre todo el orbe, me mueve a reflexionar en derredor del fenómeno de la soledad. El 28 de mayo del año 2019 se celebró el Día de la Vecindad Internacional. Treinta países resolvieron por esta vía combatir la soledad, considerada la patología silenciosa del siglo XXI.

Los guarismos son terminantes; un tercio de la población de los países industrializados padece de soledad. Un 40% de los americanos declararon sentirse solos, el doble en relación a 35 años antes. La Oficina de Estadísticas de Nueva Zelanda encontró que un 40% de su población entre 15 y 29 años declaró acusar soledad, mucho más que
en conglomerados de otras edades. En Gran Bretaña el 60% de los jóvenes declararon sentirse solos y se considera
la soledad como una suerte de silenciosa epidemia. No en vano, el anterior gobierno de la Primer Ministra Teresa
May, resolvió instaurar un Ministerio específico para combatir la soledad.

En Israel, el panorama tampoco es muy alentador. Acorde a la Oficina Central de Estadísticas, un 42% de personas de 75 años en adelante, declaró sentirse aislado. Según David Koren Director de Erán, fundación israelí destinada a brindar ayuda psicológica inicial, el fenómeno abarca a todas las edades. Puede ser incluso que las cifras sean más altas ya que hay personas que prefieren no comunicar ni plantear su problema porque ello afectaría su imagen.

Llama la atención la soledad que afecta a los jóvenes. La Dra. Raquel Barkán, Psicóloga Social y docente de la Universidad Ben Gurión, sostiene que se trata de soledad existencial, fruto del abismo que separa sus aspiraciones y sueños de las realidades concretas que no contemplan ni colman sus inquietudes. Muchos suicidios en el mundo gentil se producen cuando se celebran las Navidades o el Año Nuevo. Es en estas ocasiones cuando la frustración y
angustia asoman más nítidamente.

Parece difícil entender el fenómeno en un mundo en el cual la comunicación entre los humanos rebasa fronteras e identidades: redes sociales, teléfonos celulares, facebook, whatsapp, correo electrónico, instagram, etc. A mi entender es correcta la explicación vertida por el Prof. Aharón Bar Zeev, docente de la Universidad de Haifa y Presidente de la Asociación Filosófica Europea de Investigación de Sentimientos, la soledad es consecuencia de la ausencia de relaciones genuinas y auténticas entre los humanos. Uno puede comunicarse con 4.000 personas al día a nivel superficial pero ello no modifica su coyuntura ni su angustia existencial, yo agregaría que puede incluso agravarla.

La soledad afecta a todos los estratos y capas de la sociedad. Un estudio de Harvard, señala que el 50% de los altos ejecutivos encuestados experimenta sentimientos de soledad, mientras que un 61% considera que esa sensación de soledad afecta su quehacer.

La pregunta es si estamos condenados a vivir en una creciente soledad. Un estudio de signo optimista, promovido en el año 2010 por la Universidad de Cambridge, apunta a que las relaciones humanas asentadas sobre pilares sólidos otorgan a sus participantes un 50% más de longevidad. Esta constante rige para todas las edades, sexo, estado de
salud, etc.

LA POSTURA DE LA TRADICIÓN JUDÍA
La tradición judía otorga gran trascendencia al hombre, creado a imagen y semejanza de D-s. La Biblia llama al
hombre adam pero no existe en hebreo el plural de adam, quizás para enfatizar que cada hombre es un mundo en sí mismo. De esta premisa surgiría la memorable sentencia del Talmud (Sanedrín 37) «Quien salva una vida salva el mundo entero».

Sin perjuicio de ello, el Génesis ya nos dice que no es bueno que el hombre esté solo. El judaísmo valora el individuo, menos el individualismo. Por ende, sólo se concibe al hombre formando parte de la comunidad y de un contexto social. Múltiples son los ejemplos. En la liturgia judía las principales oraciones pueden practicarse sólo cuando hay un mínimo de diez personas. Incluso en el rezo individual las plegarias se articulan en plural invocando el colectivo.

