{"id":67097,"date":"2020-08-21T15:14:48","date_gmt":"2020-08-21T18:14:48","guid":{"rendered":"https:\/\/www.radiojai.com\/?p=67097"},"modified":"2020-08-21T16:05:00","modified_gmt":"2020-08-21T19:05:00","slug":"el-final-del-carnicero-de-riga-un-enorme-cuerpo-en-la-morgue-de-paraguay-y-la-clave-de-los-dedos-de-sus-pies-mutilados","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.radiojai.com\/index.php\/2020\/08\/21\/67097\/el-final-del-carnicero-de-riga-un-enorme-cuerpo-en-la-morgue-de-paraguay-y-la-clave-de-los-dedos-de-sus-pies-mutilados\/","title":{"rendered":"El final del Carnicero de Riga: un enorme cuerpo en la morgue de Paraguay y la clave de los dedos de sus pies mutilados"},"content":{"rendered":"<p>El criminal nazi Eduard Roschmann, responsable de la muerte de 40.000 jud\u00edos, vivi\u00f3 en Argentina y muri\u00f3 en agosto de 1977 en Paraguay despu\u00e9s de una larga fuga. Los \u00faltimos d\u00edas del pavoroso SS y las pistas que permitieron identificarlo. El relato del periodista que lo encontr\u00f3 bajo la falsa identidad de Federico Wegener<br \/>\n\u201cEn los \u00f3mnibus que oficiaban como c\u00e1maras de gas, Roschmann hab\u00eda ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los ve\u00eda pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, mor\u00edan asfixiados adentro\u201d. (Frederick Forsyth, testimonio de 1977)<\/p>\n<p>De cuantos sucesos extra\u00f1os me ha deparado mi oficio, \u00e9ste es el mayor. En 1972, Forsyth escribi\u00f3 uno de sus grandes best-sellers: Odessa, basado en la organizaci\u00f3n del mismo nombre que protegi\u00f3 a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligi\u00f3 como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huy\u00f3 de Alemania sin dejar rastros y que fue responsable de la muerte de 40.000 jud\u00edos. Se lo conoci\u00f3 como El Carnicero de Riga por haber sido comandante del gueto y del campo de concentraci\u00f3n de Kaiserwald en Letonia.<\/p>\n<p>La primera mitad del libro de es real: una biograf\u00eda del SS hasta su desaparici\u00f3n. La segunda, ficci\u00f3n: un periodista lo busca para vengarse porque Roschmann asesin\u00f3 a su padre. Pero esa segunda parte -la real- es la que yo investigu\u00e9 hasta su muerte siguiendo cada uno de sus pasos. Complet\u00e9 lo que para Forsyth hubiera sido imposible.<\/p>\n<p>Lo que sigue es la exacta verdad.<\/p>\n<p>Paraguay, 1977<\/p>\n<p>Casi todos los pasajeros que iban en el \u00f3mnibus sonre\u00edan. Casi todos. El \u00fanico gesto hosco, huidizo, era el del hombre del asiento n\u00famero 23 -izquierda, ventanilla-: un hombre gordo, de cara roja y espeso bigote negro. A las ocho en punto de la noche del 6 de julio de 1977, el \u00f3mnibus de la compa\u00f1\u00eda La Internacional -gris, con los colores de la bandera paraguaya pintados a lo largo- sali\u00f3 de Buenos Aires rumbo a Puerto Falc\u00f3n, a 15 kil\u00f3metros de Asunci\u00f3n del Paraguay.