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El deber de desobedecer- parashát Shemot

La película «el príncipe de Egipto» dura más de dos horas; la Torá resume toda esa historia en apenas unos capítulos que no llevan más que unos 20 minutos de lectura intensa. Hay ciertas veces que los relatos nos encandilan. Las grandes epopeyas, los grandes y ruidosos sucesos, impiden que el lector, o llegado el caso, el observador, pueda apreciar los hermosos y desafiantes detalles que le dan sentido al relato.

Esto mismo sucede en reiteradas oportunidades con nuestras Parashiot. Las lecturas más conocidas y rimbombantes de la Torá como ser: la creación del mundo, el diluvio universal, la zarza ardiente, el cruce del mar de los juncos; y otros tantos más, impiden que pongamos el foco en pequeños detalles que se configuran al interior de cada una de estas historias. Esta vez, sin embargo, intentaré abocarme a los detalles. A aquellos detalles casi insignificantes para muchos pero centrales para la posibilidad del relato.

Hablemos entonces de las parteras, las “Meialdot”; de aquellas mujeres cuyo trabajo es hacer viable una nueva vida humana. Y así dice la Torá: Y habló el rey de Egipto a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Shifra, y otra Púa, y les dijo: Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva.

Pero las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó el rey de Egipto, sino que preservaron la vida a los niños. Y el rey de Egipto hizo llamar a las parteras y les dijo: ¿Por qué habéis hecho esto, que habéis preservado la vida a los niños? Y las parteras respondieron a Faraón: Porque las mujeres hebreas no son como las egipcias; pues son robustas, y dan a luz antes que la partera venga a ellas. (1:15-19) Leyes con más que cuestionable legitimidad y legalidad, parteras valientes, mentiras piadosas y un alto grado de desobediencia configuran los principios fundamentales de este pequeño relato. Mas este pequeño episodio será el que posibilitará que el pueblo de Israel, en un futuro, pueda ser redimido de la esclavitud.

La insubordinación de aquellas parteras es el origen de la libertad. Elegir la vida y no la muerte es el principio de toda salvación. Sin embargo otros dos breves relatos serán vitales para que en un futuro Moshé pueda liderar la salida de la casa de la esclavitud.

Y no es menor afirmar que son las mujeres las que dentro del horror permiten la vida. Las que desobedecen en nombre de Dios. Además de estas famosas Meialdot, en nuestro relato aparecen otras tres mujeres «sin nombre»: la hermana de Moshé, su madre y la hija del Faraón.

La Madre de Moshé, que recién se la llamará por su nombre – Iojeved – dentro de varios capítulos, toma la decisión más difícil. Ella sabía que dejar a un niño recién nacido en su hogar significaría una muerte segura para él. Sin embargo, como explica el exegeta judío medieval Abarbanel, si ella lo sacaba del hogar entonces quizás el rescate de una muerte segura podría ser posible.

Por esto, continúa afirmando Abarbanel, Iojeved decide abandonar el camino de una muerte segura hacia el de una muerte probable. Imaginemos el dolor y la desesperación de una madre que ante una muerte segura decide abandonar a su hijo a la «buena de Dios» esperando que por algún milagro o extraño designio de la naturaleza su hijo pueda ser salvado. Iojeved, es otra de aquellas mujeres que obedeciendo un principio mayor – el instinto de protección de una madre, quizás -, decide desobedecer.

Su hija, Miriam (pero que aún no recibe ese nombre en este relato), también cumple un rol fundamental supervisando como se desarrollaba el recorrido de aquella pequeña canastita donde su hermano fue abandonado esperando un mejor destino que una muerte segura. El Midrash, acentúa más la rebeldía y el coraje de esta brava mujer, de esta mujer que será recordada por las generaciones venideras como la que embellecía la salida de Egipto al son de tambores y canticos.

Según un antiguo Midrash, el padre de Moshé al escuchar el decreto del Faraón sobre el trágico destino de los hombres que les naciesen a las mujeres judías, decide abstenerse de tener relaciones con su mujer. Sin embargo, su hija, recrimina y desobedece aquella voz paterna, marcándole que él faraón decretó la muerte de los niños varones más él con su actitud y su abstinencia decretó el destino tanto de los niños como de las niñas. No habría más vida, no existiría la continuidad o la posibilidad de salvación.

