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Irán, Trump y el fantasma de Carter

Una versión indica que el presidente de Estados Unidos no podía permitir que lo compararan con el ex mandatario demócrata en relación a Irán.

El 3 de enero pasado, extremistas pertenecientes a una milicia auspiciada por Irán intentaron tomar la Embajada norteamericana en Bagdad. Horas más tarde, el presidente Donald Trump ordenó ejecutar al general Qassem Suleiman, jefe de la guardia revolucionaria iraní.

En los meses previos, el régimen islamista de Irán había realizado acciones contra objetivos de los Estados Unidos o sus aliados en la región. Por caso, Teherán ordenó el derribo de un dron norteamericano, atacó buques petroleros de varias banderas en el Golfo Pérsico comprometiendo seriamente el tráfico a través del estratégico Estrecho de Ormuz y realizó bombardeos sobre instalaciones petroleras de Arabia Saudita.

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En todos esos casos, la respuesta del presidente Donald Trump se había limitado a duras declaraciones. La abstención en el uso de la fuerza llevó a que comentaristas señalaran que Trump era una suerte de versión opuesta al presidente Theodore Roosevelt (1901-09) quien recomendaba “hablar suave y portar un gran garrote”.

Esta vez, por el contrario, Trump decidió un curso de acción verdaderamente impactante dado que por primera vez optó por una respuesta directa ante las agresiones de Teherán ordenando la ejecución de quien era uno de los jerarcas más importantes del régimen iraní. Los hechos nos remiten a sucesos que tuvieron lugar hace exactamente cuatro décadas.

Una interpretación posible es que Trump no podía permitir que se lo comparara con el presidente Jimmy Carter, quien perdió su reelección en 1980 a manos de Ronald Reagan como consecuencia de la humillación sufrida por su país cuando elementos extremistas tomaron la Embajada norteamericana en la capital iraní a partir del 4 de noviembre de 1979 manteniendo varias decenas de rehenes durante 444 días causando una herida gravísima en el orgullo nacional de los Estados Unidos.

Meses antes había caído la monarquía pro-occidentel y secular del Shah Reza Pahlevi. Tras la huída del enfermo monarca hacia el exilio, el Ayatollah Khomeini regresó a Teherán y estableció la República Islámica que rige Irán desde entonces.

Pocas semanas después de la toma de la sede diplomática, en la Navidad de aquel fatídico año de 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán. La decisión del Politburó de Leonid Brezhnev implicó la primera incursión del Ejército Rojo fuera de sus fronteras en décadas.

En su discurso del Estado de la Unión, en enero de 1980, el presidente Carter decretó un embargo cerealero a la Unión Soviética -que la Argentina rompió- y sostuvo que cualquier alteración en el Golfo Pérsico implicaba una agresión “a los intereses vitales de los Estados Unidos”.

Desde entonces, la antigua Persia es gobernada por un régimen teocrático fundamentalista que implica un desafío anti-occidental de importancia singular dada la vocación de Teherán de promover una agenda de expansión de su influencia en Medio Oriente a través de tácticas que recurren a las vías diplomáticas y políticas hasta el uso y promoción del terrorismo.

Dichos riesgos adquieren el carácter de lo existencial en el caso de Israel dado que el régimen de los Ayatollas promueve abiertamente el exterminio del estado hebreo. De allí que la dirigencia israelí no puede permitir perder el monopolio nuclear en Medio Oriente que ostenta desde los años 60 y que ha sido el factor de disuasión fundamental que ha garantizado su supervivencia.

Es por ello que el primer ministro Benjamín Netanyahu fue un duro crítico del acuerdo nuclear iraní promovido por el presidente Barak Obama y alcanzado a mediados de 2015 entre Teherán y las cinco potencias del Consejo de Seguridad más Alemania y al mismo tiempo ha establecido una alianza sin precedentes por su cercanía con el presidente Donald Trump a partir de la decisión del jefe de la Casa Blanca de abandonar dicho acuerdo.

A su vez, la invasión a Irak del año 2003 decretada por la Administración del presidente George Bush (h.) y el derrocamiento de la dictadura secular de Saddam Hussein traería consecuencias no queridas en el equilibrio regional dado que el régimen de Bagdad era un contrapeso del de Teherán. La caída de Saddam y la destrucción del ejército regular iraquí significó un fortalecimiento de la posición del régimen islamista de Teherán en su pretensión de imponer una hegemonía shiita en Medio Oriente. Esa pretensión tiene como contrincante regional a los países árabes sunnitas encabezados por Arabia Saudita, Egipto y los emiratos del Golfo, quienes a su vez mantienen un esquema de cooperación con Israel y una cercanía con Washington, unidos por un interés estratégico común cual es la contención de Irán y sus aliados.

Henry Kissinger enseña que se puede conocer cómo comienza una crisis pero no cómo termina y que muchas veces, las guerras estallan por errores de cálculo. Suele citarse el caso del inicio de la Primera Guerra Mundial cuando ninguno de los actores de aquel gran drama quería que sus acciones desembocaran en aquella tragedia pero así terminó ocurriendo.

Las consecuencias derivadas de los hechos que están en curso resultan imprevisibles pero ello no significa olvidar la necesidad imperiosa de estudiar las tendencias históricas que determinan los acontecimientos dado que los conflictos geopolíticos tienden a mantenerse y a reproducirse en el tiempo.

Mariano Caucino es especialista en relaciones internacionales y ex embajador argentino en Israel.

Fuente: Clarín

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