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La música que nació en Terezin, el más cruel de los encierros

“De ninguna manera nos sentamos llorando junto a los ríos de Babilonia; nuestros esfuerzos artísticos eran acordes con nuestro deseo de vivir”. Son palabras de Viktor Ullmann, compositor nacido en 1898 en la actual Polonia. Él fue uno de los muchos músicos encerrados por la Alemania nazi en el campo de concentración de Terezin (Theresienstadt), abierto a finales de 1941, por el que pasaron más de 155 mil judíos y donde murieron más de 35 mil personas.

Creado en principio como campo de tránsito hacia Auschwitz para los judíos checos, y posteriormente en un lugar donde confinar a judíos mayores de 65 años y judíos “prominentes”, Terezin fue utilizado por los nazis como elemento de propaganda. A los deportados les aseguraban que era un lugar donde jubilarse, y en junio de 1944 fue mostrado como un lugar idílico a los crédulos representantes de la Cruz Roja.
“Lo que ocurrió en Terezin es sin duda un fenómeno único -escribió Livia Rothkirchen en su libro “The Jews of Bohemia and Moravia: Facing the Holocaust”-: la cultura se convirtió en el elixir de la vida para los reclusos del gueto. Se presentaban actividades de miles de artistas, tanto profesionales como aficionados; había espectadores y oyentes, conciertos y actuaciones del más alto nivel, lecturas de poesía, otras actividades creativas y, sobre todo, se componían obras musicales, una efusión incomparable en la vida de los campos de concentración. Todo esto era el resultado del proyecto secreto de los nazis, la doble misión de este campo: Estaba destinado a la aniquilación de sus habitantes dentro del plan general de exterminio, pero al mismo tiempo se convirtió en un instrumento de propaganda para una coartada falsa”.

Y en aquel “paraíso” que los nazis pretendieron vender al mundo, la música, como otras artes, cumplió un papel fundamental para alegrar la vida de los miles de judíos encerrados allí. Junto a Viktor Ullmann, compositores como Pavel Haas, Hans Krása, Adolf Strauss, Ilse Weber, Karel Švenk, Martin Roman, Carlo Taube o Erwin Schulhoff siguieron su labor en condiciones absolutamente penosas.
Y no solo creadores. Karel Ančerl -uno de los supervivientes del campo- dirigió una orquesta que formaban músicos en su gran mayoría profesionales. Karl Fischer dirigió varios coros. A pesar del destierro de la “música degenerada”, Eric Vogel y Pavel Lipensky dirigieron un grupo de jazz, los Ghetto Swingers (más adelante liderada por el célebre pianista Martin Roman, cuando éste fue encerrado en el campo de concentración); lo hacían en un cabaret llamado Karussell.
“Había conciertos todas las noches –contaba la soprano española Sylvia Schwartz–, tenían cuatro orquestas, grupos de cámara, un conjunto de jazz, a pesar de ser considerada por los nazis “música degenerada”; seguían haciéndola de modo muy hábil”. La artista, de familia de diplomáticos, cantó en el Teatro Real hace cerca de cuatro años un recital titulado “Música en Terezin”, con canciones creadas durante aquel encierro.
“La situación en la que estaban los compositores que escribieron estas canciones y quienes las interpretaron entonces, es escalofriante -decía la soprano-; cómo pudieron mantener el ánimo dentro del infierno en que vivían…”.
Entre las canciones incluidas en aquel recital se encontraba una nana compuesta por Ilse Weber, una escritora y compositora que trabajaba en Terezin como enfermera pediátrica y geriátrica; todas las noches les cantaba a los niños estas nanas y Sylvia Schwartz aseguraba que le resultaba imposible no emocionarse al interpretarla. ”No hay corazón que se resista al pensamiento de que quien compuso esta nana. Ilse Weber era enfermera en el campo, la cantaba cada noche y, cuando se llevaron el último tren con niños desde Terezin a Auschwitz, se ofreció de voluntaria para ir con ellos, entre otras cosas porque en el tren iba su hijo. Nada más llegar, los enviaron directamente a la cámara de gas. Es una nana que no se puede cantar sin tener delante la imagen de esta mujer, su bondad, su caridad. Ella, como muchos otros, trató de que los niños de Terezin vivieran con la mayor normalidad posible. Les enseñabam música, participaban en obras de teatro, continuaban con su educación como si estuvieran en el mejor de los colegio ¡Claro que se te quiebra la voz!”.
Sin duda, de entre los músicos que siguieron creando en Terezin, el más destacado fue el mencionado Viktor Ullmann, que había estudiado con Arnold Schönberg, y que fue llevado al campo de concentración el 8 de septiembre de 1942. Allí compuso una veintena de obras, entre ellas, la ópera “El emperador de la Atlántida” (“Der Kaiser von Atlantis”), sobre un libreto del alemán Peter Stein, también recluido en Terezin.
No hay constancia de que se estrenara la obra, aunque sí de que se iba a estrenar El traslado de Ullmann a Auschwitz. La obra es una feroz sátira sobre el totalitarismo, por lo que hay dos teorías sobre el estreno frustrado; hay quien piensa que no se llevó a cabo por el traslado de Ullmann, y hay quien señala que dicho traslado se produjo precisamente por haber compuesto esta ópera.
En 1972, el director de orquesta y compositor británico Kerry Woodward conoció en Londres a H. G. Adler, superviviente de Terezin y Auschwitz. Éste le entregó un paquete de manuscritos, entre los que estaba la música de “El emperador de la Atlántida”. “Había un libro de música y muchos papeles sueltos -recordaba Woodward-; Adler quería que revisara la partitura para el estreno de la obra en Praga. Finalmente, dicho estreno no se produjo, pero yo ya me había enamorado de la partitura y seguí trabajando en ella”.

