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El séptimo día (de la Guerra de los Seis Días)

El pasado 5 de junio aparecieron tweets sobre la Guerra de los Seis Días (G6D) con motivo de su aniversario número 53. Ese día fue el primero de aquella guerra y el que pautó su desenlace. En tres ataques aéreos casi consecutivos, antes de terminar la jornada, Israel había neutralizado la fuerza aérea egipcia, jordana, y siria. A partir de ese momento las batallas fueron terrestres y finalizaron el quinto día con la conquista de la meseta del Golán, mientras que el punto culminante fue la entrada en Jerusalem, en  el tercer día de la guerra, el 7 de junio de 1967, corrigiendo así una anomalía de mil novecientos años. El sexto día de la guerra, Israel había puesto su mira en Damasco, pero se aceptó el alto el fuego solicitado por la ONU y con ello finalizó la guerra.

El 11 de junio de 1967 fue el séptimo día de la G6D. El profesor Micah Goodman del Shalom Hartman Institute en Jerusalém dijo al respecto en un webinar ayer: “el séptimo día de la G6D viene durando ya cincuenta y tres años”. Todos los pendientes, todas las “anomalías” territoriales, toda la precariedad del Estado de Israel (motivo por el cual su gobierno decidió atacar), parecieron corregirse en esos seis míticos días. Si sabemos que en el séptimo día Dios descansó, y esa certeza la hemos depositado en Shabat, el séptimo día de aquella guerra todavía no ha dado tregua. Acaso el descanso verdadero coincida con la era mesiánica; mientras tanto, el séptimo día es un desafío que se renueva en cada generación.

Cuando todo esto sucedía yo no tenía aun diez años. Desde el patio de una escuela profundamente sionista imaginamos, con mis compañeros de entonces, mis amigos de siempre, una suerte de era mesiánica, aunque no usábamos ese tipo de lenguaje. Durante los años que siguieron una sucesión de enviados docentes (shlijim) de Israel trajo consigo, sin embargo, aquella euforia que invadió al mundo judío hasta que la Guerra de Iom Kipur (GIK) puso las cosas en su justa proporción. Aquellos cinco años, que marcaron mi identidad y la de la mayoría de mi generación, sin necesidad de referencias a los Rab Kook padre o hijo, sin lenguaje de redención, sin mención a Dios o sus milagros, nos llenaron de omnipotencia y heroísmo, orgullo y poder, amor a esta tierra de Israel de pronto extendida y accesible; el séptimo día nos hizo profunda e ingenuamente sionistas. Aun hoy, nos cuesta ver Israel bajo otra mirada que no sea la de aquel día, aquel 11 de junio de 1967.

Aquella guerra que en seis días resolvió una situación imposible de sostener y postergada durante veinte años (fronteras defendibles, territorio para negociar, y una capital unificada en su dimensión política e histórica) dio lugar a otra situación que comenzó aquel séptimo día. Por eso, junto con la aplastante victoria militar, es bueno recordar que aquello fue la génesis de cincuenta y tres años que trajeron consigo otras anomalías. No que fuera evitable, no que fuera postergable, no que fuera injusto; pero la G6D, con todo su heroísmo y sentido de justicia histórica, en su séptimo día, sentó las bases de un Estado cuyo poder comenzaría a plantear problemas éticos que durante diecinueve siglos no habían sido parte de la conversación judía. Al día de hoy, todavía sólo atinamos a balbucear respecto de algunos temas.

La post-guerra planteó, según el Prof. Goodman, dos miradas sobre la nueva realidad: una, que abrazó los territorios como una fortaleza para negociar la paz con los vecinos y así normalizar el status de Israel en el concierto de las naciones; otra, que vio los territorios como la concreción de las profecías bíblicas y la G6D como una recreación de la Creación bíblica. Ambas visiones vieron en la guerra y sus consecuencias un proceso sanador de la historia judía, un quiebre paradigmático. Sin embargo, no sólo la Historia siempre prueba ser más real que cualquier ideología, también los israelíes han probado, desde siempre, ser más pragmáticos que ideológicos.

Los sucesivos hechos posteriores al 11 de junio de 1967, fueron complejizando la situación al punto que hoy, cincuenta y tres años más tarde, la mayoría de los paradigmas han quedado anquilosados y vacíos de contenido: paz, dos estados para dos pueblos, auto-determinación, son todos conceptos que reflejan ideales pero no verdaderas opciones. Micah Goodman trae las dos Intifadas (1987 y 2000) como los grandes factores de cambio en la percepción del israelí medio acerca de su coyuntura y su destino; no cabe duda que la GIK en 1973 y la Guerra del Líbano en 1982 también tuvieron una incidencia mayúscula, así como la desocupación de Gaza en 2005.

Tal vez la incertidumbre de la hora se refleje más claramente en los recientes procesos electorales en Israel donde se precisaron cuatro elecciones y una pandemia para formar un gobierno de unidad nacional cuyo desempeño y duración todavía es una incógnita. Mirando cincuenta y tres años atrás, la incertidumbre existencial previa a la G6D dio lugar no tanto a certezas sino a euforia. Por eso tendemos a recordar aquel 5 de junio de 1967 o el día de la entrada en la Ciudad Vieja de Jerusalém como los momentos icónicos de aquella guerra.

En toda su magnitud estratégica, heroica, e histórica, la Guerra de los Seis Días es tan determinante en la historia del pueblo judío como lo fue la caída del Segundo Templo en 70 EC. Nada fue igual el día después, y nadie puede saber con certeza hacia dónde nos conduce la Historia. Acaso la gran diferencia (entre otras tantas) es que la caída del Templo fue una derrota y el comienzo de un exilio que será para siempre parte de nuestra identidad, mientras que el 11 de junio de 1967 ubicó finalmente al pueblo judío en el mapa de las naciones, dependiendo sólo de sí mismo: el Sionismo, la identidad que vino para quedarse. Al mismo tiempo, dejó instalado el tema de “la Ocupación”, un asunto que muchos no queremos que nos identifique.

Por todo esto creo que es bueno recordar no tanto, y no sólo, el Día 1 de la G6D sino el día 7, el día que inauguramos aquello que habíamos generado en el terreno. No tengo duda que cincuenta y tres años más tarde, todavía estamos recordando, evaluando, y asumiendo las consecuencias de aquel momento. Si algo hemos aprendido del Sionismo es que nunca es tarde para concretar objetivos o realizar los sueños.

Por Ianai Silberstein

Fuente: Tumeser.com

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