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Roma y Jerusalem. III. Procuradores y Sectas Políticas

Roma resolvió quitarle el título de “reino” a Judea y convertirla en una “provincia imperial” con un “procurador” designado por el emperador que llevaría adelante tres funciones básicas: una función policial, es decir, mantener el orden y el dominio romano de acuerdo con los principios de la “Pax Romana” que se debía imponer con mano firme; una función fiscal, debía recaudar los gravosos impuestos para el tesoro real; y la función judicial, juzgar los procesos criminales en especial los delitos contra el Estado.

Así comenzaron a sucederse una larga lista de procuradores, con un breve intervalo de Agripa que fue nombrado rey de Israel. Fueron tiempos que en gran parte se caracterizaron por la enemistad y el rencor entre romanos y judíos. La política de expoliación económica, la usurpación de tierras, el despotismo a ultranza, la vulneración de la cultura y de la religión judía, entre otros factores, profundizaron la brecha social y la polarización con los romanos. Los procuradores llevaron adelante diferentes censos: en el año 7 se realizó un censo de la población para conocer la cantidad de judíos, la composición de sus familias y de sus bienes y así conocer el posible nivel de confiscación y expoliación. Los datos falsos o las evasiones eran castigados con multas y duras penas. Los procuradores podían remover con facilidad a la clase dirigente judía, destituir y designar sacerdotes afines, podían remover también a los representantes del pueblo y a los dirigentes del Sanhedrín.

Muchos procuradores desarrollaron gobiernos de tremenda crueldad, como el de Poncio Pilatos, que gobernó entre los años 26 y 36; a quien Filón de Alejandría lo definió como un “gobierno en el cual imperó el soborno, los robos, los actos de violencia, el trato denigrante a las personas, y las penas de muerte sin juicio”. El último procurador fue Gesio Floro, quien asoló a ciudades enteras llevando la ruina a muchas comunidades. La situación iba empeorando progresivamente; rápidamente el descontento y la agitación social se adueñaron de Galilea, Judea y Jerusalem.
No todos los judíos tenían una misma posición respecto a cómo actuar ante la política de los procuradores y de Roma. Existían en ese momento dentro de la sociedad judía varios movimientos político-religiosos que sostenían diferentes ideologías y representaban a diferentes sectores de la sociedad:
1. Los Saduceos (Tzedukim, por la figura fundadora Tzadok), en su mayoría eran miembros de la clase sacerdotal, custodios del Sagrado Templo y de los tesoros y riquezas que se hallaban en él. Representaban a los intereses de la aristocracia hebrea, pertenecían a la población rica urbana, constituían una minoría y les preocupaba conservar su status de privilegio. Si bien cumplían minuciosamente con las leyes de la Torá, ignoraban el desarrollo de la Ley Oral que permitía la evolución y la adaptación de la ley escrita a diferentes situaciones y necesidades. Eran formalistas y conservadores, y sus actitudes eran poco populares.

2. Los fariseos (Prushim=separatistas), se consideraban sucesores de los jasmoneos, constituían un partido mayoritario que se había ganado el apoyo de la masa. Si bien no era un movimiento homogéneo por los matices sociales que contenía, puede afirmarse que representaba a las capas más pobres de las ciudades y a la población rural. Dominaban el escenario popular tanto en Judea como en la Diáspora. Su principio básico era la aplicación de la ley hebrea a todas las esferas de la vida para lograr así la conservación nacional. Para ellos la Ley Oral era la herramienta para la evolución de la ley y su adecuación a nuevas necesidades y situaciones; la ley oral debía ser la guía de la vida cotidiana. Para ellos los problemas políticos no se podían solucionar obviando los pilares de la religión. Predicaban el señorío único de Dios, no aceptando el señorío del emperador, que lo consideraban inconciliable con la Torá.

3. Los zelotes (celosos o fanáticos), al igual que los fariseos y saduceos, fue también una agrupación religiosa influyente en el judaísmo; se constituyó en el partido impulsor del combate armado contra la dominación romana; el historiador judeo-romano Flavio Josefo los cataloga como “criminales usuales”. Algunos de ellos recibían el mote de “sicarios” de parte de las autoridades romanas por la táctica que utilizaban consistente en matar con la daga a romanos o a sus simpatizantes hebreos, mezclándose entre la multitud. Los zelotes fueron una rama radical del fariseísmo. La finalidad el movimiento era liberar al pueblo del yugo romano y purificar al país de los trasgresores de la Ley; socialmente los zelotes tenían mucho apoyo en la población campesina de Galilea, que aborrecía el dominio del país por parte de los paganos y ansiaban su caída. Los zelotes se consideraban combatientes de la libertad; sostenían que someterse pasivamente al dominio de los poderosos era tan grave como ofender a Dios.

4. Los Esenios (Isiim) constituían una secta que vivía en comunidades aisladas, apartada del judaísmo oficial. Se habían segregado por propia voluntad, se consideraban los auténticos representantes del sacerdocio. Eran estrictos y rigurosos; le daban máxima importancia a la pureza ritual, y vivían todos juntos en austeras comunidades. Para ellos, la debilidad política y la pobreza eran consideradas virtudes, por ello, se alejaban de la vida mundana y de los placeres terrenales. Se apartaban del mundo para consagrarse plenamente a la observancia religiosa, llevando una vida rígidamente disciplinada en comunidades cerradas. Se consideraban como “Hijos de la Luz” que debían luchar contra los “Hijos de las Tinieblas” y debían estar preparados para el día de la Redención.

Para el pueblo en su conjunto, los romanos eran conquistadores extranjeros, la cuestión era: ¿en qué momento debían rebelarse? Los zelotes, nacionalistas militantes y agresivos, incitaban a la lucha armada sin demoras. Los saduceos, tenían interés de mantener el estado de las cosas. Los fariseos, llamaban a preservar la forma de vida judía aún bajo el mandato romano, la mayoría del pueblo que los apoyaba pretendía cuidar la situación, aparentemente pacífica, tal como estaba. Los esenios, a pesar de su pacifismo, creían que la guerra entre los Hijos de la Luz contra los Hijos de las Tinieblas era necesaria, por lo tanto, era factible que se unieran a las filas de los combatientes. Ante semejante división y polarización, las sectas exaltadas se iban acercando peligrosamente a levantarse en armas contra el opresor romano y contra aquellos judíos que se negaban a rebelarse.

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