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Por muchos años no le encontraba sentido a Ierushalaim. Hasta que leí el capítulo 8 de “Historia de Amor y Oscuridad” de Amos Oz y la recorrimos juntos (sus padres, él, y yo, su amigo imaginario) de norte a sur. En el principio, fue la fascinación del relato mágico de una tarde sabatina  (“shabat”) en Jerusalém, años cuarenta; con el correr de las lecturas, con el mapa sobre la mesa, fue sentir hueso a hueso las vértebras de la ciudad. Si no fuera que este escrito mío será muy breve, ahora mismo recomendaría interrumpir la lectura, tomar la novela de Oz, un mapa, y caminar junto a ellos. Conmino a hacerlo: comenzar la novela, atravesar el capítulo ocho, y luego pensar en uno y Jerusalém. No precisamos remontarnos a los Salmos (“Si te olvidare…”); Oz abandona la ciudad a sus doce años y nunca la olvidará. Con él, nosotros tampoco.

En mis tiempos de estudiante durante más de un año, por razones académicas, subí a Jerusalém en forma regular. Por entonces para mí, las ciudades en Israel se organizaban en torno a su Estación Central de autobuses. Ahí desembarcaba yo cada vez y cruzaba hasta el campus. Luego volvía y tomaba un ómnibus hasta la Colina Francesa, adyacente al campus del Monte Scopus, a casa de amigos. Rara vez me aventuraba más al sur; mis tiempos de estudiante no coincidieron con mi tiempo de turista. Simplemente, trataba de aprender cómo llegar de la Estación Central a mi destino.

Treinta años más tarde conocí Jerusalém. No sólo mi hijo estudiaba por entonces en Bezalel (terminó sus estudios viviendo en la Colina Francesa, previo paso por Ramot, Pisgat Zeev, y Rehavia), sino que comencé a destinar una semana al año para estudiar en el Instituto Hartman. Por primera vez me aventuré más allá del edificio de la YMCA.

Aquella zona que había transitado en mi juventud, donde la ruta 1 desemboca en la ciudad, ahora bajo el puente de Calatrava, se había tornado en zona de tránsito ultra-ortodoxo, y por lo tanto, hostil. Es la Jerusalém de los Shtisel, en Gueula, al lado de Kerem Abraham, donde la historia del pequeño Amos (Oz) quedó sepultada por los jaredim y rescatada del olvido por su prodigiosa memoria y sensible pluma.

Pasando el centro de la ciudad, ahora lindando con lo cosmopolita, atravesando el cruce de Mamila que une la puerta de Iafo y la zona turística más lujosa (King David y otros hoteles cinco estrellas), y hasta el ineludible mojón del molino de Montefiori, se abre al sur una Jerusalém muy anglosajona, llena de arte, vida social, bohemia, religiosamente liberal, y sobre todo culta. Es la Jerusalém que retrata “Shtisel” cada vez que Akiva va a la galería de arte. La Jerusalém donde habita la misteriosa Rajeli.

Hay tantas Jerusalém: de oro y de hierro (ver Noemí Shemer y Meir Ariel respectivamente); de pequeñas y singulares sinagogas; cacofonía de voces y aromas; de fanatismo, de bohemia, de academia; de nacionalismo feroz y de causas perdidas; de Israel, y de todo el resto. Porque sí, todo el mundo se atribuye Jerusalém. Fuimos los primeros, pero no seremos los únicos. Es una ciudad salpicada por soberanías milimétricas y cruces potencialmente distorsivos y mortales. Basta ver con lo que está sucediendo hoy.

Sin embargo, por ser Iom Ierushalaim, el día que conmemora desde 1967 la unificación de la ciudad (con todos los peros enumerados y otros que seguramente me falten, la ciudad es una sola), elijo quedarme con una zona que celebra, entre todas, mi forma de vivirla: la Moshava Guermanit, la calle Emek Refaim, las callejuelas que la circundan, el Instituto Hartman a pocos metros del Teatro Ierushalaim, la Cinemateca, el Centro Beguin, la renovada Vieja Estación de Ferrocarril, los cafés, restaurants, mini-mercados. Si de Sión saldrá la Torá, la mía, sin duda alguna, saldrá de entre estas calles.

Daieinu! Más, no preciso.

Reproducción autorizada citando la fuente con el siguiente enlace Radio Jai

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