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La peligrosa ficción palestina

Radio Jai -Partidarios de Hamas participan en una manifestación contra Israel mientras activistas de Hamas exhiben cohetes en un camión en Rafah, sur de la Franja de Gaza, 28 de mayo de 2021, Reuters

Por Luciano Mondino*

Cómo el falseamiento histórico y una miopía política de los gobiernos occidentales permiten que el terrorismo sea el arma para intentar destruir los acuerdos de paz y normalización.

Cuando Anwar El-Sadat llegó a la capital del Estado de Israel, Jerusalem, solamente los promotores de la paz en Medio Oriente realmente comprendieron el camino de normalización y pacificación que comenzaba desde entonces. Tres décadas después de que la manada de países árabes se lanzara contra el reciente conformado Estado Judío, comenzaba a germinar la idea de que la guerra, en general, pero una guerra de desgaste, en particular, en la región solamente traería perjuicios incrementales. Lo comprendieron los vecinos más próximos, luego lo comprendió el Golfo y ahora, tarde o temprano, resta que lo comprendan los palestinos.

La causa de los palestinos abunda en marketing y falsificaciones desde que en pleno año 2022, en las principales universidades del mundo, se sigue abordando el tema con los famosos mapas de la ocupación de Palestina que han sido desmontados cientos de veces y donde, hasta el cansancio, se ha señalado que lo que se suele denominar como Palestina nunca fue más que una circunscripción dependiente primero de los otomanos, luego de la provincia de Siria y luego de los desaciertos de la comunidad internacional. El decantado conflicto palestino-israelí no es una ocupación sino una disputa, abusiva, territorial en donde la abrumadora mayoría de puntos ya ha sido resuelta en la década de los noventa bajo la firma de los Acuerdos de Oslo.

Digo abusiva porque en los años recientes ha habido ofrecimientos realmente increíbles que fueron rechazados por los palestinos para continuar guardando para sí el poder de la resistencia, la guerra perpetua y la fábrica de milicias que hay en la Franja de Gaza y las zonas de Judea y Samaria (lo denominado también como Cisjordania) bajo administración de las autoridades palestinas. Cuantos más acuerdos de normalización y pacificación se lograban, más aumentaba la violencia planificada de los palestinos que mostraban sus facetas más abusivas.

Dos años después de aquel mes de septiembre donde tuvo lugar la firma de los Acuerdos de Abraham, un verdadero acuerdo del siglo donde Emiratos Árabes Unidos y Bahréin le dijeron a Israel: eres Abraham, la interrogante política de los acuerdos es cómo construir la paz cuando tu auto percibido enemigo no quiere, no puede ni sabe establecer un mecanismo para alcanzarla. La dinámica del conflicto palestino-israelí ya ha decantado en una lucha por la supervivencia de un Estado que alberga a casi nueve millones de personas y cuya existencia es, increíblemente, cuestionada.

Israel es el único Estado Judío del mundo y donde hay contenida un 20% de población árabe-musulmana. Es, también, el único estado miembro de la Organización de Naciones Unidas que es objeto de amenazas públicas como las vertidas por los líderes políticos, religiosos y militares de la República Islámica de Irán que han amenazado con borrar a los israelíes del mapa, ese mismo mapa que muestra a un país rodeado de países vecinos que hasta hace décadas le habían declarado la guerra. Nunca se escuchará hablar de borrar del mapa a la Unión Europea, Estados Unidos o Turquía. Incluso, teniendo el poder militar, nunca se ha escuchado ni se escuchará que Israel busca que Palestina desaparezca del mapa.

En la lucha por existir, los israelíes se enfrentan a un terrorismo que actúa bajo un silencioso, pero ruidoso, aunque suene como un oxímoron, respaldo de una comunidad internacional que renuncia a condenar enérgicamente al terrorismo que emana desde la Franja de Gaza con Hamas. Mientras que en el Estado Judío ha habido variadas elecciones en los últimos años, en los territorios administrados por los palestinos ha elecciones pospuestas en más de una ocasión: desde el 2006 Hamas gobierna en Gaza y desde hace 17 años hace lo propio Mahmoud Abbas hacia adentro de la Autoridad Nacional Palestina.

