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La Fortaleza de la Roca

La historia del pueblo judío está nutrida de grandes encuentros que modificaron el curso de los acontecimientos. La conquista de Judea por Alejandro Magno en el año 332 a.e.c., produjo el inicio de una de esas confluencias, pues el arribo de los griegos a Judea provocó un intercambio cultural de vastas proporciones.

A los ojos judíos, los griegos eran portadores de una nueva y avasallante cultura que traía consigo un bagaje intelectual, una sabiduría y una estética, totalmente desconocidos. Para los helenos, los hebreos y el judaísmo eran una novedad, nunca habían conocido nada igual, era la única nación monoteísta del imperio que creía en la idea de un Dios único e infinito, que ama a sus criaturas, se preocupa por su creación, es protagonista de la historia, y su adoración se refleja en un estilo de vida.

Con los años, la presencia helena en Judea resultó arrolladora, los griegos fundaron nuevas ciudades al estilo de las polis griegas, sus dioses llenaron las urbes y los panteones, y sus costumbres se impusieron utilizando la educación y el entretenimiento como principales medios de difusión de su cultura y estilo de vida.

A la muerte de Alejandro, el dominio se dividió entre sus generales, dos imperios emergieron en el Medio Oriente: los Ptolomeos en Egipto y los Seléucidas en Siria, que se alternaron en dominar el territorio hebreo. Judea tenía un gobierno autónomo, el Sumo Sacerdote era la máxima autoridad, el responsable de la recaudación impositiva, de la administración, y de las ofrendas. El Sagrado Templo en Jerusalén poseía un importante tesoro que estaba en poder de la casta sacerdotal gobernante.
La persistente influencia helena provocó una profunda división en la sociedad hebrea, su aristocracia y clase dominante quedó atrapada y fascinada por la sabiduría griega, mientras que las clases campesinas y conservadoras sentían un profundo rechazo a dicha penetración. Se instaló una controversia entre el hermetismo a toda influencia extranjera y la permeabilidad a las ideas y los modos griegos.
A fines del siglo III a.e.c., durante la dominación seleucida de Judea, el rey Antigono III sufrió un golpe demoledor asestado por la ascendiente Roma, que al invadir el Medio Oriente lo derrotó y provocó una catástrofe económica al verse las arcas del reino agotadas por pagar las indemnizaciones a los romanos por la guerra perdida.
Al morir el rey, su hijo Antígono IV Epifanes heredó la difícil situación e instaló en Judea una despiadada política hacia sus súbditos. Se desató una furiosa competencia entre los sacerdotes hebreos para acceder al máximo cargo de Sumo Sacerdote, para lo cual prometían al rey utilizar los recursos del tesoro del Sagrado Templo para socorrer al reino seleucida y pagar sus deudas, en lugar de destinar los recursos a las necesidades del pueblo judío. La encarnizada lucha por el poder sacerdotal agravó el estado de corrupción general y una degradación de la vida cotidiana.

La grave crisis desató una feroz guerra civil entre los sectores conservadores, quienes se oponían al ultraje, y los grupos filohelenístas quienes luchaban por llegar al poder para satisfacer sus apetencias políticas y someter toda reacción popular.
Al caos reinante se sumó el gobierno seléucida que reprimió la revuelta de manera sanguinaria.

Antígono IV dictó una serie de ‘Edictos’ según los cuales los judíos no podían observar sus leyes, ni educarse en el espíritu de la Tora, y se prohibían los rituales y su estilo de vida. El objetivo era homogeneizar la cultura griega en toda la región y lograr la desaparición del judaísmo como fuente de resistencia.

Los edictos encendieron la Rebelión Macabea. A partir del año 167 a.e.c., se inició una sublevación cuya organización y ejecución estuvo a cargo de la familia Jasmonea. Yehuda Macabi, el primer líder, supo aprovechar la debilidad de los seléucidas y diseñó un plan estratégico utilizando el factor sorpresa en el ataque y una guerra de guerrillas.

Tres años después del inicio de las persecuciones, en el mes hebreo de Kislev, la victoria se logró al capturar definitivamente, después de múltiples intentos fallidos, la ciudad de Jerusalén y purificar su Templo. La victoria final y un tratado de ayuda mutua firmado con Roma permitieron el establecimiento de un nuevo Estado judío independiente: el Reino Jasmoneo.

La gesta macabea fue grabada en el calendario hebreo con el festejo de Januca, la Fiesta de las Luminarias, cuyo símbolo, la Janukiá, rememora los milagros de la epopeya e irradia luz y esperanza a toda una nación. Además, están presentes en la evocación los dilemas éticos y políticos de la gesta que atraviesan el tiempo y tienen vigencia en el presente. En Januka hablamos sobre la diversidad y la singularidad, reflexionamos acerca del daño que causa el poder corrupto, conversamos sobre los atributos del liderazgo, y debatimos sobre la controversia entre la tradición y el cambio, entre otros varios temas.

En los días oscuros de la Edad Media, durante las sangrientas Cruzadas del siglo XIII, fue escrito un hermoso himno llamado ‘Ma’oz Tzur’ (Fortaleza de la Roca), que se incorporó a la celebración de Januka. La alabanza, nos remonta al empeño que puso el pueblo judío en logra su liberación de cuatro antiguos enemigos: del Faraón, en el éxodo de Egipto; de Nabucodonosor, en el final del cautiverio babilónico; de Amán, en la salvación en Purim, y de Antíoco, mediante la heroica gesta macabea. El objetivo de la oda era evocar los grandes logros del pasado para hallar en ellos la fuerza y la esperanza en superar el azote que vivían los judíos en aquel terrible presente.

La Fortaleza de la Roca atraviesa nuestra historia, otros opresores se han levantado contra el pueblo judío y no lo han doblegado, ¿será que Ma’oz Tzur se ha convertido en un atributo atemporal de nuestro pueblo?, otro interrogante para debatir durante el festejo de las luminarias.

*Yehuda Krell es profesor de Historia Judía graduado en el Instituto Superior de Ciencias Judaicas, Bs. As., y profesor en Educación Judía con especialización en Historia Judía para niveles Medio y Terciario del Ministerio de Educación de la Argentina. Realizó estudios de posgrado en Israel.

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