{"id":193667,"date":"2026-02-26T16:46:22","date_gmt":"2026-02-26T19:46:22","guid":{"rendered":"https:\/\/www.radiojai.com\/?p=193667"},"modified":"2026-02-26T16:46:22","modified_gmt":"2026-02-26T19:46:22","slug":"el-odio-anti-occidental-una-pasion-politica-transversal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.radiojai.com\/index.php\/2026\/02\/26\/193667\/el-odio-anti-occidental-una-pasion-politica-transversal\/","title":{"rendered":"El odio anti-occidental: una pasi\u00f3n pol\u00edtica transversal"},"content":{"rendered":"<p><strong>De la contrailustraci\u00f3n al poscolonialismo: genealog\u00eda de una categor\u00eda moral.<\/strong><\/p>\n<p>Por Guillermo Atlas *<\/p>\n<p>\u201cOccidente\u201d ya no designa una tradici\u00f3n pol\u00edtica y filos\u00f3fica, sino que funciona como la esencia del mal: una categor\u00eda moral absoluta que ordena indignaciones y borra la raz\u00f3n. El odio anti-occidental, transversal a derechas e izquierdas, reemplaza an\u00e1lisis por pertenencia identitaria. La fijaci\u00f3n obsesiva con Israel y la relativizaci\u00f3n de reg\u00edmenes totalitarios exponen esa l\u00f3gica con nitidez.<\/p>\n<p>La palabra \u201cOccidente\u201d se ha convertido en un comod\u00edn moral. Designa, seg\u00fan el contexto, a Estados Unidos, Europa, el liberalismo, el capitalismo, la Ilustraci\u00f3n, la ciencia moderna, el mercado, la secularizaci\u00f3n, el feminismo o una combinaci\u00f3n indiferenciada de todo lo anterior. Esa elasticidad permite transformar a \u201cOccidente\u201d en culpable por definici\u00f3n, \u00fatil para ordenar indignaciones, distribuir legitimidades y justificar dobles est\u00e1ndares.<\/p>\n<p>No se trata de negar la historia. Occidente fue \u2014y en parte sigue siendo\u2014 colonial, imperial, violento, explotador y con frecuencia hip\u00f3crita. Intervino militarmente, impuso jerarqu\u00edas raciales, sostuvo dictaduras y defendi\u00f3 intereses propios en nombre de valores universales. La cr\u00edtica a ese legado es leg\u00edtima y necesaria. El problema comienza cuando esa cr\u00edtica abandona el terreno hist\u00f3rico y pol\u00edtico y se convierte en metaf\u00edsica. Cuando Occidente deja de ser un conjunto de instituciones, conflictos y decisiones situadas para convertirse en una suerte de metonimia del mal. A partir de ese punto, la pol\u00edtica se degrada en una l\u00f3gica de bandos.<\/p>\n<p>El odio anti-occidental atraviesa todo el espectro ideol\u00f3gico. Se expresa en la izquierda poscolonial y en la izquierda liberal culpabilizada; en la derecha antimoderna y restaurativa; en nacionalismos identitarios y en fundamentalismos religiosos.<br \/>\nCambian los lenguajes, las referencias y los afectos; no cambia la estructura. En todos los casos, \u201cOccidente\u201d funciona como una categor\u00eda totalizante que simplifica el mundo y libera de la exigencia m\u00e1s inc\u00f3moda de la pol\u00edtica: transigir, distinguir, jerarquizar.<\/p>\n<p><strong>Occidente como patolog\u00eda<\/strong><\/p>\n<p>Una de las marcas constantes del anti-occidentalismo es el uso de met\u00e1foras m\u00e9dicas. Occidente aparece como un elemento t\u00f3xico, una infecci\u00f3n cultural, una degeneraci\u00f3n moral. No como un adversario pol\u00edtico discutible, sino como una patolog\u00eda. La modernidad ser\u00eda corrosiva; el liberalismo, disolvente; la raz\u00f3n, deshumanizante; el individualismo, una anomal\u00eda hist\u00f3rica.