<\/p>\n<p>Un cuarto de hora antes, el hombre hab\u00eda llegado en un taxi a la estaci\u00f3n terminal, jadeante, y se hab\u00eda desplomado en su asiento. Vest\u00eda pantal\u00f3n negro, saco sport gris muy grueso, camisa blanca, corbata azul, y un sombrero brilloso por el uso y algo echado hacia delante le tapaba la cara. Mientras aseguraba su equipaje, su compa\u00f1ero de asiento baj\u00f3 la vista: el hombre, a pesar de su sombrero y de su severa ropa, llevaba zapatillas deportivas blancas. M\u00e1s tarde, en la primera parada, cuando el hombre baj\u00f3 para tomar un caf\u00e9, su compa\u00f1ero de asiento not\u00f3 que rengueaba.<\/p>\n<p>A lo largo del viaje, el hombre se mantuvo despierto. Mientras pudo se sumergi\u00f3 en las p\u00e1ginas de un libro escrito en alem\u00e1n. Cuando el chofer apag\u00f3 las luces, guard\u00f3 el libro en uno de los bolsillos de su saco y se qued\u00f3 inm\u00f3vil, con los ojos fijos en el vidrio, como si quisiera descifrar el paisaje borrado por la noche.<\/p>\n<p>El \u00f3mnibus lleg\u00f3 a Puerto Falc\u00f3n el 7 de julio a las tres de la tarde. Asunci\u00f3n gem\u00eda bajo 32 grados y 90 de humedad. Unas nubes oscuras con borde violeta estaban a punto de estallar en diluvio.<\/p>\n<p>El hombre baj\u00f3 del \u00f3mnibus y se mezcl\u00f3 entre la gente, en la ruidosa terminal Br\u00fajula: una confusa geograf\u00eda en la esquina de Presidente Franco y Col\u00f3n. Adormilado, entr\u00f3 a una de las casas de cambio y meti\u00f3 un billete de 100 d\u00f3lares por el hueco abierto en el vidrio blindado de la ventanilla. El empleado le dio 11.300 guaran\u00edes.<\/p>\n<p>A las tres y veinte se sent\u00f3 en una mesa de la Pez Mar, una antigua taberna, y pidi\u00f3 una gaseosa de cualquier marca, &#8220;pero bien helada&#8221;, exigi\u00f3. Le sirvieron Guaran\u00e1, y se la tom\u00f3 de un golpe. Mientras pagaba le pregunt\u00f3 al mozo si conoc\u00eda alguna pensi\u00f3n tranquila. El mozo anot\u00f3 en una servilleta: &#8220;Se\u00f1ora R\u00edos, Iturbe 859&#8221;.<\/p>\n<p>A las cuatro de la tarde, Juana Echag\u00fce de R\u00edos, flaca, morena, de 65 a\u00f1os, tomaba terer\u00e9 en el ancho patio de su pensi\u00f3n de la calle Iturbe, sentada en un sill\u00f3n de mimbre, cuando un taxi celeste fren\u00f3 delante de la puerta. El hombre, con el pesado saco colgado del brazo, cruz\u00f3 el angosto pasillo de entrada y salud\u00f3. Juana Echag\u00fce lo mir\u00f3 de arriba abajo: un h\u00e1bito que despu\u00e9s de cuarenta a\u00f1os de oficio le bastaba para aprobar o rechazar al cliente.<\/p>\n<p>-Necesito una pieza. \u00bfTiene algo?<\/p>\n<p>-Tengo.<\/p>\n<p>-\u00bfCu\u00e1l es el precio?<\/p>\n<p>-Cuatrocientos guaran\u00edes por d\u00eda con pensi\u00f3n completa.<\/p>\n<p>Acept\u00f3 sin mirar siquiera el lugar. Pag\u00f3 diez d\u00edas por adelantado. Puso su c\u00e9dula de identidad en la rugosa mano de la mujer y se hundi\u00f3 en la pieza: un cuadrado de cinco por cinco pintado de rosa furioso, con puerta y ventana verdes, cinco camas de una plaza (una, coronada por un enorme mosquitero), dos roperos que conocieron tiempos mejores y una mesa cubierta por hule deshilachado, albergue de botellas de vino vac\u00edas, fruta, remedios y revistas deshojadas.<\/p>\n<p>El hombre no abri\u00f3 la valija. Colg\u00f3 el sombrero en un clavo y se tir\u00f3 en la cama. Sus cuatro compa\u00f1eros dorm\u00edan la siesta con los pies desnudos y la cara tapada con revistas. Cuando se despertaron los salud\u00f3 apenas con un gesto. Los cuatro eran chinos y s\u00f3lo hablaban chino. Esa noche, mientras devoraba un guiso de fideos en la mesa com\u00fan, instalada en el patio, se enter\u00f3 de que los chinos trabajaban como vendedores ambulantes.