La miopía política no permite dimensionar lo que significa que el Estado de Israel haya alcanzado en los últimos dos años un acuerdo de envergadura con Bahréin, un pequeño país del Golfo que está, ni más ni menos, en los planes expansionistas de Irán dentro de la medialuna chiita, esa proyección exterior imaginaria que los Ayatollah trazan desde el comienzo de la República Islámica en 1979 y que anhela unificar a todos los países donde las poblaciones sean mayoritariamente chiitas, la rama del islam que sigue a Alí.

Bahréin, como Arabia Saudí, tienen ruidosas poblaciones chiitas que pueden alterar los ánimos en países cuyas casas gobernantes son sunnitas y en donde el calor de las revueltas del 2011 sigue estando latente e incomodando a propios y extraños. La complejísima ingeniería de Medio Oriente exige comprender los acuerdos de normalización y pacificación como pequeños pasos de un histórico recorrido que, una vez finalizado, va a permitir fusionar la evolución tecnológica, los recursos económicos, las relaciones diplomáticas y los cambios generacionales que ya comienzan a repercutir en las casas reales árabes.

La convencional respuesta de los palestinos y de Irán ha sido denunciar el abandono de los árabes hacia la causa palestina. Y no les falta razón, aunque es preciso ser lo más nítido posible: la política exterior de Arabia Saudita, Bahréin o Emiratos Árabes Unidos, como de cualquier otro país que normalice sus relaciones con Israel, dejará de estar anclada a la causa de los palestinos para permitir una política independiente. Los Emiratos Árabes Unidos podrán seguir apoyando la causa si así lo desean, pero también podrán coexistir y trabajar en conjunto con la única democracia de la región.

En marzo cuando tuvo lugar la primera de las Cumbre del Néguev, la unión entre los firmantes de los Acuerdos de Abraham, Marruecos y Egipto, los líderes de Teherán salieron a denunciar el abandono a la causa palestina; e insisto que no les faltan motivos: para los países árabes, especialmente los del Golfo, la posibilidad de que Irán acceda a las armas de destrucción masiva son un peligro mayor y tangible que cualquier marketing impulsado desde Ramallah o desde Gaza. A fin de cuentas, ya ni saben qué quieren los palestinos.

La onda expansiva de los acuerdos de normalización, como se ha visto, llegó también hasta Marruecos, un reino en el norte de África que disputa con los saharauis el control del Sáhara Occidental. La importancia estratégica de los Acuerdos del Néguev reluce también en los intereses políticos y estratégicos de Marruecos que comienza a ganar aliados y reforzar su autoridad sobre los territorios en disputa.

Mientras el mundo ha progresado y la evolución tecnológica impacta positivamente en mayor y mejor diplomacia, pública y secreta, los palestinos continuaron perfeccionando su faceta violenta: desde manteniendo el patrocinio de las olas terroristas que llegaron a Israel durante todo el 2022; celebrando en Jenín cuando un ataque termina con la vida de ciudadanos israelíes o cuando financian económicamente a los mártires.

Es por esto por lo que el primigenio conflicto árabe-israelí ha decantado en un conflicto palestino-israelí y hoy es una lucha constante de Israel para no sucumbir frente al terrorismo árabe-palestino. Un conflicto que ha mutado, pero que sigue presentado y anclado en la mente de muchos como si El-Sadat nunca hubiera llegado a Jerusalem, la capital de Israel.

Nota exclusiva para Radio Jai

Luciano Mondino es Licenciado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales por la Universidad Católica de La Plata. Master en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid. Sus principales líneas de investigación son sobre islamismo, Terrorismo y Crimen Organizado.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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