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Las raíces del mito de la conjura judeo marxista en la Argentina

El pasado viernes 1° de mayo, feriado del día del trabajador, pasó desapercibido por la pandemia que nos está castigando en estos tiempos, y me parece pertinente evocar, con algunos días de demora, esta efemérides en relación con una serie de sucesos que generaron en el pasado el surgimiento del mito de la conspiración judeo marxista en la Argentina.
A comienzos del siglo XX, muchos obreros socialistas judíos llegaron a la Argentina de Rusia luego de los dramáticos pogromos vividos allí en los años 1904 y 1905. Además de la pobreza y el hambre, estos inmigrantes abandonaron su solar desilusionados de sus camaradas rusos quienes los habían denunciado ante el gobierno del zar luego de fracasada la revolución socialista.
En su mayoría vinieron solos, a pesar de la falta de hogar y su nostalgia por la tierra de sus orígenes, los inmigrantes crearon y organizaron en el país estructuras proletarias, agrupaciones políticas y culturales, como la Biblioteca Rusa, editaron periódicos como el Avangard, del Bund, una agrupación obrera socialista judía y la Voz de la Vanguardia del socialismo democrático judío; también desarrollaron una tendencia sionista dentro del socialismo judío, como la Poalei Sión. En estos ámbitos se realizaban conferencias sobre temas de actualidad, funciones teatrales, y debates entre las diferentes corrientes del pensamiento marxista.
Los proletarios judíos establecieron un importante nexo con otros movimientos socialistas y anarquistas de diferente origen, juntos participaban en demostraciones públicas y reivindicaciones sociales; a tal punto, que el periódico anarquista La Protesta editaba una página en ydish.
Esta camaradería se vio reflejada en la manifestación obrera realizada el 1° de mayo de 1909, en el acto convocado para conmemorar el Día Internacional de los Trabajadores en la Plaza Lorea de Buenos Aires. Asistieron alrededor de 1500 personas, hombres, mujeres y niños, y en el cierre del acto, al concluir el discurso de uno de los oradores, el coronel Ramón L. Falcón, jefe de la Policía de la Capital, ordenó a sus hombres reprimir con mano de hierro la manifestación obrera.
Un centenar de policías a caballo disparó indiscriminadamente sobre la muchedumbre provocando una masacre. El ataque duró varios minutos con un saldo estremecedor de 14 muertos y 80 heridos, entre las víctimas fatales figuraba el joven ruso judío Jacobo Besnicoff de 22 años, de quien la policía informó que, al ser herido, no se le pudo tomar declaración porque no sabía castellano.
Tras la sangrienta jornada, el jefe de la policía ordenó clausurar los locales sindicales y el arresto de 16 cabecillas anarquistas, mientras las fuerzas de seguridad empezaron a difundir la versión de que los hechos ocurridos el 1° de mayo se debían a un complot ruso judaico. En protesta por la sangrienta jornada, el sindicato anarquista FORA proclamó una huelga general de una semana a la que se plegaron otras centrales sindicales y los socialistas y anarquistas judíos. La huelga duró una semana, tuvo un alcance nacional, y se la conoce con el nombre de la semana roja.
Frente al éxito de la huelga, el gobierno del presidente Figueroa Alcorta instaló el estado de sitio y aplicó la Ley de Residencia con la excusa de expulsar del país a anarquistas y socialistas bajo la acusación que los activistas se preparaban a sabotear los futuros festejos nacionales del Centenario de Mayo de 1910.
​La feroz represión tuvo sus secuelas: entre los manifestantes del 1° de mayo se encontraba el joven anarquista de origen judío Simón Radovistzky, de 18 años, quien decidió vengar a sus compañeros asesinados. El 14 de noviembre de 1909, en el cruce de la avenida Callao y Quintana, Radovistzky arrojó una bomba contra el carruaje que llevaba al jefe de la policía, matando a Ramón Falcón, y a su secretario Alberto Lartigau. El activista fue apresado, torturado, juzgado y enviado al penal de Ushuaia.
Tras el fallo, estalló una oleada de violencia antisemita y xenófoba sin antecedentes, se produjeron saqueos y quema de diversos periódicos, de bibliotecas e instituciones socialistas y judías como la Biblioteca Rusa o la de Poalei Sión, mientras los manifestantes coreaban ¡Fuera los rusos judíos!. Resultando inútil el alegato de la incipiente colectividad judía sobre su desconexión con el atentado del joven anarquista.
La prensa del país y los funcionarios gobernantes hicieron responsables del atentado a todo el colectivo judío, en especial a los inmigrantes venidos de Rusia. El gobierno encarceló a más de 3000 obreros y deportó a Europa a centenares de trabajadores, entre ellos varios inmigrantes judíos de diversa extracción política.
Es importante destacar, que en esos años, la cuestión judía no aparecía como un tema de los principales dirigentes políticos del país, ni se encontraba entre las preocupaciones de los principales líderes católicos. Pero con estos hechos comenzó a manifestarse una oposición a la inmigración judía, a la que se atribuían oscuras intenciones de una conjura judeo maximalista o marxista en la Argentina.
La asociación entre judaísmo y socialismo empezó a ser postulada por los medios católicos, para la prensa de ese sector el socialismo tenía un origen judío. El periódico La Voz de la Iglesia publicó en diciembre de 1909 la teoría de la conspiración, avisaba que un triunfo del socialismo significaría el dominio del pueblo hebreo sobre todas las naciones de la tierra.
También el Arzobispado de Buenos Aires reprodujo un artículo en el que se afirmaba que la colonización judía en Entre Ríos buscaba crear un Estado judío independiente en América. Esta mirada era compartida por sectores del campo liberal, que veían en la conservación de las tradiciones culturales judías en las colonias agrícolas la simiente de un Estado judío en la Argentina.
Las infamantes denuncias no quedaron solo en el papel, diez días antes de los festejos del Centenario se produjeron estallidos antijudíos: la Policía Civil Auxiliar formada por jóvenes voluntarios de las clases altas, muchos de ellos miembros de la aristocrática Sociedad Sportiva Argentina, atacaron el barrio del Once, y en vísperas del 25 de mayo de 1910 incendiaron las redacciones de los periódicos La Protesta y La Vanguardia, asaltaron las sedes del Avangard, y la Biblioteca Rusa, y quemaron sus libros en la Plaza Congreso; además de saquear comercios y locales obreros judíos, desplegando su violencia sobre hombres y mujeres.
Concluía así un año en el que se corporizó el mito de la conjura judeo marxista en la Argentina, en el que las fuerzas de seguridad junto a milicias civiles antisemitas atacaban y golpeaban a personas o instituciones judías sin que nadie los detenga. Estos métodos se irán reiterando con mayor intensidad en la Semana Trágica de 1919, y durante las largas y difíciles décadas de antisemitismo en la Argentina de los años 30’ y 40’.

Por el profesor Yehuda Krell

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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