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Oleg, el bebé que sobrevivió a los nazis

Oleg Efímovich Mort­kóvich pasó casi mil días en un agujero. En un hueco oculto en el sótano de su casa, lo escondió una campesina que, sin conocerlo , lo arriesgó todo por un chiqco judío que aún no había cumplido tres años. El Ejército nazi había ocupado la zona, exterminando a miles de personas; la mayoría, judíos —entre ellos, sus padres—. Mortkóvich vuelve cada día a aquella aldea ucraniana, buscándola entre recuerdos y ensoñaciones. Nubes sobre su cabeza. Espuma como algodón que flota. Unas manos ásperas que lo acarician y la voz de mujer que susurra: “Ten paciencia, ten paciencia”.

Recita su historia como un mantra. “Nací en 1939, en la región ucraniana de Dáshib. Mi padre era un médico reconocido y mi madre había sido bailarina.

Hoy Mortkóvich, brillante cabello canoso y atentos ojos aceitunados, preside en Moscú la Unión Pública de Asociaciones de Judíos y Antiguos Prisioneros del Fascismo y transmite a los jóvenes una lección que no se debe perder. “La xenofobia y el antisemitismo conducen al caos. Si no se asume, podría darse un nuevo Auschwitz”, dice tajante.

Cae una nevisca de esponjosos copos y él se encoge en su abrigo de paño negro frente al sobrio monumento a los héroes de la Resistencia del Museo Judío de Moscú. Cuenta que sus padres se habían mudado a Ucrania y allí presenciaron el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Su padre, Efim, fue movilizado como médico militar. María, su madre, que hablaba alemán, colaboró con el Ejército Rojo. Ambos fueron asesinados, por separado, en 1943. Oleg tenía dos años y medio cuando se llevaron a su madre. Él no sabe cómo, terminó en un prado. Solo. Quizá María lo dejó ahí al saberse señalada, esperando un milagro. “Me encontró un pastor. El hombre supo enseguida que yo era el hijo del médico Mortkóvich y me dejó al cuidado de una vecina, Natalia Fiódorovna Bóndar que era una mujer mayor que trabajaba la tierra. Me ocultó hasta que el Ejército Rojo liberó esos lugares”, relata.

El Ejército alemán y los colaboradores del régimen nazi exterminaron durante la guerra a unos 18 millones de personas —civiles, presos soviéticos, gitanos, discapacitados—, incluidos seis millones de judíos. “Hombres, mujeres, ancianos, niños que, como yo, eran el futuro de la nación. Víctimas de una violencia atroz”, se estremece. “No entiendo cómo fue posible. Alemania, una nación civilizada, con científicos, escritores, arquitectos. Gente inteligente que se convirtió en inhumana, drogada por la propaganda”.

Sus abuelos encontraron a Oleg cuando acabó la guerra. Los años de reclusión le habían dejado secuelas. Casi no podía caminar, estaba muy débil y manejaba solo algunas palabras en ucraniano. “Nadie me había leído libros o contado cuentos de hadas. No me comunicaba, me costaba comprender. Así empezó mi rehabilitación, aunque fue difícil. Recuerdo que mi abuela me alimentó con chuletas, era lo único que quise durante seis meses”, sonríe. Abre con delicadeza una carpeta azul. Dentro hay una fotografía suya con sus padres, arreglados de domingo: su madre, con un sombrero floreado; él, vestido de marinero. Hay alguna carta y unos cuantos folios escritos  por su padre.

Quiso seguir sus pasos. Hacerse médico, aunque no fuese buen estudiante. “Fui mediocre”, se encoge de hombros. “No estaba cómodo en la escuela, se burlaban de mi dificultad para caminar, me insultaban por ser judío”.  Durante la dictadura de Stalin, el antisemitismo se convirtió en política oficiosa y hubo miles de replesalias contra los judíos. Eran sospechosos de “cosmopolitismo”. Hubo purgas como la de la Noche de los Poetas, en 1952, cuando fueron ejecutados en Moscú una docena de relevantes intelectuales judíos. O el Complot de los Médicos, en el que se persiguió a decenas de destacados sanitarios por trazar, supuestamente, una conspiración contra Stalin.

Mortkóvich era un adolescente que no cejaba en su empeño de ser médico. Y como tener alguna experiencia garantizaba más puntos para el ingreso en la universidad, empezó a trabajar en una morgue. Luego, se labró una carrera como nefrólogo, sabiendo que ser judío le impedía “ocupar puestos más altos”.

Ese hostil ruido de fondo le hizo callar su pasado durante décadas. Hasta que con la apertura de los años noventa se fundó su actual Asociación de Supervivientes del Holocausto. “Todos temíamos contar que habíamos estado ocultos o en campos de concentración, destapar nuestras heridas emocionales. Sentíamos que vivimos por nosotros y por los que murieron”, razona en la sede de su organización frente a un festín de empanadas, fresas frescas, café negro y licor.

Eran casi 500 miembros; quedan 150. “Cada vez somos menos y en muchos países se escuchan voces que niegan la Shoá”, lamenta. En Rusia se han reducido los ataques abiertos registrados contra la comunidad hebrea, que ha mermado ostensiblemente, y hay muchos judíos entre las élites empresariales; algunos, en el círculo de Vladímir Putin. Sin embargo, el odio y el racismo no han desaparecido, se han trasladado mayoritariamente hacia personas del Cáucaso o de Asia Central, creen los expertos. Y el antisemitismo está “latente”, señala Mortkóvich. Según una encuesta de 2019 de la Liga Antidifamación, con sede en Nueva York, los estereotipos perviven con intensidad en Europa Central y del Este: más del 70 por ciento de los ucranianos y de los húngaros, el 56 por ciento de los polacos y el 50 por ciento de los rusos, creen que “los judíos tienen demasiado poder en los negocios”.

Oleg preguntaba a su abuela, sin resultados, qué ocurrió con aquella voz que le susurraba en la oscuridad  pidiéndole que tuviera paciencia. Hace una década, entre los libros de su abuelo fallecido, encontró un certificado expedido a nombre de Natalia Fiódorovna Bóndar por cuidar de él. Y su Partida de Nacimiento. Decidió viajar a sus orígenes. Allí le contaron que la mujer había fallecido en 1957, sin familia, pero que su casa de Juncha seguía en pie. La visitó. Aquel sótano fresco, oscuro. Y el azar lo reunió también con el pastor que lo halló en el campo.

En 2012, Natalia Bóndar fue reconocida como “Justa entre las naciones”, una distinción otorgada por el centro israelí Yad Vashem a personas que arriesgaron su vida para salvar a judíos durante el Holocausto. “Ella fue increíblemente valiente. Fuerte y honesta. Su caso es extremo, pero la Shoá sucedió porque cuando se desató el odio, cuando empezaron a matar a personas por ser de una determinada religión, nación o etnia, muchos lo presenciaron con indiferencia. A los Diez Mandamientos habría que añadir otro: No seas indiferente”.

Fuente: El país

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