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La Masacre de Munich, 1972. II

A las 22:10 de la noche dos helicópteros transportaron a los terroristas y a sus rehenes a una cercana base aérea. Aterrizaron en el aeródromo, en penumbra, y allí un Boeing 727 de Lufthansa los esperaba en la pista de despegue. Tras más de medio hora de extrema tensión, dos terroristas bajaron del helicóptero y caminaron hacia el avión llevando como escudos humanos a dos de los rehenes. Al verlo vacío, sin tripulación, comprendieron que se trataba de una trampa, regresando precipitadamente hacia los helicópteros. Entonces, se encendieron todos los focos del aeropuerto y se dio la orden de abrir fuego contra los secuestradores.

De manera sorprendente, las fuerzas alemanas carecían de la debida preparación para hechos de tamaña gravedad. Se inició un caótico intercambio de tiros que acabó con la vida de dos de los terroristas y de un policía situado en la torre de control, mientras los rehenes israelíes permanecían en el interior de los aparatos, atados de manos al techo. Cuando se exigió a los secuestradores la rendición comprendieron que era el fin y decidieron morir matando.
Era el punto final a veinte horas de terror y de fallas inexplicables en los responsables de la represión que terminaron en un estallido de sangre y muerte. Dejaron como saldo el brutal asesinato de once deportistas y entrenadores israelíes, cinco de los ocho secuestradores, un oficial de la policía alemana y uno de los pilotos de los helicópteros. De manera sorprendente, y a pesar de las numerosas voces que pidieron la suspensión de los Juegos Olímpicos, éstos siguieron su curso casi con normalidad. Se argumentó que suspender los juegos sería reconocer el éxito de los terroristas. Tan sólo las pruebas del 5 de septiembre, el día en que todo ocurrió, fueron aplazadas.
Los atletas israelíes muertos en la masacre fueron: Moshe Weinberg, Yossef Romano, Ze-ev Friedman, David Berger, Yakov Springer, Eliezer Halfin, Yossef Gutfreund, Kehat Shorr, Mark Slavin, Andre Spitzer, y Amitzur Shapira
Los deportistas israelíes que lograron salvar sus vidas abandonaron inmediatamente Alemania, fuertemente protegidos por las fuerzas de seguridad. Pero los ecos de lo acaecido en Munich no se acallaron con el final de los Juegos Olímpicos. Muy al contrario, en los meses posteriores se generó una espiral de violencia de gravísimas consecuencias. Cuatro días después de la masacre, la fuerza aérea israelí bombardeó las bases de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Siria y Líbano.
El 29 de octubre de 1972, en medio de la contundente respuesta de Israel, otro comando de Septiembre Negro secuestró un avión de Lufthansa, amenazando con volarlo si no se liberaba a los tres terroristas presos que participaron de la masacre. Las autoridades alemanas, aterradas ante otro posible desastre, atendieron las reivindicaciones. De esta manera, los tres secuestradores sobrevivientes del ataque de Munich quedaron en libertad.

Israel reaccionó enérgicamente, decidió dar caza a los responsables del acto terrorista. La Primera Ministra Golda Meir y el Comité de Defensa Israelí dieron órdenes secretas al Mossad de eliminar, dondequiera que se encontrasen, a los once hombres de Septiembre Negro y del Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP) que planificaron y organizaron la matanza de los atletas israelíes. Para ello, el servicio secreto israelí creó una misión, que se conocería más tarde como “Operación Cólera de Dios”, (Mivtzah Zaam Hael). La tarea concluyó el 3 de julio de 2010, 38 años después de la acción terrorista, cuando murió el último de los responsables de la terrible masacre. Israel dejó en claro que los crímenes terroristas no quedarán impunes.

Helueni