<\/p>\n<p>En los d\u00edas que siguieron, Juana Echag\u00fce trat\u00f3 de arrancarle algunas confesiones. In\u00fatil. Se estrell\u00f3 contra un p\u00e9treo silencio. Pero, como una ara\u00f1a en su tela, la due\u00f1a de la pensi\u00f3n esperaba su oportunidad. \u201cEn alg\u00fan momento \u2013pensaba\u2013, este hombre me contar\u00e1 su historia\u201d. Acaso con la complicidad de la noche, o el caf\u00e9, que tanto le gustaba.<\/p>\n<p>Pero el hombre no se rend\u00eda. Se levantaba al amanecer. Desayunaba -pan, manteca, dulce, mucho caf\u00e9- y volv\u00eda a la miserable pieza. No se levantaba de la cama ni siquiera cuando limpiaban. Respiraba con dificultad y se agitaba por nada. Le\u00eda revistas (siempre las mismas), y el libro escrito en alem\u00e1n. No hablaba por tel\u00e9fono ni recib\u00eda llamadas. Jam\u00e1s le lleg\u00f3 una carta. Una vez, ella lo sorprendi\u00f3 mientras quemaba en el ba\u00f1o una de las revistas que guardaba debajo del colch\u00f3n.<\/p>\n<p>A la hora del almuerzo se sentaba, puntual, en la cabecera. O\u00eda la charla de todos, pero no abr\u00eda la boca. Com\u00eda con avidez. Casi con ferocidad. Con el \u00faltimo bocado volv\u00eda a la pieza. Sal\u00eda otra vez para tomar la merienda y esperaba en la cama, alumbrado por una l\u00e1mpara sin pantalla, las palmadas que anunciaban la comida de la noche. Aceptaba cualquier men\u00fa. Luego, vuelta a la cama. No intentaba hablar con los chinos ni los chinos se esforzaban por hablar con \u00e9l. Viv\u00edan juntos. Los un\u00eda la promiscuidad. Pero no hab\u00eda entre ellos siquiera una precaria forma de comunicaci\u00f3n.<\/p>\n<p>El d\u00eda n\u00famero diez, la due\u00f1a de la pensi\u00f3n le pregunt\u00f3 a quemarropa qu\u00e9 hac\u00eda en Asunci\u00f3n. El hombre le dijo que hab\u00eda ido a visitar a una amiga alemana, pero que no pod\u00eda encontrarla. Ella advirti\u00f3 que ment\u00eda: nunca hab\u00eda salido de la pensi\u00f3n\u2026 Pero aprovech\u00f3 la brecha para preguntarle algunas cosas m\u00e1s.<\/p>\n<p>El hombre le dijo que naci\u00f3 en Checoslovaquia. Hablaba con fuerte acento alem\u00e1n y no entend\u00eda bien el espa\u00f1ol. Hab\u00eda que repetirle frases, ya que preguntaba con muletillas: \u201c\u00bfC\u00f3mo dice? \u00bfDice usted?\u201d. Tambi\u00e9n revel\u00f3 no tener familia y trabajar como empleado.<\/p>\n<p>Pero el und\u00e9cimo d\u00eda rompi\u00f3 la reclusi\u00f3n. Sali\u00f3 a las cinco de la tarde y volvi\u00f3 tres horas despu\u00e9s con un paquete en la mano. Un pantal\u00f3n que compr\u00f3 en la casa Monarca, en pleno centro, y que pag\u00f3 1.500 guaran\u00edes. Cuando la due\u00f1a estaba a punto de darse por vencida empezaron a suceder cosas extra\u00f1as.<\/p>\n<p>El d\u00eda decimoquinto, por la ma\u00f1ana, uno de los chinos abandon\u00f3 la pensi\u00f3n. Una hora despu\u00e9s ocup\u00f3 la cama libre un uruguayo joven, de pobr\u00edsimo aspecto. Al otro d\u00eda, cuando Juana asom\u00f3 su cabeza para anunciar que el desayuno estaba servido descubri\u00f3 que el uruguayo hab\u00eda desaparecido. En ese momento, su enigm\u00e1tico cliente sal\u00eda del ba\u00f1o.