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" En cada generación uno debe verse asimismo como si estuviera saliendo de Egipto "   

Pequeña historia de Jánuca

La fiesta de Janucá se celebra anualmente, durante ocho días, en el mes hebreo de Kislev que coincide, en general, con el mes de diciembre. En ella conmemoramos el milagro que, según nuestra tradición, sucedió cuando los macabeos recuperaron el Templo después de haber vencido al ejército de Antioco IV. La celebración de Janucá no aparece en el Tanaj, sino que está prescrita en el Talmud, en el tratado de Shabat.

Los macabeos se habían rebelado contra el numeroso ejército de Antioco IV, rey de Siria (175 a 164 a.e.c.) que había prohibido al pueblo judío practicar su religión y seguir sus tradiciones con el propósito de helenizarlo. Según el relato, cuando los macabeos llegaron hasta el Templo, encontraron el Santuario profanado. Solo quedaba en él una vasija de aceite puro (el único que se podía utilizar en el Templo), con aceite para un día. Tardaron ocho días en conseguir el aceite necesario para purificar y reinaugurar el Templo. Milagrosamente, el aceite que debía durar un día permaneció encendido ocho. Esa es la razón por la que encendemos una Januquía, o candelabro de ocho velas (más una que se utiliza para encender las otras) durante la fiesta. La primera noche se enciende una vela, la segunda dos, la tercera tres, y así sucesivamente hasta completar las ocho. La Januquía tiene que colocarse en un lugar visible, cerca de una ventana si se vive en un piso o en la puerta de entrada si se trata de una casa, para indicar a los viandantes con su luz que se encuentran ante un hogar judío.
Detrás de esta festividad se encuentra el espíritu de lucha por la libertad religiosa y el respeto al pluralismo.

Además, Janucá significa inauguración, y tiene en hebreo la misma raíz que jinuj, educación. En tiempos de Antioco la enseñanza y el estudio de la Torá se consideraba un crimen penado con la muerte o la prisión. Así que cuando aparecían las patrullas de soldados, los niños que estaban estudiando Torá, cambiaban sus libros sagrados por perinolas para librarse del castigo. Todavía hoy los niños juegan con ellas en Janucá. Se trata del sevivon, una perinola de cuatro caras. En cada una de las caras del sevivón hay una inicial de las palabras hebreas “nes gadol haiá sham” (un gran milagro sucedió allí). En Israel se modifica la última letra, de manera que la frase termina con la palabra “aquí”.

Janucá es una fiesta alegre, en la que los niños son los protagonistas principales y en la que se ayuda especialmente a los más necesitados de la comunidad. En ella se acostumbra a hacer visitas y a intercambiar regalos y dulces: sugafniots, latkes o “buñuelos de Janucá” y pasteles de queso en recuerdo de Judit, cuya historia se cuenta en estos días.

Fuente: Comunidad Bet Shalom

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