<\/p>\n<p>Ian Buruma y Avishai Margalit mostraron con precisi\u00f3n que este imaginario no es exclusivo del islamismo radical ni del llamado \u201cSur global\u201d, sino que hunde sus ra\u00edces en tradiciones intelectuales europeas (Occidentalism: The West in the Eyes of Its Enemies, 2004). El Occidente odiado es la ciudad, el comercio, la vida material, el c\u00e1lculo, la pluralidad, la autonom\u00eda individual. Frente a ello se exalta la autenticidad, la comunidad org\u00e1nica, el sacrificio y la pureza. Cuando el lenguaje es el de la enfermedad, la pol\u00edtica deja de ser deliberaci\u00f3n y se convierte en higiene: lo impuro no se corrige, se elimina.<br \/>\nEste patr\u00f3n se repite con una regularidad inquietante. Aparece en el romanticismo alem\u00e1n contra la Ilustraci\u00f3n francesa y idealizaci\u00f3n de la naturaleza.<\/p>\n<p>Oswald Spengler dio a ese clima su ideolog\u00eda fatalista en \u201eLa decadencia de Occidente\u201c (publicada entre 1918 y 1922): la ca\u00edda como destino inexorable.<\/p>\n<p>Eso tiene una expresi\u00f3n muy clara en la ideolog\u00eda de los fascismos europeos contra el \u201ecosmopolitismo\u201c.<br \/>\nAsimismo, cabe mencionar esa l\u00ednea en el antimodernismo cat\u00f3lico contra la secularizaci\u00f3n; y m\u00e1s tarde en el discurso iran\u00ed de la gharbzadegi, la \u00aboccidentosis\u201d formulada por Jalal Al-e Ahmad en los a\u00f1os sesenta. En todos los casos, Occidente no es un conjunto de pr\u00e1cticas criticables, sino una plaga cultural que debe ser erradicada.<\/p>\n<p>Isaiah Berlin describi\u00f3 este mecanismo como una reacci\u00f3n humillada: sociedades que se sienten derrotadas, relegadas o patronizadas responden no con reformas, sino con mitolog\u00edas de pureza y grandeza pasada. El resentimiento se traduce en un rechazo del universalismo ilustrado y en la exaltaci\u00f3n de identidades cerradas (The Crooked Timber of Humanity, 1990). El odio anti-occidental no nace de la confianza, sino de la herida narcisista.<\/p>\n<p>Un cap\u00edtulo particular lo constituye la tradici\u00f3n eslav\u00f3fila rusa contra el liberalismo occidental.<br \/>\nEl antioccidentalismo ruso hunde sus ra\u00edces en la teolog\u00eda ortodoxa del siglo XIX y en el pensamiento eslav\u00f3filo, que concibi\u00f3 a Occidente como una civilizaci\u00f3n espiritualmente agotada, corro\u00edda por el individualismo, el racionalismo y la secularizaci\u00f3n. Seg\u00fan esta cosmovisi\u00f3n, Rusia no es simplemente un Estado, sino una civilizaci\u00f3n alternativa que se atribuye una funci\u00f3n katech\u00f3ntica \u2014la del &#8220;freno\u201c que retrasa el derrumbe moral del mundo moderno.<br \/>\nIde\u00f3logos como Alexander Dugin proveen la legitimaci\u00f3n escatol\u00f3gica de esa postura: la guerra contra Occidente como \u00abguerra del fin de los tiempos\u201d, donde el Katechon combate al Anticristo. El putinismo recicla esta postura ancestral y la convierte en coartada para su expansionismo agresivo.<\/p>\n<p><strong>La derecha y el rechazo de la modernidad liberal<\/strong><\/p>\n<p>Existe un anti-occidentalismo de derecha que suele pasar desapercibido porque se presenta como defensa de Occidente. En realidad, no defiende el Occidente liberal realmente existente, sino una fantas\u00eda restaurativa: un orden previo a la secularizaci\u00f3n, al pluralismo y a la autonom\u00eda individual. Su enemigo no es \u201cOriente\u201d, sino el liberalismo anglosaj\u00f3n, la democracia pluralista, los derechos individuales y la emancipaci\u00f3n de costumbres.