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Parashá Vaikra

Cada Shabat está recubierto de algo especial, diferente.

Este Shabat especialmente, por que comenzamos a leer un nuevo libro de la Torá, se suma que es Rosh Jodesh y, además, es el último de los cuatro shabatot que anteceden a Pesaj y por eso vamos a leer de tres Sifrei Torá diferentes.

Comenzamos a leer en este Shabat un nuevo Sefer, el tercer libro de la Torá, Sefer Vaikra, Levítico, que también es llamado Sefer Torat Hacohanim, el cual revela los mandamientos impuestos a los hijos de Aaron, leviim, – por esto el nombre Levítico -, responsables por el servicio en el Mishkan –Tabernáculo – y más tarde en el Beit Hamikdash – el Gran Templo de Jerusalén -.

Particularmente me gusta el nombre hebreo de este tercer libro de la Torá: Va-ikra, «Llamó Él a Moshe». El judaísmo en particular y la religión en general son la respuesta humana a la voz divina que impregna el universo. Cuando Abraham Joshua Heschel tituló su infinitamente rica filosofía del judaísmo “Dios en busca del hombre” (1956), quiso enfatizar la capacidad humana a apartarse de Dios, eligiendo enfocarnos exclusivamente en nosotros mismos y evitar el sentido de admiración y asombro que apuntan a un significado último.

Sefer Vaikra representa el corazón de la lucha religiosa: la interacción entre el pathos divino y la obstinación humana, Sefer Vaikra, es un rico texto en detalles sobre las leyes especialmente reguladoras de los sacrificios y del comportamiento de los sacerdotes; pero ¿cómo lidiar con los sacrificios en días actuales? Para esto, es importante entender la palabra sacrificio, que es transformar un objeto profano y elevarlo a la condición sacra.

Maimonides, entiende que los korbanot – sacrificios, ofrendas – , eran apenas un símbolo temporal como muchos otros para transformar y aproximarse a aquello que quedó distante, lo sagrado de lo profano, el hombre de Dios, elevarnos por encima de la mera supervivencia. Somos capaces de respetar los límites. Podemos salir de nuestro entorno. Al acercar lo que es animal dentro de nosotros cerca de Dios, permitimos que lo material se impregne de lo espiritual y nos convertimos en otra cosa: ya no somos esclavos, sino servidores de la vida de Dios.

Por el Rab. Iehuda Gitelman

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