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El cántico de la fe: Parashá Beshalaj

El Shabat en que se lee la parashat Beshalaj se conoce como Shabat Shirá, el “Shabat del cántico”, porque en esta parashá Moshé lideró a los hombres judíos y la profetiza Miriam a las mujeres en el Cántico de alabanza y regocijo a Dios después de la partición del Mar de los Juncos.

Este cántico especial que compuso Moshé es Az iashir – Entonces Moshé cantará. Que el verbo esté en tiempo futuro nos enseña que Moshé no sólo cantó en el Mar de los Juncos, sino que también nos liderará en cánticos cuando vivamos la redención final: la llegada del Mesías. En el ínterin, el pueblo judío recita el cántico de Moshé cada mañana en las plegarias para expresar gratitud a Dios.

¿Cómo se le canta a Dios? ¿Es posible que un mero ser humano alabe a Dios?

Moshé comenzó su cántico con las asombrosas palabras: Ashirá laHashem… le cantaré a Hashem porque es exaltado…
¿Qué tan elevado es Dios? ¿Podemos compararlo a algo que hayan experimentado los seres humanos? Moshé, el hombre más grandioso que caminó sobre la faz de la tierra, tenía aguda consciencia de su insuficiencia humana, por lo que se contentó con la frase: gaó gaá, que se traduce literalmente como “alto, alto” (exaltado por encima), seguida por un espacio en blanco en el texto. De hecho, cada estrofa del cántico de Moshé es seguida por un espacio en blanco, para que entendamos que ningún mortal puede siquiera aspirar a comprender lo infinito, lo Divino.

En nuestra cultura de hedonismo y gratificación instantánea es vital absorber este mensaje, porque nuestra generación pierde la fe ante la menor desilusión. “¿Cómo pudo Dios permitir que me ocurra esto?”, protestamos con indignación. Cuando los eventos no resulten como esperábamos, recordemos el mensaje de Moshé: deja un espacio en blanco y permanece en silencio, anclado a nuestra fe.

Convertir la desesperación en esperanza
Miriam la profetiza no solo lideró a las mujeres en cántico, sino que también se acompañaron con panderetas y tambores. ¿De donde sacó esos instrumentos? El desierto no era exactamente un buen lugar para comprarlos.

Aquí podemos aprender una profunda enseñanza. Aún estando bajo la brutal esclavitud del “Auschwitz” de Egipto, la profetiza Miriam preparó panderetas y tambores porque tenía fe en que algún día llegaría la redención y la nación tendría motivos para cantar y celebrar. Esta es la fe pura que las mujeres judías imbuyen a nuestro pueblo, esta es la fe que nos permitió sobrevivir a través de los siglos, y es la fe a la que debemos acudir cuando nos encontremos en apuros que nos hagan perder las esperanzas.

Al aconsejar a personas que se encontraban en situaciones complicadas y difíciles, nuestra querida madre la Rebetzin Esther Jungreis, a menudo les sugería aprender la enseñanza de Miriam. El nombre Miriam significa amargo (como el maror de la mesa del Séder de Pésaj); pero a través de su fe Miriam convirtió la amargura en esperanza y en una vida renovada. En vez de caer en la desesperanza, consigue una pandereta y confía en Dios. Nuestra madre, sobreviviente del infame campo de concentración Bergen Belsen, es un testimonio viviente de esa fe.

Una canción que emana desde el corazón
Shirá es más que un cántico: es una expresión de júbilo y regocijo que emana de lo más profundo del alma.

Cuando se partió el Mar de los Juncos, todo el pueblo judío fue testigo de eventos de una magnitud que no contemplaron ni siquiera los más ilustres profetas. El cielo se abrió y los Hijos de Israel vieron ángeles, a los Patriarcas y a las Matriarcas. Vieron la Mano de Dios. Una simple sirvienta pudo señalar, llorar de alegría y decir: “Este es mi Dios…”.

