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El Mundial de Fútbol: Cuando el conflicto de Medio Oriente alcanzó a la Argentina

Radio Jai-El Mundial de Fútbol: Cuando el conflicto de Medio Oriente alcanzó a la Argentina

La final del Mundial 2026 entre Argentina y España excedió ampliamente los límites de un partido de fútbol. Alrededor de ella se concentraron alineamientos políticos, confrontaciones ideológicas y hostilidades que tenían su verdadero origen a miles de kilómetros del estadio.

Más que analizar el resultado de la final o el conflicto de Medio Oriente en sí mismo, este artículo procura examinar un fenómeno diferente: cómo, durante el Mundial, la Argentina se convirtió en objeto de una inusual acumulación de hostilidad internacional. La guerra de Gaza y la identificación del Gobierno de Javier Milei con Israel contribuyeron decisivamente a ese fenómeno, pero no fueron sus únicas causas. Por un lado, España, cuyo gobierno, encabezado por Pedro Sánchez, asumió una de las posiciones más críticas de Europa hacia Israel y convirtió la causa palestina en uno de los ejes de su política exterior. Por el otro, la Argentina de Javier Milei, quien desde su llegada a la presidencia, estableció una estrecha alianza tanto con Estados Unidos y su presidente, Donald Trump, como con Israel y su  primer ministro, Benjamín Netanyahu, situando a nuestro país entre los defensores más firmes del Estado judío. El propio Netanyahu hizo explícita esa identificación antes de la final. Después de recibir una camiseta argentina de manos del embajador argentino en Israel, manifestó públicamente su apoyo a nuestra selección, elogió a Milei como un verdadero amigo de Israel y cerró su mensaje alentando a la Argentina. El gesto, que en otras circunstancias habría podido considerarse una simple expresión de simpatía deportiva, terminó reforzando la lectura política del encuentro. Para quienes apoyaban a Israel, la Argentina representaba a un país amigo. Para sus enemigos, nuestra selección comenzó a aparecer como la prolongación deportiva de la alianza entre Milei y Netanyahu.

La victoria española fue celebrada no solamente en España. Hubo festejos en Gaza y manifestaciones de satisfacción en distintos sectores del mundo árabe e islámico. Hamás, los hutíes de Yemen, la Autoridad Palestina y dirigentes iraníes asociaron el resultado deportivo con la posición española frente a Israel y la causa palestina. También se vieron festejos en varios países sudamericanos, motivados principalmente por la tradicional rivalidad futbolística regional y no necesariamente por el conflicto de Medio Oriente.

Desde Irán, el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, sostuvo que la victoria de España había alegrado a quienes se oponen a las políticas de Estados Unidos e Israel. La declaración confirmó hasta qué punto la final había sido apropiada como un episodio más de la confrontación política internacional. Pero el aspecto esencial para nosotros no reside únicamente en lo sucedido en Gaza, Teherán o las capitales árabes. Lo verdaderamente significativo es que ese conflicto terminó repercutiendo sobre la Argentina. Nuestro país, que históricamente fue admirado en buena parte del mundo por su fútbol, apareció súbitamente juzgado por la política exterior de su presidente. La camiseta argentina dejó de ser vista exclusivamente como el símbolo de una selección y comenzó a ser asociada con Israel, Netanyahu y la posición de Milei ante la guerra. De este modo, el rechazo internacional hacia Israel se trasladó, en alguna medida, hacia la Argentina. Ese clima de hostilidad no quedó limitado a las redes sociales ni a las declaraciones políticas. En distintos lugares también se registraron agresiones verbales y físicas contra ciudadanos argentinos. Uno de los episodios más difundidos ocurrió en el metro de Madrid, donde un argentino fue atacado por su nacionalidad. Aunque se trató de hechos aislados, reflejaron hasta qué punto un conflicto ajeno al deporte había comenzado a proyectarse también sobre personas comunes.

No es necesario imaginar una conspiración organizada para comprobarlo. Basta observar la convergencia de mensajes, celebraciones, publicaciones y declaraciones que transformaron una competencia deportiva en una suerte de guerra por delegación. España fue elegida como representante simbólica de la causa palestina y la Argentina quedó ubicada, por decisión de otros, en el campo de Israel.Esta identificación también produjo repercusiones dentro de nuestro país.Ante los mensajes de apoyo israelíes y la asociación entre Milei, Netanyahu y la selección, algunos hinchas argentinos se apresuraron a declarar ante medios extranjeros y en las redes sociales que no todos los argentinos apoyaban al Gobierno ni compartían su posición respecto de Israel. En ciertos testimonios se llegó a afirmar que ningún “verdadero argentino” respaldaba al Estado judío. Esas manifestaciones no pueden atribuirse automáticamente, en todos los casos, a una pertenencia partidaria comprobada. Sin embargo, tampoco pueden analizarse al margen de la profunda división política argentina ni de la persistencia del kirchnerismo, principal núcleo de oposición al Gobierno de Milei. El kirchnerismo continúa siendo una fuerza política con importante capacidad de movilización y representa una concepción de la política exterior sustancialmente distinta de la actual. Sus gobiernos reconocieron al Estado palestino y promovieron posteriormente el controvertido Memorándum de Entendimiento con Irán, país acusado por la Justicia argentina de responsabilidad en el atentado contra la AMIA. Por eso, cuando algunos argentinos se presentaron ante el mundo para aclarar que Milei no hablaba en nombre de todos y para desvincular al país de Israel, no estaban realizando únicamente una observación sobre el conflicto de Gaza. También trasladaban al escenario internacional la disputa política interna entre el Gobierno y la oposición, particularmente el kirchnerismo. El fenómeno resulta paradójico. Mientras desde el exterior se identificaba a toda la Argentina con Milei e Israel, desde el interior algunos sectores intentaban demostrar que esa identificación no representaba al conjunto de la sociedad .La selección quedó atrapada así entre dos apropiaciones políticas. Por una parte, quienes desde Israel celebraban la amistad con Milei y alentaban a la Argentina. Por otra parte, quienes apoyaban a España no solamente por razones deportivas, sino porque la consideraban identificada con Palestina y enfrentada simbólicamente a Israel .