<\/p>\n<p>-Me rob\u00f3. El uruguayo me rob\u00f3 cinco mil guaran\u00edes y dos camisas.<\/p>\n<p>-Ya mismo llamo a la polic\u00eda.<\/p>\n<p>-No, por favor. No llame a nadie. No importa.<\/p>\n<p>Ella insisti\u00f3. Y por primera vez, el hombre perdi\u00f3 la calma.<\/p>\n<p>\u2013\u00a1La polic\u00eda no! \u00a1La polic\u00eda no! \u00a1Deje todo como est\u00e1!<\/p>\n<p>Tres d\u00edas m\u00e1s tarde empez\u00f3 el final de la historia. La noche del 25 de julio comi\u00f3 con brutalidad. Despu\u00e9s del postre -dos enormes pedazos de mam\u00f3n en alm\u00edbar- rechaz\u00f3 el caf\u00e9, dijo que estaba muy fatigado y se acost\u00f3 vestido. A las seis de la ma\u00f1ana del otro d\u00eda, uno de los chinos se despert\u00f3 sobresaltado por unos ronquidos.<\/p>\n<p>Salt\u00f3 de la cama. El hombre estaba violeta. Ten\u00eda los ojos abiertos, y su boca dejaba escapar algo parecido a la espuma. Los gritos del chino alertaron a toda la pensi\u00f3n.<\/p>\n<p>  Epifanio R\u00edos, hijo de la due\u00f1a, sali\u00f3 a la calle y llam\u00f3 un taxi. Lo envolvieron en una frazada, lo metieron en el taxi y lo llevaron al Hospital de Cl\u00ednicas, a unos tres kil\u00f3metros del centro. F\u00e9lix Motta, uno de los m\u00e9dicos residentes, orden\u00f3 que lo internaran en la sala B de la primera c\u00e1tedra de Cl\u00ednica M\u00e9dica: un rect\u00e1ngulo de quince por siete casi centenario y reci\u00e9n pintado de verde claro. Lo acostaron en la cama n\u00famero 16, debajo de una repisa llena de flores de material pl\u00e1stico.<\/p>\n<p>Motta, despu\u00e9s de revisarlo, inform\u00f3 que estaba en coma. Sin embargo, no muri\u00f3. Resisti\u00f3 ese d\u00eda, el otro, el tercero. Los m\u00e9dicos le hicieron una traqueotom\u00eda.<\/p>\n<p>El primer d\u00eda de agosto se levant\u00f3 de la cama. El 4 pidi\u00f3 permiso para volver a la pensi\u00f3n y sacar su equipaje. Tom\u00f3 un taxi en la puerta del hospital, entr\u00f3 en la pensi\u00f3n, hizo su valija en cinco minutos y se despidi\u00f3 de la due\u00f1a.<\/p>\n<p>-\u00bfNo va a volver?<\/p>\n<p>-No s\u00e9. Pero me espera un tratamiento muy largo. No vale la pena que pierda un cliente por guardarme la pieza\u2026<\/p>\n<p>Al otro d\u00eda, 5 de agosto, la enfermera Mirtha Rodr\u00edguez no lo encontr\u00f3 en su cama. Temprano, mezclado entre los otros enfermos y las visitas, baj\u00f3 por la escalera (la sala B est\u00e1 en el primer piso), atraves\u00f3 el enorme patio y sali\u00f3 a la calle. Volvi\u00f3 cinco horas despu\u00e9s. Le preguntaron ad\u00f3nde hab\u00eda ido, pero se encerr\u00f3 en un terco silencio: como en sus d\u00edas en la pensi\u00f3n.<\/p>\n<p>  El d\u00eda 10 a las siete de la ma\u00f1ana, la misma enfermera se acerc\u00f3 a la cama 16 con el term\u00f3metro en la mano. El hombre ten\u00eda los ojos abiertos. El brazo derecho colgaba fuera de la cama. La s\u00e1bana, retorcida, dejaba sus pies al descubierto. Pies mutilados. Un solo dedo en el derecho y cuatro en el izquierdo.