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El Yo Acuso de Adolf Eichmann

El 10 de abril de 1961, hace casi 6 décadas, daba inicio en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann. Fue un acontecimiento mundial. Por primera vez, uno de los máximos responsables de la Shoá era juzgado en el Estado de Israel. El país cumplía con la Ley para el Castigo de los Nazis y sus Colaboradores, del 1° de agosto de 1950, cuyo objeto es perseguir y castigar a los genocidas y a sus colaboradores. Había que buscarlos, acorralarlos en aquellos países que les habían otorgado refugio y llevarlos a juicio. El momento de Eichmann había llegado.
Además del castigo al criminal de guerra, el gobierno israelí se propuso utilizar cada una de las audiencias y testimonios para entregar al mundo una versión definitiva sobre el exterminio perpetrado por los nazis contra el pueblo judío. David Ben Gurión, Primer Ministro israelí, junto a especialistas y académicos, vieron el juicio como la oportunidad de demostrar que las atrocidades de la Shoá fueron una parte primordial del proyecto del Estado nazi. Además, el gobernante entendió el significado educativo que poseía el hecho de que el juicio se realizara en Israel, así lo comprendería la juventud israelí que creció y se educó recibiendo escasa información sobre lo acaecido, y de abandonar una actitud crítica sobre la conducta asumida por los judíos durante la hecatombe.
El juicio inauguró un nuevo capítulo en la historia, cuando la guerra concluyó, los investigadores se encontraron con una actitud que llamó la atención: la mayoría de los sobrevivientes de la Shoá optó por no relatar lo que había visto, no transmitir los horrores que había vivido, muchos optaron por conservar sus trágicas experiencias en su interior, solo les confiaban a sus familiares y a sus amigos lo que habían vivido, y aun así, muchos de los hechos que habían visto y escenas que habían presenciado quedaron guardadas sin que nadie accediera a ellos. Parecía un ejercicio para el olvido, se tenía la impresión que todavía se encontraban aturdidos, en shock, y era comprensible que nadie tuviera la voluntad de relatar las miserias humanas y las humillaciones personales vividas.
Tras largos meses de investigaciones y de intensa recolección de información, el juicio se realizó en el Beit Ha’am de Jerusalén, ante tres jueces de la corte de distrito: El presidente del tribunal, el juez de la Suprema Corte de Justicia Moshé Landau; el presidente de la corte de distrito de Jerusalém, Binyamín Halevy y el juez del distrito de Tel Aviv, Itzjak Ravé. Cientos de enviados de los medios más importantes del mundo acudieron al proceso.
La imputación tenía por objetivo presentar al acusado como el responsable de todas las etapas de la ejecución del exterminio. Guideón Hausner, fiscal general del Estado, fue designado acusador en el juicio. La fiscalía reunió alrededor de 1.600 documentos, la mayoría de ellos firmados por el mismo Eichmann, y no puso el acento en el acusado y sus acciones, prefirió basar el juicio sobre los testimonios vivos. Para ello, fueron elegidos 110 testigos en un proceso de selección riguroso, traían testimonios de distintos países que habían estado bajo la ocupación nazi durante la guerra, y que a través de sus aseveraciones era posible conocer la dimensión de los delitos.
Las palabras de apertura pronunciadas por Hausner hicieron historia, dijo: En el sitio en que me encuentro hoy ante ustedes, jueces de Israel, para demandar contra Adolf Eichmann, no me encuentro solo: conmigo se levantan aquí, en este momento, seis millones de demandantes. Pero ellos no tienen la posibilidad de comparecer en persona, de apuntar hacia la cabina de vidrio un índice vengador y gritar ¡YO ACUSO! Porque sus cenizas han sido amontonadas entre las colinas de Auschwitz y los campos de Treblinka, sus huesos esparcidos en los bosques de Polonia y sus tumbas dispersadas a través de toda Europa. Por eso seré yo su portavoz, y en su nombre levantaré esta acta de acusación terrible.
El abogado defensor, Dr. Robert Servatius de Alemania, quien en el pasado ya había representado a otros acusados en juicios por crimenes de guerra, no se encargó en negar la veracidad de los hechos presentados ante el tribunal, pero trató de disminuir la responsabilidad de Eichmann en los distintos sucesos y mostrarlo como un pequeño eslabón del sistema, que se vio obligado a cumplir órdenes emitidas por sus superiores.
Eichmann, pudo ejercer plenamente su legítimo derecho de defensa. Tanto él como su defensor se expresaron con absoluta libertad en la Corte. En una de las esquinas de la sala de audiencias se colocó una jaula de cristal de vidrios blindados, desde allí el acusado asistió a su juicio. Las imágenes lo muestran escuchando indiferente los quince cargos que le imputaban, oye las declaraciones de los testigos sin mirarlos siquiera una vez y sin expresar emoción alguna, absorto en sus pensamientos o buscando entre sus papeles alguna respuesta.
Durante el juicio, Eichmann sostuvo que él fue sólo un pequeño engranaje de una gran máquina, esgrimía que solo obedecía órdenes. Nada más. Sostenía que sus actos no podían ser juzgados por otro país, sus actos habían sido actos de Estado, y él sólo se encargó de llevarlos a cabo con una extrema eficacia. Afirmaba que era un funcionario que cumplía la ley de su país, Alemania, en donde la palabra del Führer era la ley.
En una sentencia magistral, los jueces hicieron hincapié que estaba probado, fuera de toda duda, que Eichmann había actuado sobre la base de una identificación total con las órdenes recibidas y con una voluntad encarnizada de realizar los objetivos criminales. El juicio finalizó en agosto de 1961. Adolf Eichmann fue declarado culpable de crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, se lo condenó a morir en la horca. La sentencia se cumplió en la madrugada del 31 de mayo de 1962, en la prisión de Ramla.
Como corolario, me parece oportuno recurrir al excelente libro de Deborah Lipstadt, El juicio de Eichmann, quien al concluir su introducción dice: una de las lecciones implícitas que dejó el juicio Eichmann tiene que ver con que cada vez que exista una masacre, un caso de genocidio, un crimen de guerra en que queden impunes los perpetradores y desconocidos los hechos, queda pendiente la obligación de la humanidad de reafirmar el relato de las víctimas para sacarlas de su situación de olvido y negación, y revertir con compromisos y hechos la afirmación de Walter Benjamin al decir: Para las víctimas y los oprimidos el Estado de excepción es permanente.

Acerca de Krell

Profesor de Historia, escritor, conferencista, formador y capacitador de docentes, autor de los libros: Una tierra sin paz. Israel y el Medio Oriente, Ed. Dunken, Bs. As., 2018. Páginas de Odio. Historia del Antisemitismo, Ed. Dunken, Bs. As., 2014.

Graduado en el Instituto Superior de Ciencias Judaicas, Bs. As., Profesor en Educación Judía con especialización en Historia Judía para niveles Medio y Terciario del Ministerio de Educación de la Argentina. Realizó Estudios de Posgrado en Israel.

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