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El asunto Altalena

En un día como hoy, 22 de junio de 1948, estallaba frente a las costas de Tel Aviv el barco ‘Altalena’ al ser cañoneado por las fuerzas del ejército israelí, Tzahal. La nave había zarpado de Francia cinco semanas después del establecimiento del Estado judío, traía unos 930 inmigrantes, y un importante arsenal compuesto por doscientas cincuenta ametralladoras ligeras, cinco mil rifles y una gran cantidad de municiones destinados a la organización paramilitar Irgún Tzvaí Leumí (Etzel).

El barco había sido adquirido en los Estados Unidos por el Comité de Liberación Judía que apoyaba a dicha organización. Llevaba el nombre de Altalena (en italiano ‘hamaca’) en homenaje al seudónimo que utilizaba en sus escritos el fundador de la ideología revisionista Zeev Jabotinsky.

En esos días, Israel se encontraba sumido en la Guerra de la Independencia, corrían los primeros meses de la contienda y el ejército judío había perdido un importante número de soldados. Igual situación atravesaban los invasores árabes, donde las pérdidas también fueron muy altas, por lo cual ambas partes habían aceptado un alto el fuego patrocinado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

El Primer Ministro David Ben Gurión y los funcionarios del gobierno interino, al tomar conocimiento del arribo del barco exigieron que el equipo militar que traía se entregue en su totalidad al ejército para luego decidir su destino. El liderazgo del Irgun, comandado por Menajem Begin, se opuso enérgicamente exigiendo que una parte del mismo pase directamente a las unidades del Etzel, que en ese entonces ya luchaba junto a Tzahal, pero combatía en forma independiente en el área de Jerusalén.

Con el correr de los días, la crisis entre el Irgún y el gobierno adquiría un tenor grave, tres semanas antes del arribo del barco, el Etzel había acordado desarmarse y unirse al ejército oficial. El acuerdo se firmó sobre la base de reunir a todas las fuerzas paramilitares que operaban por separado, la Haganá, el Palmach, el Irgun y el Leji, bajo un único marco militar de las Fuerzas de Defensa de Israel, y estar subordinado políticamente al gobierno como en todo país democrático.

La desconfianza mutua era enorme, y el ‘caso Altalena’ ponía sobre el tapete la lucha ideológica entre el sionismo socialista que sostenía el gobierno dirigido por Ben Gurion, y la postura del revisionismo sionista de centro derecha cuyo líder era Menajem Begin. Por lo que la crisis del Altalena marcó un punto de quiebre.

Ben-Gurion dejó en claro, que si no se entregaban las armas, de ser necesario, se usaría la fuerza para reprimir. El 20 de junio, la nave llegó a la playa de Kfar Vitkin, donde los inmigrantes fueron desembarcados mientras el gobierno trataba de evitar un choque armado con las fuerzas del Irgun cuyos combatientes se concentraban en la playa para hacerse de las armas. Al día siguiente, al comenzar la descarga del arsenal por el Irgun, se produjo en la zona la primera refriega de disparos entre Tzahal y el Etzel con un saldo de muertos y heridos.

Con el estallido del primer combate, el barco abandonó la zona y se trasladó hacia la costa de Tel Aviv, con la esperanza de que los hombres del Etzel pudieran allí descargar las armas. Al arribar al lugar se hicieron nuevos intentos para llegar a un acuerdo entre las partes, pero fue en vano. Mientras en las calles adyacentes al mar, se ubicaban varias unidades del Etzel y de Tzahal con el objetivo de hacerse del arsenal.

En una reunión de gobierno, Ben-Gurion culpó al comando de Irgun por el incumplimiento de los acuerdos previos. La mayoría de los ministros vio en las acciones del Etzel una rebelión contra la autoridad del gobierno, que podía provocar el estallido de una guerra civil y un debilitamiento en la capacidad de enfrentar a los ejércitos árabes.
Algunas personalidades del gobierno insistían que se debía terminar el asunto pacíficamente mediante negociaciones, inclusive se ofrecieron a mediar. Ben-Gurion con el apoyo de la mayoría de ministros dejó en claro que la única solución era la entrega del barco con las armas, caso contrario, se debía utilizar la fuerza. El Irgun afirmaba que las enormes fuerzas de Tzahal tenían la intención de asesinar a los miembros del Etzel.

Mientras los hombres del Irgun llenaban un bote con armas y lo enviaban a la orilla, las fuerzas del ejército abrieron fuego en dirección al bote, dando comienzo a un tiroteo infernal entre los combatientes del Etzel que estaban en la costa y en el bote y los soldados del ejército. El escenario fue dantesco, durante largas horas judíos les disparaban a judíos, nunca se había visto como judíos eran heridos y muertos por otros judíos.
El día 22 de junio, Yigal Alon fue llamado al Estado Mayor y designado para comandar la operación para erradicar la rebelión del Irgun y evitar que tome posesión de Tel Aviv. En una reunión con Ben Gurión, este le dijo: ‘Estamos enfrentando una revuelta abierta, Tel Aviv no solo está en peligro por los rebeldes, sino el país’. A las 16:00 hs, después de una primera advertencia, un segundo proyectil fue disparado por Tzahal contra el barco que impactó en el almacén de la nave causando una llamarada y su incendio. Después de los esfuerzos para extinguir el fuego, se dio la orden de abandonar el barco por temor al estallido de los explosivos. La gente del Altelana saltó al agua, y sus colegas y soldados del ejército salieron a socorrerlos.

Los enfrentamientos entre el ejército y el Etzel dejaron un saldo de 16 combatientes del Etzel muertos, y de tres soldados de Tzahal, además, decenas resultaron heridos. Poco después de terminar la operación, unos 200 miembros del Etzel fueron arrestados como parte de una ‘purga’ organizada por el gobierno. Luego, el Irgún se disolvió y al poco tiempo sus miembros se unieron al ejército israelí.

Los restos quemados del Altalena permanecieron durante un año en la playa de Tel Aviv. El caso dejó expuestas las profundas divisiones entre las principales posturas políticas en Israel. Quienes defienden las acciones de Ben Gurion explican que era esencial establecer la autoridad central del gobierno, mantener el monopolio en el uso de la fuerza y desalentar el funcionamiento de ejércitos paralelos. Los que defienden al Irgun consideran que fue una violencia innecesaria y que las oportunidades de una solución pacífica se vieron frustradas intencionalmente por Ben Gurion quien utilizó al ejército para perseguir a Begin, quien no representaba una amenaza militar seria, pues tenía solo unos pocos miles de combatientes en comparación con las fuerzas oficiales que contaban con más de 100.000 efectivos. Han pasado 72 años y la controversia aún sigue abierta.

Por Yehuda Krell

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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