La ópera cuenta la historia del emperador de la Atlántida (velado retrato de Hitler), que declara la guerra universal, en la que la Muerte, antiguo aliado suyo, será el líder. Sin embargo, la Muerte se rebela y rompe su espada, por lo que los hombres no pueden morir. “Un niño y una niña -cuenta Woodward-, soldados en bandos opuestos, comienzan a luchar, pero en cambio se enamoran. Mientras tanto, los enfermos y aquellos que están sufriendo no encuentran la liberación. La Muerte ofrece volver a la humanidad bajo una condición, que el Emperador se convierta en su primera víctima. Finalmente el Emperador tiene que aceptar, y la gente da la bienvenida a la muerte como su valorado y compasivo amigo”.
La obra se estrenó en diciembre de 1975 en Amsterdam y se ha podido ver en varias ciudades en todo el mundo. En junio de 2016 se presentó en el Teatro Real, con dirección musical de Pedro Halffter y dirección escénica del desaparecido Gustavo Tambascio.
“El emperador de la Atlántida” es todo un símbolo “de la protesta más ardiente contra la guerra y la barbarie nazi, escribió Livia Rothkirchen en el libro anteriormente citado. Y así se expresaba el propio Ullman sobre su trabajo: “Terezin fue y es para mí la escuela de la forma … En Terezin he escrito una buena cantidad de música nueva, principalmente para satisfacer las necesidades y deseos de directores, directores de escena, pianistas y cantantes, y de ahí las necesidades del Freizeitgestaltung (actividades de ocio) del ghetto. (…) Sin embargo, debe enfatizarse que Terezin ha servido para mejorar, no para impedir mis actividades musicales. De ninguna manera nos sentamos llorando junto a los ríos de Babilonia; nuestros esfuerzos artísticos eran acordes con nuestro deseo de vivir. Y estoy convencido de que todos aquellos que, en la vida y en el arte, lucharon para forzar las formas de resistencia estarán de acuerdo conmigo”.

Fuente: ABC.ES

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