<\/p>\n<p>Estaba muerto. Hora del final: 0.45. Causa: infarto de miocardio. Cerca de la medianoche del mismo d\u00eda 10, uno de los secretarios de redacci\u00f3n del diario ABC Color revisaba las \u00faltimas pruebas de la edici\u00f3n. Son\u00f3 el tel\u00e9fono. Una voz de una mujer dijo: \u201cEsta ma\u00f1ana muri\u00f3 un hombre en el Hospital de Cl\u00ednicas, Federico Wegener. Investiguen. Ese hombre es Eduard Roschmann, el criminal de guerra\u201d.<\/p>\n<p>Una hora m\u00e1s tarde, la morgue del Hospital de Cl\u00ednicas se ilumin\u00f3 con el resplandor de los flashes. Federico Wegener, el pensionista silencioso de la calle Iturbe, estaba sobre una gastada mesa de m\u00e1rmol. Su cara, su bigote, las cicatrices de su cuerpo, sus pies mutilados, eran pistas. Pero no definitivas.<\/p>\n<p>Al amanecer del 11 de agosto, el comisario de la primera secci\u00f3n de Asunci\u00f3n revis\u00f3 todos los papeles del muerto. Entre ellos, una libreta de enrolamiento argentina n\u00famero 8209470 a nombre de Federico Wegener, nacido el 21 de junio de 1914 en Eger, Sudeti, Checoslovaquia. Y una c\u00e9dula de identidad argentina, Polic\u00eda Federal, n\u00famero 7.550.943, del 9 de noviembre de 1967. Fecha de entrada a la Argentina: 2 de octubre de 1948.<\/p>\n<p>  \u201cNo es Roschmann. Alguien muri\u00f3 por \u00e9l\u201d, dijo Sim\u00f3n Wiesenthal en su bunker: el Centro de Documentaci\u00f3n Jud\u00eda de Viena. Acababa de recibir un cable con la noticia de la muerte de Federico Wegener. Con esa misma frase empez\u00f3, dos horas m\u00e1s tarde, esta conversaci\u00f3n telef\u00f3nica con \u00e9l.<\/p>\n<p>-Insisto. No es Roschmann. Alguien muri\u00f3 por \u00e9l. La organizaci\u00f3n es tan grande que puede disponer de cad\u00e1veres de reemplazo. Seg\u00fan mis informantes, Roschmann est\u00e1 en Bolivia.<\/p>\n<p>-Pero hay muchas coincidencias, Wisenthal. Los dedos de los pies cortados, por ejemplo.<\/p>\n<p>-S\u00ed, lo le\u00ed en un cable. Eso me confunde. No tengo ese dato.<\/p>\n<p>-Sin embargo, Forsyth asegura que s\u00ed. (Nota: un mes antes, el escritor le dijo a una enviada especial que Roschmann perdi\u00f3 los dedos de los pies por congelamiento. A fines del invierno de 1948, mientras lo llevaban detenido de Graz a Dacha, salt\u00f3 del tren por la ventanilla del ba\u00f1o. Hab\u00eda mucha nieve, y camin\u00f3 varios kil\u00f3metros hasta una poblaci\u00f3n. Se le congelaron los pies. La gangrena oblig\u00f3 a un m\u00e9dico a cortarle los dedos).<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 archivos consult\u00f3 Forsyth para lograr sacar esos datos?<\/p>\n<p>-Los archivos brit\u00e1nicos.<\/p>\n<p>-Entonces es posible que sea Roschmann. Mi ficha sobre \u00e9l no es demasiado completa.<\/p>\n<p>El cuerpo en la morgue<\/p>\n<p>Emilio Wolf es un fiambrero pr\u00f3spero. Su negocio, La Alemana n\u00famero 1, est\u00e1 en la calle Yegros, centro de Asunci\u00f3n. Cuando vio la fotograf\u00eda de Wegener en los diarios no pudo reprimir el grito: \u201cEse hombre es Roschmann! No puedo equivocarme. Si lo hubiera encontrado por la calle, yo mismo lo habr\u00eda matado!\u201d.<\/p>\n<p>Ese mismo d\u00eda lo entrevist\u00f3 un periodista del ABC Color. Y veinticuatro horas despu\u00e9s, siete balas se clavaron en el frente de la fiambrer\u00eda. Cruc\u00e9 la calle -yo viv\u00eda en el hotel de enfrente-.