Imagínense a Miriam, una muchacha hace 3200 años, alzándose de esta manera contra la voz de su padre, contra la autoridad del hogar. Por último, la mujer que finalmente posibilitará la redención será la hija del Faraón.

De la casa que decretó muerte emanará vida, salvación y libertad. La hija del Faraón, otra heroína anónima, desobedeciendo el decreto de su mismísimo padre y arriesgando su propia vida decide cuidar y adoptar como su propio hijo a aquel varón hebreo que encontró en los ríos de su palacio una tarde cuando inocentemente bajó a darse un baño. Otra mujer, y otro paradigma, sobre el deber de la desobediencia.

Luzzato, un exegeta judío del siglo XIX, afirma que son las mujeres las principales protagonistas de esta historia porque son ellas quienes tienen desarrollado, por su instinto materno, una mayor afinidad con la vida. Una madre que da vida no puede dejar morir a su hijo; ni tampoco unas parteras cuyo trabajo es dar vida podrían quitar vida, ya que esta es la antítesis de su esencia.

El leitmotif de este relato es: el deber de desobedecer. Tanto las parteras como Miriam, Iojeved o la hija del faraón desobedecen las leyes del «Estado» por principios autónomos de su conciencia y de su propia moral. Al parecer existen ocasiones en nuestra vida donde el principio religioso no es la obediencia sino la desobediencia, no es la sumisión a una ley externa sino el ser fieles a nuestros principios internos.

Cuando nuestros principios fundamentales entran en contradicción con las leyes cosificadas y heterónomas de nuestras sociedades, existe el deber de desobedecer. O por lo menos, la posibilidad. A este respecto, en el tratado talmúdico de Menajot (99b) se encuentra un famoso adagio luego de que se recuerde la rotura de las Tablas a manos de Moshé: Lifamim Bitula shel Torá Hi Iesoda – En ciertas ocasiones la abolición de la ley es su fundamento. El Talmud da cuenta de que en ciertas oportunidades es preciso y necesario abandonar la Ley, o incluso transgredirla, por un principio mayor. Por nuestra moral, por nuestros ideales o por nuestros principios fundamentales e inalienables. Como solía recordar Abraham Ioshua Heschel, mal que le pese a muchos abogados, “la ley – halajá – no debe ser el supremo objeto de adoración”…

… “No obstante estos diversos hechos tienen muchas similitudes, siendo la principal: la necesidad casi espiritual de desobedecer el mandato de un gobernante…

… Pienso que debemos primero ser hombres y luego súbditos. No es deseable cultivar tanto respeto por la ley como por lo correcto. Al leer estas palabras resuenan en mi ser aquellas palabras escritas por uno de los grandes rabinos del Talmud (Horaiot 10b) hace más de 1400 años: Gdolá Averá Lishmá Mi Mitzva shelo Lishma – es más meritorio realizar una transgresión en nombre del cielo que cumplir un precepto sin las intenciones correctas. En una comunidad judía done cada día se hace de la halajá, la ley, más un culto que un camino debemos poner atención a aquellas señales de la historia que nos marcan que muchas veces hacer lo correcto trasciende a la formalidad de la ley, y muchas veces, la contradice. En una sociedad argentina, donde no hacemos culto de la ley pero que muchas veces nos excusamos en ella para cometer las peores atrocidades debemos hacernos eco de aquellas voces milenarias: hacer lo correcto, muchas veces, no es sinónimo de la ley establecida, a veces es su opuesto. Para concluir debemos recordar que fueron esas voces anónimas, esas mujeres en su individualidad, en sus pequeñas acciones, la que permitieron luego de muchos años la redención y la liberación del pueblo judío de la esclavitud; y como dice el Talmud (Kidushin 40b): No solo el individuo sino el mundo entero se halla en equilibro. Un solo acto de un individuo puede decidir el destino del mundo entero.

Shabat Shalom U Mevoraj!
Rab. Uriel Romano

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