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La valentía y el coraje de Émile Zola

En un día como hoy, el 13 de enero de 1898, hace 122 años, la sociedad francesa amaneció convulsionada cuando los voceadores de diarios gritaban por las calles parisinas un título estruendoso de la portada del diario La Aurora: J’accuse! (¡Yo acuso!)

Con un tiraje de 300 mil ejemplares que volaron en pocas horas, el periódico difundió en la primera plana una carta abierta escrita por Émile Zola dirigida al presidente de Francia, Félix Faure, demostrando la inocencia del capitán Alfred Dreyfus, quien fue injustamente acusado y condenado por su condición judía, además de aportar los nombres y las acciones de los verdaderos culpables.

El Affaire Dreyfus había comenzado hacía 4 años, en septiembre de 1894, cuando el Estado Mayor del ejército francés tomó conocimiento que alguien había filtrado información secreta a los servicios de inteligencia alemanes, la sombra de la sospecha cayó rápidamente sobre un oficial judío.

Desde el inicio de la acusación la suerte de Dreyfus estaba echada, desde la década de 1870 Francia vivía conmocionada por la humillante derrota contra la Alemania de Otto von Bismarck. A partir de este duro fracaso ganó fuerza en el país el nacionalismo y el antisemitismo. Era necesario encontrar una explicación a la postración que vivía la nación y el antisemitismo estaba al alcance de la mano que permitía esconder la corrupción que reinaba en los altos mandos del ejército y del gobierno.

El caso no tardó en saltar a la prensa, que utilizó todo tipo de historias rebuscadas para reforzar en la opinión pública la culpabilidad de Dreyfus. Desde el comienzo el affaire no estaba en discusión, pero lo cierto era que las pruebas en su contra eran por demás endebles. Los comandantes del Estado Mayor no estaban dispuestos a permitir que el acusado pudiera salir absuelto del juicio, por lo que no dudaron en utilizar todo tipo de ardides que incluyeron la falsificación de pruebas para garantizar su codena.

El 22 de diciembre de 1894, los jueces militares dictaminaron la culpabilidad por alta traición de Dreyfus, condenándolo a cadena perpetua, la expulsión del ejército y su traslado al penal de la Isla del Diablo, una diminuta isla frente a las costas de la Guayana francesa. Previamente, el oficial fue degradado en una ceremonia pública en la que le fueron arrancados sus galones y su sable partido en dos, mientras una multitud presente coreaba a gritos ¡muerte a Dreyfus!, ¡muerte a los judíos! Y él respondía ¡Viva Francia!

Con el castigo a Dreyfus, la comunidad judía francesa, que contaba con 80.000 almas, estaba ansiosa de que el asunto quedara rápidamente en el olvido para poder así aplacar las pasiones antisemitas. Sin embargo un pequeño grupo de ciudadanos tozudos, convencidos de la injusta condena, exigieron la revisión del caso a pesar de sufrir enérgicas represalias.

Entre ellos estaba el célebre Émile Zola, quien en ese entonces ya era un famoso escritor y novelista francés. Con anterioridad había publicado una serie de artículos en el diario Le Figaro demostrando la falacia y la corrupción del juicio. Pero la presión de los antidreyfusistas era muy fuerte, hasta el punto que el diario le cerró las puertas a Zola preocupado por la oleada de cancelaciones de suscripciones provocadas por los artículos del escritor.

Fue un novel diario como L’Aurore donde Zola publicó su extenso y vibrante alegato, en él expone de forma minuciosa y sistematizada la interrelación de todos los hechos, las dudas y las sospechas en torno al caso. Su objetivo era hacer comprender al público francés el embrollo del caso Dreyfus de una manera clara. Explica las causas iniciales del error judicial al que califica de inhumano y revisa los hechos desde el arresto de Dreyfus hasta su condena. Explica cómo se descubrió que Ferdinand Esterházy era el verdadero culpable. A cada uno de los que él acusa los nombra y explica el delito o acto de corrupción que han cometido. Finalmente, hace referencia a las intrigas en el poder a fin de proteger y absolver al verdadero traidor, demostrando como se consume un doble delito: la condena de un inocente y la absolución de un culpable.

Desde el mismo día de la aparición del artículo, una muchedumbre vociferante se manifestaba frente a su casa profiriendo gritos contra él. En las semanas posteriores, fue objeto de ataques con piedras, mientras algunas personas procedían a la quema pública de sus libros. Zola era consciente que su osadía podía costarle problemas legales y no tardó en comprobarlo: fue demandado en un juicio en el que sufrió insultos, calumnias, y fue condenado a un año de cárcel y 3.000 francos de multa, ante lo cual optó por exiliarse en Londres.
A pesar de los graves contratiempos, el artículo logró su propósito principal: el caso Dreyfus volvió a situarse como primer tema social y se convirtió en un asunto de Estado. Poco a poco, las dudas sembradas por Zola iban abriendo paso en la opinión pública la exigencia en favor de la revisión de la sentencia.

Finalmente, en 1899 Dreyfus es sometido a un nuevo Consejo de Guerra en el que su pena se redujo a diez años. Pero con el deseo de poner fin al caso, el gobierno le concede el indulto, el oficial judío no lo acepta, y sigue luchando por acreditar su inocencia, que finalmente lo logra en 1906 cuando el Tribunal Supremo anula la condena y Dreyfus es reintegrado en el ejército. El triunfo de la verdad llegó demasiado tarde para Zola, había muerto cuatro años antes de que Dreyfus fuera declarado inocente, intoxicado por monóxido de carbono. Para la justicia se trató de un accidente doméstico, sin embargo la sospecha que fue asesinado sobrevuela hasta el día de hoy.

Por el profesor Yehuda Krell

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