<\/p>\n<p>El antimodernismo cat\u00f3lico restaurativo del siglo XIX y comienzos del XX ofrece un ejemplo claro. La condena del \u201cmodernismo\u201d teol\u00f3gico bajo P\u00edo IX y Le\u00f3n XIII, y la imposici\u00f3n del Juramento Antimodernista en 1910, expresaban un rechazo frontal a la cr\u00edtica hist\u00f3rica, a la ciencia moderna y a cualquier intento de conciliar fe y raz\u00f3n. La modernidad era vista como una amenaza espiritual. Ese reflejo no desapareci\u00f3: reaparece hoy, secularizado, en discursos que denuncian la \u201cdecadencia occidental\u201d mientras atacan precisamente los pilares que hicieron de Occidente un espacio de libertades: el Estado de derecho, la separaci\u00f3n entre religi\u00f3n y pol\u00edtica, el pluralismo moral.<\/p>\n<p>Esta l\u00f3gica adopta en el presente una forma reconocible en el trumpismo y en el universo MAGA. All\u00ed, el rechazo al liberalismo, a las instituciones y al pluralismo no se formula como abandono de Occidente, sino como su supuesto rescate. Pero lo que se busca restaurar no es la democracia constitucional, sino una identidad cerrada, etno-nacional y antiliberal. El enemigo no es un actor externo, sino el propio Occidente liberal: las \u00e9lites, la prensa, la universidad, la ciencia, los derechos civiles. Se trata, otra vez, de un antioccidente interno que combate la modernidad en nombre de una autenticidad imaginaria.<\/p>\n<p><strong>La izquierda y su lucha contra la \u00abencarnaci\u00f3n de la infamia\u201c<\/strong><\/p>\n<p>En la izquierda, el anti-occidentalismo adopta otra forma, pero produce efectos similares. Parte de una cr\u00edtica justa al imperialismo, al colonialismo y a las desigualdades globales. El pensamiento poscolonial, inspirado en parte en Edward Said, aport\u00f3 herramientas decisivas para desmontar el eurocentrismo y las jerarqu\u00edas impl\u00edcitas del saber (Orientalism, 1978). El problema surge cuando esa cr\u00edtica se clausura sobre s\u00ed misma y transforma a \u201cOccidente\u201d en un sujeto metaf\u00edsico del mal.<\/p>\n<p>En ese punto, la pol\u00edtica deja de evaluarse en t\u00e9rminos de decisiones, instituciones y responsabilidades concretas, y pasa a regirse por pertenencias identitarias.<\/p>\n<p>Simplifica el mundo, ordena el campo de los culpables y libera de la incomodidad de la coherencia. Todo lo que ocurre \u201cdel lado occidental\u201d se examina con lupa; todo lo que ocurre \u201cdel lado anti-occidental\u201d se contextualiza, se relativiza o se excusa.<\/p>\n<p>El marco poscolonial tiende a reinscribir motivos at\u00e1vicos bajo nuevas categor\u00edas. El jud\u00edo ya no aparece como \u201ccosmopolita sin ra\u00edces\u201d, sino como encarnaci\u00f3n de la blanquitud colonial; ya no como agente del capital abstracto, sino como beneficiario estructural del orden occidental; ya no como cuerpo extra\u00f1o a la naci\u00f3n, sino como n\u00facleo mismo del poder global. El lenguaje cambia pero la animosidad sobrevive a trav\u00e9s de una suerte de antisemitismo secundario sin jud\u00edos visibles, pero con Israel como sustituto simb\u00f3lico pleno.<\/p>\n<p>De esta forma, Israel funciona, para buena parte del anti-occidentalismo contempor\u00e1neo, como un condensador simb\u00f3lico: modernidad, \u00e9xito material, alianza con Estados Unidos, soberan\u00eda nacional ejercida sin pedir permiso y, adem\u00e1s, un componente jud\u00edo que reactiva viejos imaginarios europeos sobre cosmopolitismo, dinero y \u201cfalta de alma\u201d, analizados por Buruma y Margalit.