<\/p>\n<p>-\u00bfQu\u00e9 pas\u00f3?<\/p>\n<p>-Lo que ten\u00eda que pasar. Ayer, despu\u00e9s de la nota en el diario, recib\u00ed cuarenta amenazas de muerte. Pero no le tengo miedo ni a un batall\u00f3n de nazis.<\/p>\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9 est\u00e1 tan seguro de que el muerto es Roschmann?<\/p>\n<p>-Estuve en siete campos de concentraci\u00f3n. En tres estuvo Roschmann. Pasaron muchos a\u00f1os. Pero cuando alguien te da una paliza todos los d\u00edas, no te olvid\u00e1s de \u00e9l aunque engorde, se quede pelado o se haga cirug\u00eda est\u00e9tica. La mirada de su fotograf\u00eda es la misma del hombre que gozaba castigando a los prisioneros con un l\u00e1tigo de alambre.<\/p>\n<p>  Doce del mediod\u00eda del s\u00e1bado 13 en Asunci\u00f3n. Estoy a punto de partir. Bajo la luz ag\u00f3nica de una l\u00e1mpara, sobre una mesa de m\u00e1rmol, veo por \u00faltima vez el cad\u00e1ver de Federico Wegener o Eduardo Roschmann. Afuera, 160 estudiantes del primer curso de Anatom\u00eda r\u00eden, hablan, cantan. Salgo. Uno de ellos me pregunta.<\/p>\n<p>-\u00bfNadie reclam\u00f3 el cad\u00e1ver?<\/p>\n<p>-Nadie.<\/p>\n<p>-Qu\u00e9 bien.<\/p>\n<p>-\u00bfPor qu\u00e9?<\/p>\n<p>-Somos futuros m\u00e9dicos. Necesitamos cad\u00e1veres para estudiar, y no tenemos muchos. Podemos usar su cuerpo para las clases pr\u00e1cticas.<\/p>\n<p>En 1944, ese hombre que est\u00e1 tapado con una lona verde sobre una mesa de m\u00e1rmol, mand\u00f3 a la muerte a 40 mil jud\u00edos. Y ahora, mediod\u00eda del s\u00e1bado, es apenas un despojo que espera el bistur\u00ed.<\/p>\n<p>Su fuga dur\u00f3 34 d\u00edas: su infierno privado. No lo alcanz\u00f3 el castigo: extradici\u00f3n, juicio, condena, horca. Caso cerrado.<\/p>\n<p>Me voy. Lo \u00faltimo que veo y oigo es un grupo de muchachos con guardapolvo blanco celebrando la llegada de un cad\u00e1ver sin due\u00f1o. Como un acto de justicia. Como una sinfon\u00eda.<\/p>\n<p>Por Alfredo Serra para IFOBAE.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El criminal nazi Eduard Roschmann, responsable de la muerte de 40.000 jud\u00edos, vivi\u00f3 en Argentina y muri\u00f3 en agosto de 1977 en Paraguay despu\u00e9s de una larga fuga. Los \u00faltimos d\u00edas del pavoroso SS y las pistas que permitieron identificarlo. El relato del periodista que lo encontr\u00f3 bajo la falsa identidad de Federico Wegener \u201cEn los \u00f3mnibus que oficiaban como c\u00e1maras de gas, Roschmann hab\u00eda ordenado pintar en los vidrios las figuras de seres humanos sonriendo. El que los ve\u00eda pensaba, tal vez, que era gente feliz camino a su weekend. Pero en ese mismo momento, mor\u00edan asfixiados adentro\u201d. (Frederick Forsyth, testimonio de 1977) De cuantos sucesos extra\u00f1os me ha deparado mi oficio, \u00e9ste es el mayor. En 1972, Forsyth escribi\u00f3 uno de sus grandes best-sellers: Odessa, basado en la organizaci\u00f3n del mismo nombre que protegi\u00f3 a criminales nazis del derrotado Tercer Reich. Eligi\u00f3 como protagonista a Eduard Roschmann, un SS que huy\u00f3 de Alemania sin dejar rastros y que fue responsable de la muerte de 40.000 jud\u00edos. 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