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Roma y Jerusalem. IV. El pueblo en armas

En referencia a los factores externos, es necesario hacer notar el “componente étnico”. Judea no estaba poblada solamente por judíos, residían en ella miembros de diferentes pueblos. En diferentes localidades del territorio se había registrado con anterioridad choques armados entre judíos y miembros de las demás comunidades, como con los samaritanos, al interferir éstos en la vida social y religiosa de los hebreos. En varios de estos conflictos los “procuradores” solían saldar las disputas y los choques étnicos a favor de las comunidades no judías.

La pérdida de la independencia a manos de los romanos y los 41 años de gobierno de los procuradores, fueron años signados por el despotismo, el sometimiento social y religioso, y los altísimos niveles de corrupción, que agravaron un panorama de por sí crítico. Sin ignorar que en estos tiempos también había surgido en determinados sectores extremistas de la sociedad judía la “esperanza mesiánica”, que con su creencia en la redención, el día del juicio final, y la liberación del yugo con el que los pueblos paganos someten a los judíos, aseguraban que los tiempos de la rebelión habían llegado.
Cuando en el año 64 asumió el procurador Gasius Floro, el deterioro creció a pasos agigantados. En primer lugar se espiralizó la corrupción de la cual el procurador hacía ostentación. En su ambición de enriquecimiento irrefrenable intentó confiscar parte de los tesoros del Sagrado Templo, hizo ingresar a Jerusalem soldados romanos y provocó una masacre de magnitud. El superior comandante Cestio Galo que residía en Siria, en una visita a Jerusalem en el año 66, durante la fiesta de Pesaj, la pascua judía, trato de calmar los ánimos prometiendo que las actitudes de rapiña como la del procurador Floro no se iban a repetir.

Según el historiador Flavio Josefo, esta fue una de las causas principales de la rebelión. El procurador Floro reaccionó con mayor energía y sometió aún más al ya humillado pueblo judío. Otros historiadores sostienen que el detonante de la rebelión fue el violento choque entre judíos y sirios en la localidad de Cesárea, en el mes de yar del año 66, que obligó a los judíos a abandonar la ciudad al ser expulsados por la población gentil. Este hecho escandalizó a la dirigencia en Jerusalem, la efervescencia iba creciendo y el procurador decidió reprimir violentamente con el ejército romano a todo aquel que se interponía en su camino. Muchos rebeldes fueron crucificados, las crónicas hebreas hablan que en el día 16 del mes de yar del año 66, cerca de 3.600 hombres, mujeres y niños fueron asesinados por los romanos.
Después de la masacre el procurador intentó de varias formas calmar los ánimos para evitar una posible rebelión general, pero con poco éxito. Los sacerdotes y los dirigentes hebreos filo romanos lograron obtener el permiso de reconstruir los bienes destruidos por los romanos con la condición de continuar bajo las órdenes de Floro y de no presentar ninguna queja ante Roma. Pero a pesar del esfuerzo de los líderes judíos en evitar la rebelión, dos nuevos hechos hicieron que el mismo sea inevitable. El primero, fue cuando líder de los zelotes, Menajem Ben Yehuda, un “sicario” extremista en sus ideas y en sus actos, conquistó y ocupó la fortaleza de Masada, y mató a los romanos que cuidaban de la misma. El segundo hecho fue cuando el sacerdote Elazar Ben Janania convenció al resto de sus pares de no permitir que los extranjeros cumplan con los rituales de sacrificios en el Sagrado Templo, como era aceptado desde hacía muchos años. Fueron estas manifestaciones claras el inicio de la rebelión contra Roma.

Roma intentó disuadir a los judíos de la rebelión con las fuerzas locales, llegaron a Jerusalem unos 3.000 soldados romanos para tal fin. Pero el efecto fue contrario, los “sicarios” lograron ingresar al sector alto de la ciudad, los sumos sacerdotes y sectores judíos aristocráticos, ante la invasión huyeron dejando la ciudadela en manos de los extremistas rebeldes, que lograron unir la parte alta de la ciudad con la parte baja y el sector del Santuario. Los rebeldes quemaron los archivos impositivos donde estaban registradas las deudas del pueblo judío, hecho que entusiasmó a los pobres y los llevó a unirse a la rebelión, adoptando el levantamiento un cariz social, el de un conflicto entre pobres y ricos. Se incendiaron las viviendas y palacios de las familias prominentes y sacerdotales por el apoyo que le habían dado a los romanos y a los grupos moderados. Los rebeldes entraron a las fortalezas romanas de la ciudad y mataron a los soldados que no lograron huir de sus puestos.

Surgió una competencia entre los líderes “sicarios”, quienes canalizaban a través de la iniciada rebelión sus ambiciones personales. Menajem Ben Yehuda llegó de Masada a Jerusalem para tomar el liderazgo de la rebelión; el sacerdote Elazar Ben Janania, el otro líder de los “sicarios” se le opuso y provocó la huída de Menajem quien fue atrapado junto a otros seguidores y asesinados en público. Toda Jerusalem había queda en manos rebeldes y extremistas tras un grave baño de sangre entre propios y ajenos.
Rapidamente la rebelión se extendió a todo el territorio, adoptando una característica étnica y no sólo anti romana. Los rebeldes invadieron las ciudades con mayoría de población helenística y siria. Los judíos comenzaron a vengarse de las atrocidades cometidos contra ellos en el pasado por los miembros de estos pueblos. Estallaron numerosas matanzas étnicas, en Beit Shean, Tiro, Acre, Pela, Sidón, Sebaste y Samaria, entre varias más.
En el invierno del año 66, el gobernador romano en Siria, Cestio Galo, llegó a Judea con un ejército de 36.000 soldados a imponer el orden, comenzó a reprimir sanguinariamente a las localidades judías de la Galilea. A su paso destruía todo lo que encontraba, incendiaba aldeas, saqueaba ciudades y masacraba a su población, hasta que se topó con dificultades topográficas que fueron aprovechadas por las legiones de los rebeldes al mando de Shimón Bar Giora que minaron las fuerzas romanas. Sin embargo Cestio Galo llegó a Jerusalem y después de innumerables intentos desistió de la conquista de la ciudad. Esta actitud impensada para los rebeldes provocó en ellos una enorme euforia, salieron en persecución de las fuerzas romanas provocándoles severas pérdidas. Los rebeldes se hicieron de un botín de guerra y entre vítores y bailes regresaron a Jerusalem.
El entusiasmo por los éxitos militares de los rebeldes provocó la huída de aquellos judíos que se oponían a la rebelión o que adoptaban posturas moderadas, otros terminaron enrolándose en las filas rebeldes para evitar males mayores, ya que los choques y las agresiones internas no habían cesado.

El triunfo sobre Galo dejó en claro para los rebeldes judíos que el tema romano no estaba terminado, todo lo contrario, era solo el primer paso, y Roma iba a enviar una segunda expedición, ésta llegó al mando de Vespasiano.

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