En medio de esa confrontación se encontraban los futbolistas argentinos, que no habían decidido la política exterior del país y cuya única responsabilidad era representar deportivamente a la nación. A este cuadro se agregó un fenómeno todavía más inquietante. En las redes sociales comenzaron a circular acusaciones sobre supuestas influencias “sionistas”, manipulaciones de la FIFA y poderes ocultos que habrían favorecido a la Argentina. El lenguaje parecía político, pero reproducía antiguas teorías acerca del poder secreto de los judíos para controlar gobiernos, instituciones y acontecimientos internacionales .En ese punto, el antisionismo abandona su pretendido carácter de mera crítica política y revela el antisemitismo que muchas veces procura disimular.

El antisemitismo ha cambiado de vocabulario a lo largo de la historia. Primero acusó a los judíos por su religión; más tarde, por su raza. En nuestro tiempo, con frecuencia sustituye la palabra “judío” por “sionista”, pero conserva las mismas acusaciones de conspiración, dominio económico y control mundial.

No toda crítica a una decisión del Gobierno israelí constituye antisemitismo. Pero cuando se atribuye a los “sionistas” el manejo secreto de la FIFA, de los árbitros, de los medios o de los gobiernos, ya no estamos ante una discusión legítima sobre la política de Israel. Estamos ante los viejos prejuicios antijudíos adaptados al lenguaje de nuestra época.

La final del Mundial demostró así que la adhesión de Milei a Israel tiene consecuencias que trascienden la diplomacia. Ha modificado la imagen internacional de la Argentina y provocado que sectores hostiles al Estado judío proyecten también sobre nuestro país una parte de esa animadversión. Deportivamente no hay discusión posible. España fue abrumadoramente superior y obtuvo merecidamente el título mundial. La cuestión que aquí se analiza no es el resultado futbolístico, sino el fenómeno político que se desarrolló alrededor de esa final y la forma en que el conflicto de Medio Oriente terminó proyectándose sobre la Argentina.

Pero sí resulta legítimo advertir que durante el Mundial comenzaron a proyectarse sobre la Argentina generalizaciones que excedían ampliamente lo ocurrido dentro del campo de juego. Nuestro país fue acusado injustamente de ser uno de los más racistas del mundo porque su seleccionado no contaba con jugadores negros, como si la composición étnica de un equipo permitiera medir el grado de racismo de toda una sociedad. La acusación ignoraba una realidad demográfica elemental: la Argentina recibió históricamente una inmigración mayoritariamente europea y, a diferencia de otros países del continente, posee una población afrodescendiente proporcionalmente reducida. Pretender deducir de ese hecho una conclusión sobre la existencia de discriminación carece de fundamento. Y, desde luego, ojalá contáramos con un jugador de las extraordinarias condiciones de Kylian Mbappé. A esa imputación se sumó otra igualmente generalizadora: la caracterización de la selección argentina como un equipo desleal, proclive al juego sucio y a la violencia. Conviene distinguir, sin embargo, entre un estilo de juego intenso, de fuerte disputa física y gran competitividad —rasgos históricos del fútbol argentino y también presentes en otras selecciones sudamericanas— y la violencia deliberada destinada a lesionar al adversario. Son planos diferentes que con frecuencia fueron confundidos. De ese modo, determinadas características futbolísticas terminaron utilizándose para formular juicios sobre el carácter de los argentinos como sociedad.

La estrecha identificación del Gobierno de Javier Milei con Israel contribuyó, además, a convertir, acertada o injustamente, a la Argentina en un símbolo internacional de ese alineamiento. Así confluyeron distintos factores —políticos, deportivos y culturales— que terminaron proyectando sobre nuestro país una imagen negativa muy superior a la que podía desprenderse de un simple campeonato mundial. Y cuando millones de personas celebran la derrota de una selección no por lo ocurrido dentro del campo de juego, sino por la posición internacional de su Gobierno o por los estereotipos atribuidos a toda una sociedad, el fútbol deja de ser un simple juego. Así, una guerra librada a miles de kilómetros terminó proyectándose también sobre la Argentina.

 

Rubén Kaplan Periodista y escritor

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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