Valores como compromiso, solidaridad, protagonismo, ayuda mutua, vocación de servicio, etc. fueron y continúan siendo pilares básicos en las comunidades judías a lo largo de toda la historia. Obviamente estos parámetros rigen
también para comunidades de otras confesiones religiosas.

NO ES UN FENÓMENO NUEVO
Si se quiere, el fenómeno de la soledad no es nuevo. Ya en el año 2000 Robert D. Putnam de la Universidad de Harward señaló en su libro Bowling Alone, el paso en la sociedad norteamericana de salidas y entretenimientos colectivos a recreaciones individuales, de ahí que titulara así el volumen (Jugando a los bolos solo). La secuela de este proceso es la pérdida de una suerte de patrimonio social, surgido a través del vínculo entablado entre los individuos y del compromiso conjunto de operar en aras del bien común. Este proceso no debe sorprendernos. En las sociedades occidentales el discurso actual es de un neto perfil individual. En él se invocan y enfatizan con frecuencia los derechos individuales y la autorrealización, se detectan fenómenos como alienación extrema en el trabajo y la carrera profesional, muchas veces a costa de la familia, las amistades, la comunidad e incluso la propia salud del involucrado.

Transcurrido un decenio el mismo Putnam junto con David E. Campbell modifican en cierto modo su postura. En un volumen titulado La Gracia Americana: cómo la religión divide y une, aportan una interesante conclusión. Según ellos, en base a estudios realizados, el patrimonio social existe todavía en marcos comunitarios vertebrados en torno a Sinagogas e Iglesias, habida cuenta que entre sus miembros se aprecia una mayor disposición en comparación
a otras personas, para realizar acciones como ayudar al prójimo económicamente y a obtener trabajo, el voluntariado, donar sangre o respaldar a quienes padecen fenómenos depresivos. Pero, paradójicamente, esta vez, la relación comunitaria incidió negativamente en relación al coronavirus. La asistencia diaria o semanal a Sinagogas, Iglesias y Mezquitas, la presencia en eventos familiares y comunitarios, bodas y funerales, determinó o contribuyó al contagio del virus.

ABRAHAM: EL GRAN REFERENTE
Volviendo a la tradición judía, en el texto bíblico el referente clásico es el patriarca Abraham, quien sentado ante su famosa tienda y por propia iniciativa, acogía a los viajeros ofreciéndoles sombra, pan y agua. Todos fueron sus huéspedes, cualquiera que fuese su nacionalidad, confesión religiosa o comunidad étnica. Fue el primer mensaje para combatir la soledad y abrir la puerta de nuestros corazones y hogares.

ACERCA DEL AUTOR

El Dr. Israel Jamitovsky nació en Montevideo y se radicó en Israel en 1973.
Egrsado de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de la República de Montevideo, revalidó su título de Abogado en Israel en 1975 y en 1991 obtuvo el de Notario.

En la actualidad preside la Comisión de Ética de la Organización Latinoamericana en Israel.
Desde 1982 participó en encuentros judeo-cristianos con intelectuales españoles que se celebraron en España e Israel respectivamente durante cuatro décadas a partir del año 1974.Desde 1999, presidió la comisión israelí que organizó dichos eventos.

En el pasado, se contó entre los fundadores de la Liga de Amistad Israel-Uruguay, y amén de su actividad profesional, dirigió durante 22 años la revista Diálogo, revista de cultura bianual editada en castellano en Israel por el Departamento de Dor Haemshej de la Organización Sionista Mundial.

Fue miembro del Tribunal de Apelaciones en demandas promovidas por Sobrevivientes del Holocausto y sus descendientes, en relación a seguros de vida en la época del Holocausto contra la Compañía de Seguros Generali.
En el pasado, fue militante en círculos moderados y liberales del Sionismo Religioso.En dicho contexto, fue Presidente de la Comisión Fiscal y de la Comisión de elección de Ministros del Partido Meimad, miembro del Movimiento Fieles a Torá Veavodá y de los movimientos palomas Oz Veshalom y Netivot Hashalom.

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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