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Dick Seaman, el piloto inglés que Hitler admiraba

El 25 de junio de 1939, en el hospital de la Cruz Roja de Spa, un Richard Seaman que apenas podía hablar y con el cuerpo lleno de quemaduras de primer grado, pidió perdón a sus mecánicos por haber tomado demasiado de prisa una curva en el mítico circuito belga, y susurró a los oídos de su mujer Erika: “Perdóname, pero esta noche no podré llevarte al cine como había prometido”. Pocas horas después murió con sólo 26 años de edad. Dos meses más tarde estallaba la Segunda Guerra Mundial.

Los pilotos británicos de aquella época eran jóvenes aristócratas enamorados de la velocidad y el riesgo, que estudiaban en colegios privados y las mejores universidades, jugaban al rugby, iban de cacería, sabían manejar un rifle y una avioneta, estaban rodeados de chicas glamurosas, hacían picnics con el mejor champán francés, y por el cumpleaños, sus padres les regalaban un MG, un Rileys o un Bugatti. A veces daban vueltas con ellos por los circuitos de Donington o Brooklands, a veces los mandaban por barco a Kenia y se presentaban después en un biplano observando desde el aire las manadas de elefantes, como en Memorias de África .

Su padre era dueño de varias destilerías de whisky y a los 18 años le regaló su primer coche

Seaman no fue una excepción. Nació en 1913 en Chichester (Inglaterra), hijo de un adinerado hombre de negocios escocés propietario de varias destilerías de whisky. Estudió en Cambridge, donde destacó más en las regatas que en las clases. Su talento no eran los libros sino los coches, y a ellos se dedicó en cuerpo y alma desde que a los 18 años le regalaron un Rileys Nine Speed con el que compitió por primera vez en una carrera que se celebraba en Shelsley Walsh, un pueblo de Worcestershire. El vehículo sólo le duró un año, lo que tardó en cambiarlo por un MG Magna que le costó 285 libras (poco más de 300 euros) y que alcanzaba una velocidad máxima de cien kilómetros por hora. Con él compitió en el Alpine Track , una competición de una semana en los Alpes y varios circuitos continentales.

Cuando Adolf Hitler estableció su política automotriz, con los tres objetivos de construir una red de autopistas, fabricar un coche del pueblo y potenciar una escudería alemana, se fijó en el joven e intrépido inglés, que tal vez no era tan colorista ni tenía tanto carisma como algunos de sus coetáneos, pero sí más talento. Seaman fichó entusiasmado por la Mercedes Benz, completamente ajeno a la revolución política que se estaba gestando. En ese momento, había muchos ingleses condescendientes con el nazismo, incluso en la monarquía, el gobierno y el parlamento británicos. El piloto aplaudió la manera en que el Führer había sacado a Alemania de la penuria económica de los años de la República de Weimar, y sus padres –anticomunistas furibundos temerosos del avance de la revolución bolchevique– se referían a él con admiración, igual que hoy muchos norteamericanos hablan de Trump, como “alguien que no se anda con chorradas”.

Seaman jugaba con fuego, y en su primer Grand Prix de Nurburgring, en 1937, su Mercedes colisionó con el coche de Ernst von Delius cuando el alemán intentó adelantarle a 180 kilómetros por hora en una curva, y ambos salieron disparados por los aires. Su rival falleció en el hospital al cabo de veinticuatro horas, pero el inglés sólo sufrió heridas menores (una nariz y un dedo pulgar rotos), y lo primero que hizo al recibir el alta fue montar una fiesta por todo lo alto a base de cerveza. Era una época distinta, sin la seguridad de ahora en los circuitos, en la que hombres osados bailaban con la muerte en máquinas que olían a gasolina, diseñadas para la belleza y la velocidad, no para la protección en caso de chocar contra un árbol o una valla.

Al año siguiente Dick Seaman regresó a Nurburgring, con Hitler entre los 300.000 espectadores, y logró la victoria más importante de su carrera. Al final, con una esvástica en su uniforme, hizo un
saludo nazi con el brazo sólo medio extendido, mientras por la megafonía sonaban el Dios salve al rey en su honor, y el Deutschland über alles en honor a la escudería. Puede parecer sospechoso, pero tan sólo dos meses antes sir Stanley Matthews y toda la selección inglesa de fútbol habían hecho lo propio. ¡Heil Richard, Heil Mercedes! , tituló la revista inglesa Motor Sport .

Un año después lideraba la carrera en el Gran Premio de Bélgica, en medio de la lluvia, cuando perdió el control del vehículo, y esa noche no pudo cumplir la promesa de llevar a su mujer Erica al cine. Fue enterrado en el cementerio londinense de Putney Vale, y Hitler en persona envió una corona gigante de lilas blancas, tan pesada que dos hombres tuvieron que cargarla.

Fuente: La Vanguardia

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