<\/p>\n<p>Por eso Israel no es juzgado como un Estado con pol\u00edticas concretas \u2014discutibles, criticables, incluso condenables\u2014 sino como la encarnaci\u00f3n de un principio metaf\u00edsico. La culpabilidad es ontol\u00f3gica. Cada acci\u00f3n confirma una esencia previa. El debate pol\u00edtico se vuelve imposible porque ya no se discuten hechos, sino s\u00edmbolos.<\/p>\n<p>Cuando Israel deja de ser un actor pol\u00edtico y se convierte en el emblema del \u201cOccidente colonial\u201d, toda distinci\u00f3n se borra: entre decisiones de gobierno y existencia del Estado; entre cr\u00edtica y demonizaci\u00f3n; entre derecho internacional y ret\u00f3rica de integridad absoluta. El conflicto abandona la tragedia e invade la esfera de la teolog\u00eda.<\/p>\n<p><strong>Ir\u00e1n y la indulgencia estructural<\/strong><\/p>\n<p>La otra cara del mismo fen\u00f3meno es la relativa indulgencia frente a la Rep\u00fablica Isl\u00e1mica de Ir\u00e1n. No se trata de una simpat\u00eda abierta ni de una defensa expl\u00edcita, sino de un trato diferenciado. Ir\u00e1n suele ser le\u00eddo como potencia regional que resiste a Occidente, v\u00edctima de sanciones, actor \u201ccomplejo\u201d en un entorno hostil. Su car\u00e1cter teocr\u00e1tico, la represi\u00f3n sistem\u00e1tica de mujeres y minor\u00edas, la persecuci\u00f3n de disidentes, la exportaci\u00f3n de violencia regional y su programa ideol\u00f3gico totalizante pasan a segundo plano.<\/p>\n<p>No desaparecen, pero se diluyen. Se explican. Se contextualizan. Se relativizan.<br \/>\nEl punto no es establecer equivalencias simplistas ni absolver a nadie. El punto es la coherencia. Si el criterio moral es la libertad, la dignidad y la igualdad ante la ley, esos principios no pueden suspenderse cuando el opresor no es occidental. Cuando eso ocurre, ya no estamos ante una cr\u00edtica pol\u00edtica, sino ante una \u00e9tica de lealtad ideol\u00f3gica.<\/p>\n<p><strong>El espejo paranoico<\/strong><\/p>\n<p>El anti-occidentalismo no opera solo fuera de Occidente. Alimenta tambi\u00e9n una paranoia inversa dentro de \u00e9l: la idea de que \u201cel mundo nos odia\u201d, de que \u201cno nos agradecen los valores que les dimos\u201d, de que \u201clos b\u00e1rbaros est\u00e1n a la puerta\u201d. Este relato, frecuente en ciertos discursos pol\u00edticos contempor\u00e1neos, es el reverso narcisista del odio anti-occidental. Ambos se necesitan. Ambos simplifican. Ambos evitan la autocr\u00edtica real.<\/p>\n<p>Jan Nederveen Pieterse advirti\u00f3 con raz\u00f3n contra esta paranoia occidental, que confunde la p\u00e9rdida relativa de hegemon\u00eda con una amenaza civilizatoria (en di\u00e1logo con Michael A. Peters, \u201cUnderstanding the Sources of Anti-Westernism\u201d, Policy Futures in Education, vol. 10, n.\u00ba 1, 2012). El reequilibrio global no implica necesariamente el colapso de Occidente, sino el fin de su monopolio simb\u00f3lico y moral. Para Europa, esto es un proceso largo; para Estados Unidos, una experiencia reciente y traum\u00e1tica.