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Israel no puede parecerse a sus enemigos: el caso Ben Gvir

Durante décadas, Israel debió enfrentar guerras, atentados suicidas, organizaciones terroristas y amenazas existenciales que ninguna democracia occidental experimentó en una escala comparable. Precisamente por ello, una de las características que históricamente distinguieron al Estado judío consistió en intentar preservar principios éticos incluso en circunstancias extremas.

Las recientes conductas del ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben Gvir, uno de los representantes más controvertidos de la extrema derecha israelí, vuelven a plantear una discusión que excede ampliamente a una figura política determinada. Con frecuencia acusado de recurrir a gestos y declaraciones incendiarias, sus recientes burlas hacia integrantes de la provocadora flotilla con destino a Gaza, despertaron fuertes críticas y una amplia repercusión internacional. Incluso el propio Benjamin Netanyahu sostuvo públicamente que la actuación del ministro no estaba en línea con los valores y normas de Israel.

Resulta legítimo señalar que episodios mucho más graves vinculados al terrorismo, la incitación o la violencia contra civiles israelíes frecuentemente no provocaron una indignación comparable en medios de comunicación, organismos internacionales y gobiernos. Sin embargo, esa evidente disparidad de criterios no convierte automáticamente en aceptable una conducta que puede entrar en conflicto con los valores éticos que Israel procura representar.

Más allá de las controversias políticas o ideológicas que despierta Ben Gvir, existe una preocupación más profunda: determinadas conductas no sólo generan tensiones internas, sino que también pueden dañar la imagen internacional de Israel y ofrecer argumentos a quienes buscan deslegitimarlo.

El problema tampoco se limita a declaraciones o gestos provocadores. Últimamente, grupos radicalizados de colonos israelíes protagonizaron ataques contra palestinos y causaron daños en sus viviendas y campos en Judea y Samaria, episodios que merecen una condena igualmente firme. La existencia de amenazas reales y permanentes contra Israel no puede transformarse en una justificación para conductas incompatibles con principios éticos fundamentales.

La historia demuestra que el miedo, la indignación y el dolor pueden empujar a cualquier sociedad hacia reacciones que terminan erosionando los mismos principios que intenta defender.

Hace diecisiete años, en 2008, escribí sobre un episodio ocurrido en Jerusalén luego de una serie de atentados terroristas que habían provocado una enorme conmoción en Israel. En el barrio de Makor Baruj, estudiantes ultraortodoxos persiguieron a dos ciudadanos árabes.

Aquellos hombres, golpeados y ensangrentados, terminaron refugiándose en una casa donde una familia judía guardaba shivá, el tradicional período de siete días de duelo que se observa tras el fallecimiento de un familiar cercano.

Lo extraordinario fue lo que ocurrió después: el dueño de la vivienda y sus familiares decidieron enfrentarse a una multitud enfurecida para proteger a quienes huían, aun a riesgo de sufrir agresiones ellos mismos.

Aquella actitud representó algo mucho más trascendente que un acto individual de valentía. Simbolizaba la negativa a permitir que el odio y la violencia transformaran a las víctimas en un reflejo de aquello que combatían.

La sensibilidad extrema que generan el terrorismo y las amenazas constantes jamás pueden convertirse en justificación para abandonar principios éticos esenciales. La firmeza frente a quienes procuran destruir a Israel constituye una necesidad. Pero la pérdida de límites morales representa un riesgo distinto y quizá más silencioso: el de comenzar a deteriorar aquello que hizo singular al Estado judío desde su creación.

El Rambam, Moisés Maimónides, cuya familia sufrió persecuciones y pérdidas terribles, no convirtió ese sufrimiento en odio indiscriminado hacia todo un pueblo. Diferenció entre los fanáticos y quienes no lo eran. Condenó a los responsables de la violencia, pero no generalizó.

Israel enfrenta enemigos reales y peligrosos: Irán, Hamas, Hezbollah, el extremismo islamista y quienes niegan su derecho a existir. Combatirlos con determinación constituye una obligación. Pero una sociedad no se fortalece pareciéndose a sus adversarios, sino preservando precisamente aquello que la distingue de ellos.

Porque la verdadera fortaleza de Israel nunca dependió únicamente de su capacidad militar. También se expresó en la voluntad de preservar principios morales y valores éticos incluso en los momentos más difíciles.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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