Las largas y silentes noches de invierno tienen una cualidad casi mística, ocasionalmente consideramos terminar el día más temprano, abrir un libro, escribir un diario o quizás tan sólo escuchar. El silencio nos permite oír a nuestros corazones hablar lo suficientemente fuerte como para que escuchemos, sin el ruido de la vida cotidiana.

Tendemos a amortiguar el impacto de vivir a fondo las temporadas matando su mensaje con la intrusión (y bendición) de la electricidad. Convertimos al verano en primavera con el aire acondicionado. Calentamos nuestros hogares y atravesamos el invierno mirando por la ventana y sintiendo el frío sólo si tocamos los vidrios. Alargamos el día manteniendo las luces encendidas. Todo esto, por supuesto, es una gran suerte; después de todo, nadie extraña el calor del verano que nos dejaba exhaustos, tensionados y empapados con transpiración, o el tipo de invierno que nos encarcelaba en nuestras casas mal calefaccionadas anhelando por la llegada del sol. Sin embargo, de vez en cuando, es bueno tomarse el tiempo para dejar que el mundo nos hable.

Cada mes tiene su propio mensaje. El Arizal, Rabí Itzjak Luria Ashkenazi, un gran místico del siglo XVI, nos dice que la fuerza espiritual de cada uno de los doce meses es paralela a las 12 tribus (para el mes de Kislev, es la tribu de Benjamín, que fue conocido por su fe inquebrantable en Dios y por su feroz capacidad de batallar el mal) y al signo astral del mes (para este mes es el arquero). Todo esto nos permite comprender algo de la naturaleza del mes, y quizás, nos permite encontrar una parte de nosotros mismos (dado que cada judío es un compuesto de las 12 tribus).

A medida que las noches se prolongan y se ennegrecen, podemos sentir intuitivamente que ese lugar dentro de nosotros que es oscuro y vulnerable, está más cerca de la superficie que durante el verano. De hecho, hay evidencia científica de que hay una base biológica para este sentimiento. Lo que se nos escapa es la preciosa naturaleza de ponernos en contacto con esta parte de nosotros.

Hay dos eventos que ocurrieron durante este mes que nos indican en dónde nos estamos metiendo. Lo primero es que Dios nos presentó el arcoíris, una señal del pacto que hubo luego de la destrucción del Diluvio. Nosotros difícilmente asociamos al arcoíris con los días más cortos del año, pero sin embargo tiene mucho que ver con ellos. Nóaj dejó la seguridad del arca para reingresar al mundo el 28 de Jeshván (el mes previo en el calendario judío); él vio una desolación vasta, indescriptible, total. No podemos ni siquiera imaginar el mundo árido y silente que él enfrentó. Reconoció que dependía de él establecer un curso que lo llevaría a él y a sus descendientes a redefinir el mundo. Ofreció sacrificios para simbolizar su compromiso a elevar el mundo y todo lo que hay en él hasta su fuente divina.

La chispa de eternidad que tenemos dentro de nosotros nunca desaparecerá totalmente, sin importar cuán bien la disfracemos al adoptar comportamientos animales.

En el primer día de Kislev, Dios respondió a este acto bendiciendo a Nóaj y a su familia. Puso reglas nuevas para ellos; desde ahora en adelante, al hombre se le permite comer carne y será responsable por derramar sangre humana. El mundo debe ser un lugar en donde la realidad de que fuimos creados a imagen de Dios sea relevante; no somos sólo un tipo de animal más desarrollado, sino que somos una especie completamente distinta. La chispa de eternidad que tenemos dentro de nosotros nunca desaparecerá totalmente, sin importar cuán bien la disfracemos al adoptar comportamientos animales. No podemos “convertirnos” en animales, tal como un picaporte no puede convertirse en un canario. Los animales pueden ser matados y comidos; ningún ser humano es un animal. Dios prometió nunca volver a traer un diluvio, sellando su pacto para la eternidad con una señal, el arcoíris.

¿Por qué un arcoíris?

Siempre hubo arcoíris, incluso antes del Diluvio; lo que cambió fue su mensaje. ¿Qué es lo que el luminiscente y multicolor arcoíris nos dice sobre el territorio en que caminamos? La respuesta es que delinea nuestro futuro. Después del Diluvio la humanidad se desarrolló de manera diferente. Hasta ese punto, no había un concepto de nacionalidad o de culturas divergentes; desde ese punto en adelante, los diferentes pueblos serían cada vez más variados. El arcoíris es una declaración viviente (un mapa) de lo que realmente significa (el territorio). Un arcoíris está formado por luz pura refractada en siete colores. El rojo es el más cercano al rayo de luz original, y el violeta es el más lejano de la luz blanca pura.

Esto tiene un paralelo humano. Algunas personas son cercanas a Dios y viven vidas que revelan su intimidad con el Creador. Otras personas están mucho más lejos de su Fuente y nada en sus vidas da una evidencia externa de tener alguna clase de relación con Él. La realidad es que ambas personas vienen de una sola fuente, tal como el rojo y el violeta son generados por la misma luz pura.

Todos los matices de nuestra existencia emanan de una única fuente de Luz, a pesar de que no siempre seamos lo suficientemente sabios como para verla.

