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El asedio a Jerusalem de Nabucodonosor II

Yehuda Krell

En un día como hoy, el 16 de marzo del 597 a. c., hace 2.617 años, Nabucodonosor II, el rey de Babilonia, invadió Jerusalem por primera vez deportando al rey Joaquín a Babilonia junto a otros muchos relevantes ciudadanos hebreos.

La citada fecha no se conocía con exactitud hasta el año 1956, en el que el Prof. Donald Wiseman descifró una tableta de la Crónica de Nabucodonosor, por la que pudo determinar el comienzo de la primera conquista de Jerusalem del rey babilónico. Fue una invasión que dio inicio a una dramática y sangrienta década que desencadenó en la destrucción total de Judea y de su capital Jerusalem.

La situación geopolítica de Judea en esos tiempos era muy inestable; el reino hebreo se encontraba amenazado por tres grandes potencias: el Imperio asirio, Egipto y el ascendiente Imperio babilónico. El territorio cambiaba de dominio constantemente, todos los poderosos se lo disputaban, hasta que finalmente el rey Nabucodonosor venció al egipcio Necao II, consolidando su conquista del Medio Oriente.

En el año 595 a.c. llegó a Judea la noticia de una insurrección en Babilonia que despertó las esperanzas de liberación de los hebreos. En el transcurso de los años siguientes se diseñaron en Jerusalem planes de una rebelión junto a pueblos vecinos que se encontraban bajo la égida babilónica. Distintos líderes y profetas que incitaban al pueblo a sublevarse, llevaron a Judea a un estado anárquico y de un extremismo armado. La reacción babilónica fue mayúscula, en enero del 588 a.c. llegó su ejército a bloquear Jerusalem; su fortaleza era tan enorme, que mientras asediaba a la ciudad tuvo tiempo de rechazar una embestida egipcia que venía en ayuda del reino de Judea.

En julio del 586 a.c. las provisiones de la ciudad se habían acabado, los hebreos debilitados por una hambruna extrema no pudieron evitar que los babilonios abrieran una brecha en los muros y entraran a la ciudad poniendo fin a la rebelión. El rey hebreo Sedecías, que había sido puesto por los babilonios y luego se rebeló contra ellos, huyó junto a sus soldados tratando de encontrar asilo. No tuvo suerte, fue alcanzado, encarcelado, cegado, sus hijos ejecutados, él fue llevado encadenado a Babilonia donde murió.

Uno de los puntos que más llama la atención sobre esta desigual lucha es el tiempo que le tomó a Nabucodonosor conquistar Jerusalem, resulta asombrosa la resistencia hebrea de más de un año y medio a pesar de desarrollarse en un contexto social turbulento y confrontativo. Los hebreos resistieron el asedio con heroica obstinación, pero su suerte estaba echada. Había presagios bien visibles de una catástrofe que muy pocos querían ver, tal como lo anticiparon los profetas Jeremías y Ezequiel, que fueron coetáneos y predijeron la destrucción de Jerusalem y su posterior restauración. La hecatombe se produjo en un período de intensos conflictos internos, de confusión y desacuerdos sobre el camino a seguir, la sociedad estaba dividida entre los que luchaban contra Babilonia hasta el final, y los adeptos de la reconciliación para evitar el desastre total.

Un mes después de la caída de Jerusalem el jefe de la guardia de Nabucodonosor, Nebuzzaradán, cumpliendo las órdenes de su rey, saqueó e incendió la ciudad santa y destruyó el Sagrado Templo. Oficiales, sacerdotes, y civiles que participaron en la rebelión fueron ejecutados, el resto de la elite de la ciudad, estimada en 10.000 almas, fue deportada a Babilonia. Principalmente, fueron desterrados dirigentes, familias ilustres, y sacerdotes, para evitar que en un futuro estallen conatos de rebelión y que el exilio, con el tiempo, provoque la disolución de la nación hebrea. El estrato pobre del pueblo no fue afectado por los traslados forzosos, sobre todo aquellos que habían sido leales al imperio permanecieron en el país.

Los testimonios historiográficos y bíblicos nos muestran, como pocas veces, una época tan  dramática y turbulenta que vivió la nación hebrea en la antigüedad y de violentos cambios en tan escaso tiempo: el vasallaje de Asiria, una breve época de independencia, y el sometimiento hebreo, primero a Egipto y luego a  Babilonia, para acabar aniquilándose a sí misma en una rebelión inútil contra la gran potencia de la Mesopotamia. Pero la historia no sería completa si no se hace mención que con el paso del tiempo las profecías del retorno de Ezequiel se cumplieron: después de sesenta años, en el año 538 a. c., los desterrados iniciaron su  regreso a la antigua capital bajo el auspicio del rey persa Ciro II, el Grande, los esperaba allí la reconstrucción de sus hogares en la tierra de sus antepasados.

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