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n en Espa\u00f1a asoma el mismo mecanismo, incluso en clave de s\u00e1tira. En \u201cCipayuso\u201d (El Pa\u00eds, 14 de febrero de 2026), Ana Iris Sim\u00f3n reduce la relaci\u00f3n hist\u00f3rica con Estados Unidos a una narrativa de sabotaje civilizatorio: \u201cla civilizaci\u00f3n hispana fue saboteada y expoliada por el imperio angloamericano\u201d. Es una imputaci\u00f3n moral total, donde Occidente \u2014ahora anglo\u2014 vuelve a ser esencia del mal. Y no es solo antiamericanismo: reaparece un viejo reflejo hispano-cat\u00f3lico, antimoderno y antiliberal, que lee la cultura anglo-protestante como fuerza corrosiva y reduce el conflicto a una guerra civilizatoria dom\u00e9stica. Ese antioccidentalismo de tono nacional-bolchevique no discute hechos. S\u00f3lo fabrica un sujeto culpable y clausura el an\u00e1lisis.<\/p>\n<p><strong>Conclusiones<\/strong><\/p>\n<p>El odio anti-occidental no es solo una mala explicaci\u00f3n del mundo: es una forma de evasi\u00f3n pol\u00edtica. Reduce conflictos complejos a esquemas morales simples, sustituye el an\u00e1lisis por pertenencia identitaria y transforma la cr\u00edtica en un ejercicio de autocomplacencia \u00e9tica. No interpela al poder; lo desplaza. No exige responsabilidad; la redistribuye selectivamente.<\/p>\n<p>Al convertir a Occidente en una esencia del mal, el anti-occidentalismo libera a quienes se le oponen de toda obligaci\u00f3n de coherencia. Permite suspender principios universales en nombre de causas supuestamente emancipatorias, relativizar autoritarismos \u201calternativos\u201d y tolerar violencias siempre que no provengan del lado equivocado del mapa moral. En ese gesto, la pol\u00edtica deja de ser un espacio de decisiones tr\u00e1gicas y se convierte en un ritual de pureza.<br \/>\nEn un mundo atravesado por autoritarismos de distinto signo, esta renuncia no es inocua. Donde se abandona el universalismo liberal \u2014con todas sus imperfecciones hist\u00f3ricas\u2014 no emerge una pol\u00edtica m\u00e1s justa, sino una l\u00f3gica de bandos cerrados, indulgente con los propios y feroz con los ajenos. Esta forma de ver el mundo otorga patente de corso a los propios y excomuni\u00f3n a los ajenos.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Fuente: JAD<\/p>\n<p><strong>* Guillermo Atlas, residente en Frankfurt, es soci\u00f3logo, periodista y ensayista. Desde hace a\u00f1os escribe sobre pol\u00edtica internacional, pensamiento jud\u00edo contempor\u00e1neo y formas actuales de antisemitismo, con especial \u00e9nfasis en los debates en torno a Israel y a la recepci\u00f3n poscolonial del conflicto de Oriente Medio. Colabora habitualmente con el peri\u00f3dico Nueva Si\u00f3n y con otros medios de la comunidad jud\u00eda de habla hispana, donde aborda las tensiones entre universalismo e identitarismo, as\u00ed como los modos en que las guerras culturales redefinen el lugar del juda\u00edsmo en las sociedades democr\u00e1ticas<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>De la contrailustraci\u00f3n al poscolonialismo: genealog\u00eda de una categor\u00eda moral. Por Guillermo Atlas * \u201cOccidente\u201d ya no designa una tradici\u00f3n pol\u00edtica y filos\u00f3fica, sino que funciona como la esencia del mal: una categor\u00eda moral absoluta que ordena indignaciones y borra la raz\u00f3n. El odio anti-occidental, transversal a derechas e izquierdas, reemplaza an\u00e1lisis por pertenencia identitaria. La fijaci\u00f3n obsesiva con Israel y la relativizaci\u00f3n de reg\u00edmenes totalitarios exponen esa l\u00f3gica con nitidez. 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