Sin embargo, el cántico de Moshé tiene otra dimensión que lo hace muy especial. Esta peculiaridad se encuentra en la palabra hebrea az, con la que Moshé comenzó la canción. Previamente, con esta misma palabra az Moshé cuestionó a Dios al decir: Meaz… – Desde que fui a hablar con el Faraón en Tu Nombre, él ha hecho mal a este pueblo, y ciertamente no salvaste a Tu pueblo.2 Ahora, con esta misma palabra az, Moshé proclama la alabanza de Dios.

A veces entonamos cánticos de alabanza para agradecerle a Dios por habernos salvado de un peligro o de sufrimiento, pero también cantamos para reconocer los milagros que realizó por nosotros. Esta última gratitud toma una dimensión completamente diferente cuando comprendemos que incluso el peligro y el sufrimiento que vivimos fueron para nuestro propio beneficio y que gracias a esa aflicción, logramos desarrollar nuestro potencial y alcanzar la grandeza. La esclavitud en Egipto nos permitió llegar al Sinaí y aceptar el Pacto de Dios, porque sólo una nación que atravesó el sufrimiento puede valorar el verdadero significado del jésed de Hashem. Sólo una nación así sería merecedora de aceptar el pacto de Dios con todas las responsabilidades que eso implica: ser una “luz para las naciones”, testigos de la Presencia de Dios.

Ahora podemos entender mejor por qué, cuando la Torá habla de Moshé cantando la canción en la Partición del Mar, la palabra usada es iashir – cantará. Porque cuando llegue el Mesías, Moshé nos liderará nuevamente en un cántico con la palabra az y entonces entenderemos el significado de nuestro largo exilio y de todo el dolor.

En el ínterin, debemos mantener esta visión en mente. Debemos ser concientes de que incluso cuando los problemas nos abruman, incluso cuando nos encontramos rodeados por la oscuridad, la Presencia Divina está allí y nuestro sufrimiento no es fortuito ni en vano. Como declara Isaías: “Te agradezco Hashem, porque te enojaste conmigo y ahora… me confortaste”.

Recrearse a uno mismo
Está escrito que cuando nuestros ancestros salieron de Egipto, Dios los llevó en una ruta indirecta en lugar de seguir el camino que los llevaría directamente a la Tierra de Israel.

A primera vista, eso no se entiende. ¿Por qué Dios nos haría viajar por un desierto inhóspito, sin alimentos ni agua, cuando podríamos haber pasado por la tierra de los filisteos y tener asegurado el sustento? De aquí debemos aprender algo muy importante. Dios temió que no lográramos superar las tentaciones y las presiones de la sociedad de los filisteos. El contacto con ellos hubiera podido alentarnos a regresar a Egipto, no sólo en un sentido físico, sino también en nuestra perspectiva. No debíamos salir sólo de la tierra de Egipto. Todavía más importante era eliminar de nuestro interior la inmoralidad y la corrupción egipcia. Debíamos vivir en el desierto para ser recreados, reformados y así convertirnos en el reino de sacerdotes, en la nación sagrada que Dios quería que fuéramos.

De esto debemos aprender una enseñanza para la vida. En ocasiones, lo que parece ser breve y cómodo resulta ser arduo y peligroso. Los riesgos físicos pueden superarse, pero una vez que perdemos nuestros valores y nuestra moral, perdemos la esencia de nuestra vida. En consecuencia, debemos mantenernos alertas y cuidar nuestra alma; debemos elegir cuidadosamente el barrio en el que vivimos, el entorno en el que trabajamos y el lugar donde pasamos nuestras vacaciones. Nunca debemos subestimar los efectos destructivos de vivir en un medio corrupto. A veces es más prudente tomar un camino largo e indirecto y, de ser necesario, cambiar de dirección, para evitar una situación que podría ser destructiva para nuestro bienestar espiritual.

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