En nuestras vidas individuales, también experimentamos el espectro completo de luz, que va desde el brillo a la oscuridad. Las tres de la tarde puede ser un momento ideal – el trabajo va excelente, el cielo está azul y todo pareciera ser perfecto. Las tres de la mañana es una historia completamente distinta – estás acostado en la cama y no puedes dormir; nada de lo que haces parece tener sentido – pareciera que nada cambiará. Algunos momentos negros son incitados por factores externos – rechazo, fracaso o la percepción de rechazo o fracaso – pero también hay momentos negros que son parte de la vida misma. En ambas circunstancias, podemos reconocer que Dios nos hizo con un ritmo interior que mueve nuestra luz de una “roja” luminosidad a una “violeta” desesperanza, pero a pesar de eso nuestras almas siguen siendo eternas y la vida sigue teniendo significado. Toda alma humana está y siempre estará aferrada a la vida, que es Dios mismo. Todos los matices de nuestra existencia emanan de una única fuente de Luz, a pesar de que no siempre seamos lo suficientemente sabios como para verlo.

La sargenta de policía le dijo a Samy que podía hacer dos llamadas. Samy permaneció en silencio. Sus ojos corrían desde la luz fluorescente hasta el escritorio de fórmica marrón; pasaban por cualquier lado menos por el teléfono. A los 19 años, él se sintió viejo, muerto y repulsivo. No había nadie a quien llamar. No a su padre, con quien no se había visto o comunicado desde su infancia, ni a su iracunda y medio loca madre.

La mujer policía lo miró con una extraña mezcla de impaciencia y compasión. “Llama a tu abogado o a alguien de tu familia. No podemos dejarte ir hasta que alguien venga, firme por ti y pague la fianza. Pueden pasar meses hasta el juicio”.

No respondió; no tenía que hacerlo. Ella se dio cuenta. No había nadie en todo el mundo a quien Samy pudiera llamar. Los cansados ojos marrones de la mujer se encontraron con los de él por un momento. Él quería increparla a ella y a toda la gente normal, inofensiva y sobreprotectora que había conocido en su vida. El odio era agudo, profundo e insignificante comparado con el odio que sentía hacia sí mismo. Le vino un número a la cabeza; el director de su escuela secundaria, que lo había encontrado dormido en el banco de una plaza cinco años antes y lo había convencido para ir a los dormitorios de la escuela. La última vez que le había hablado fue en una tormentosa reunión en su oficina que había terminado con Samy saliéndose de la escuela.

No sabía qué decir. Discó el número con las manos temblando. Sólo quería que el teléfono sonara, de forma que no tuviese que enfrentar a la mujer policía, quien sabía demasiado, y que al mismo tiempo no se viese forzado a oír ni la indiferencia ni la furia que le esperaba por despertar a alguien a las 4 de la mañana. Sonó ocho veces. El rabino Grossman contestó el teléfono. “Es Samy”.

“¿Qué pasó? ¿En dónde estás?”.

Derramó la sórdida historia por completo y terminó con las únicas palabras que podía. “Me estarán reteniendo aquí a menos que alguien firme y pague”. En unas horas, el rabino Itzjak David Grossman, el legendario rabino de Migdal HaEmek, estaba en Tel Aviv, un viaje de dos horas si los caminos están despejados. Él sabía lo que Samy no sabía, y creía en algo que Samy nunca creyó: Samy es invaluable, deslumbrantemente hermoso, él es una manifestación eterna de su Creador.

La luz de Januca

El segundo evento que caracteriza al mes de Kislev es Januca. Es uno de los tiempos más oscuros de nuestra historia; de alguna manera habíamos perdido de vista todo lo real y duradero. Un gran porcentaje de nuestro pueblo se definía como helenista, amantes de todo lo griego. Los griegos conocían el “mapa” mejor que cualquier nación que los hubiese precedido. Veían las montañas y los valles, la mente y el cuerpo. Ellos recibieron un don de extraña precisión y expresaron lo que veían con una belleza y poder sin paralelos.

Pero no conocían el “territorio”. La moralidad, la santidad y la espiritualidad estaban fuera de su alcance. Y lo que es peor, encontraban que el concepto mismo de espiritualidad era amenazador y peligroso para su mundo centrado en el humano. Prohibieron la Torá porque llevaba a la mente a lugares desconocidos. Prohibieron Shabat porque invitaba a cualquiera que lo respetara a verse sí mismo como parte de un mundo creado con responsabilidad hacia su Creador, en lugar de verse como un miembro de un mundo centrado en la humanidad cuya moralidad es irrelevante. Prohibieron la circuncisión porque implicaba que el cuerpo humano no es perfecto tal cual es, sino que es un instrumento imperfecto que los humanos deben perfeccionar.

En el medio de todo esto, vivimos un renacimiento y un redescubrimiento nacional. Luego el milagro ocurrió. Los griegos habían profanado la Menorá, que es un símbolo del espíritu, al igual que profanaron todo lo demás en el Templo. Cuando el Templo fue recapturado, una de las primeras cosas que hicieron los guerreros hasmoneos (ellos venían de una familia de kohanim cuyo nombre era Hashmonai) fue tratar de reencender la Menorá. Pero, ¿por qué era esto tan importante? La razón es que ellos no estaban luchando por una independencia política, sino por una renovación espiritual. Encender la Menorá fue su respuesta ante la oscuridad.

El aceite para un día duró ocho.

Cada uno de nosotros tiene que luchar contra la oscuridad a su manera. Ninguno de nosotros es igual a otro; cada uno es un mundo en sí mismo. Utilicemos este tiempo para ver los arcoíris que son el resultado natural de la unión entre la lluvia y el sol. Utilicemos este tiempo para encender la Menorá que está siempre allí, dentro de nuestro corazón.