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La vigencia del diario de Ana Frank

  • En vísperas de Yom Hashoá Veagvurá, día en que se homenajea a las víctimas del exterminio nazi y se evoca la resistencia y la rebelión judía, me parece oportuno relacionar esta solemne jornada con un particular hecho de nuestros días. En el presente mes de abril se cumplen 65 años de la primera edición en español del Diario de Ana Frank, en 1955, que apareció bajo el título “Las habitaciones de atrás” (Het Achterhuis). En ediciones posteriores, el libro tomó el título definitivo de “Diario de Ana Frank” o “El diario de Ana Frank”.

Las memorias de Ana plasman los apuntes personales escritos por una joven adolescente, que entre julio de 1942 y agosto de 1944, registró su vida durante los dos años que permaneció en la clandestinidad, oculta de los nazis, junto a su familia y otras cuatro personas, hasta que fueron descubiertos por la Gestapo.

Ana Frank había nacido en Frankfurt, Alemania, el 12 de junio de 1929, y en 1933, a la corta edad de tres años, abandonó el país junto a sus padres y hermana para huir del violento antisemitismo que había desatado el nazismo. Su familia se alojó en Amsterdam, y en 1942 se escondieron en un apartamento preparado detrás de una falsa biblioteca.

Fue precisamente en el año 1942, cuando Ana recibió un diario como regalo por su cumpleaños número trece. Escribió que este obsequio fue tal vez uno de los mejores regalos que había recibido. Esta celebración ocurrió tres semanas previas de pasar a la clandestinidad.

Durante el período de ocultamiento, Ana registró en su diario el desarrollo de la vida en las habitaciones secretas. Sus anotaciones describen cómo una joven adolescente interpreta todo lo que sucede a su alrededor, y  expresa su percepción de la vida en aquellas difíciles condiciones; cuenta con descarnada honestidad sus impresiones sobre los otros ocupantes y habla de la difícil relación con su madre. En el diario relata sus temores, sus esperanzas, sus ilusiones y sueños, y también hace referencia a su ambición de convertirse en escritora para relatar sus experiencias vividas durante la Guerra.

El último registro que realiza Ana en su diario fue el 1° de agosto de 1944, tres días antes de ser descubiertos y arrestados. Luego, a principios de noviembre de ese año, Ana y su hermana Margot, son deportadas al campo de concentración de Bergen-Belsen, las dos contraen fiebre tifoidea, y en febrero o marzo de 1945 ambas fallecen a consecuencia de la enfermedad, pocas semanas previas de la liberación del campo por los aliados, ocurrida el 15 de abril.

El padre de Ana, Otto Frank, fue el único miembro de la familia que sobrevivió a la Guerra. Desconocía la existencia del diario, hasta que una de las personas que les ayudó a esconderse se lo entregó en julio de 1945. Dos años más tarde, el señor Frank logró publicar el diario bajo el título Het Achterhuis (La casa de atrás).

Hasta la fecha, el Diario de Ana Frank es una de las obras más leídas en el mundo, se han vendido unos 35 millones de ejemplares, se ha traducido a más de 70 idiomas, y está inscripto en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.
Lo singular de esta obra es que a casi siete décadas de su primera edición, el libro sigue siendo más actual que nunca, y continua seduciendo a los jóvenes. Los críticos literarios lo atribuyen a que la vigencia del diario radica en que es el reflejo de una juventud, en el que la autora plasma sus pensamientos y sentimientos en una situación de aislamiento forzado; de sus líneas surge la voz de una joven que busca un lugar en el mundo. Los jóvenes que leen el diario pueden identificarse con ella, con lo que pensaba, lo que hacía cuando tenía problemas, y su angustia de vivir en un mundo sin solidaridad.

Justamente, un mundo sin solidaridad es lo que hace vigente a la obra, en el presente nos encontramos con sociedades y gobiernos de primer orden en las que se ha instalado la falta de empatía hacia las minorías o el diferente, en las que se ha desacreditado la idea de la solidaridad por el empoderamiento de nacionalismos y extremismos de diferentes signos que exaltan la exclusión del distinto o niegan el derecho a la otredad. Es sabido que el sectarismo puede circunstancialmente ensalzar el orgullo de la gente porque refuerza o exacerba sus mitos, tradiciones y cultura, pero su peligro radica que dicha exaltación conlleva la exclusión de los vulnerables o de los diferentes por tener otras ideas, o pertenecer a otras etnias, o a otra religión; y sobre la degradación de este proceso ya nos lo anticipó Ana en su Diario.

Por el profesor Yehuda Krell

Reproducción autorizada por Radio Jai citando la fuente.

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