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Miércoles,16-10-2019
"La persona recta cae siete veces y se levanta". (Rey Salomón, Proverbios 24:16)
02-05-2019
La memoria necesaria, el presente que ataca

JAI - Iom Hashoá es un día de memoria y reflexión. Pero cuando se trata de Shoa, todos los días la memoria nos va marcando pautas para enfrentar realidades brutales que nos hacen recordar la tragedia que sufrimos por el nazismo y sus innumerables cómplices ,y que hoy, el odio antisemita desplegado en casi todos los continentes no permite flaquear con un mínimo olvido ni por un instante.

Escribió Saul Friedlander que hay algo que ningún otro régimen que no fuera el nazi intentó hacer, sin importar lo criminal que fuera. Se pueden considerar incluso mayor número de víctimas y medios de destrucción tecnológicamente más eficaces; pero cuando un régimen, con base en sus propios criterios, decide que hay pueblos que no tienen derecho a vivir sobre la tierra, así como el lugar y el plazo de su exterminio, entonces se ha alcanzado ya el umbral extremo. Desde mi punto de vista, señala Friedlander, este límite se ha alcanzado una sola vez en la historia moderna: por los nazis en la Shoá.
El historiador Enzo Traverso es categórico.”Auschwitz supuso una ruptura de civilización. Exterminar a los judíos significaba socavar las bases de nuestra civilización, intentar amputarle uno de sus principales fundamentos porque el judaísmo es una de las fuentes del mundo occidental cuyo recorrido ha acompañado por milenios. Con los campos de exterminio se cuestionó radicalmente el fundamento mismo de la existencia humana, y en particular el reconocimiento de la humanidad del otro. A diferencia de las masacres del pasado, la destrucción nazi pretendía ser total”.

Cuando a Primo Levi, en una visita que hizo a Auschwitz donde había padecido la Shoá, le preguntaron si pensaba que era posible lograr el aniquilamiento de la humanidad, contestó:
“¡Desde luego que sí! ¡Y de qué manera! Me atrevería incluso a decir que lo característico del Lager nazi , es la reducción a la nada de la personalidad del hombre, tanto interiormente como exteriormente. Pienso que son pocos los que tuvieron la suerte de no perder su conciencia durante la reclusión; algunos tomaron conciencia de su experiencia a posteriori, pero mientras la vivían no eran conscientes. Todos sufrían substancialmente una profunda modificación de su personalidad, sobre todo una atenuación de la sensibilidad en lo relacionado con los recuerdos del hogar, la memoria familiar; todo eso pasaba a un segundo plano ante las necesidades imperiosas, el hambre, la necesidad de defenderse del frío, defenderse de los golpes, resistir a la fatiga. Todo ello propiciaba condiciones que pueden calificarse de animales, como las de bestias de carga. En alemán hay dos verbos para “comer”: el primero es “essen”, que designa el acto de comer en el hombre, y está “fressen”, que designa el acto en el animal. En el Lager, sin que nadie lo decidiera, el verbo para comer era “fressen” y no “essen”, como si la percepción de una regresión a la condición de animal se hubiera extendido entre todos nosotros.”

Estas reflexiones de Friedlander, Traverso, Primo Levi nos marcan la memoria y la reflexión hoy, Iom Hashoá.
Pero el presente nos marca también a sangre, fuego y odio;el odio que se retroalimenta y parece no terminar nunca.

Casi simultáneamernte el fin de semana pasado sucedieron dos hechos brutales de antisemitismo. Terminando Pesaj y a pocos días de Iom Hashoá.

En una sinagoga en San Diego, California, como todos ya sabemos,fue asesinada una señora que salvó a su Rabino y cayó bajo las balas del asesino que además dejó varios heridos. Un asesino de 19 años, alimentado por redes sociales quizás, para decirlo con modernidad siglo XXI, pero en realidad alimentado por lo que Traverso señala como el objetivo de los portadores del odio: terminar con la existencia humana.

El mismo día que la sinagoga de San Diego era atacada, el New York Times publicaba una caricatura que emulaba Der Sturmer y hacía renacer a Goebbels. Mucho se ha comentado sobre esa caricatura en estos días, en la cual se agravia al Primer Ministro de Israel y al Presidente de Estados Unidos.

Nadie que conozca cómo funciona uno de los diarios más grandes del mundo puede imaginar negligencia. No hay forma. Las noticias señalaron poco después que se disculparon. No es cierto. Reconocieron con insoportable levedad que se habrían equivocado pero no hay disculpas formales, y a esta altura, queda claro la intencionalidad de la incitación al odio y la violencia. ¿Por qué un diario de tamaño prestigio llega a este extremo? Por lo que señaló en su momento Primo Levi. Se puede perder el sentido de humanidad y no sólo en el infierno concentracionario.

Pero esta semana hubo más. El lunes, el Consejo de Seguridad hizo un minuto de silencio por las víctimas de la sinagoga de San Diego el sábado y el Secretario General de la ONU amplió el sentir de ese minuto hacia las víctimas católicas masacradas el domingo en una iglesia de Burkina Faso, y todas las que han caído bajo las balas del odio este pasado fin de semana y hace poco en Sri Lanka y Nueva Zelanda.

Pero la realidad va mucho más que el pobre simbolismo de ese minuto de silencio.
En ese mismo ámbito hablan los incitadores y los perpetradores y nadie les dice aunque sea en un minuto que ese doble discurso y ese permiso para mentir en Nueva York y crear barbarie en todo el mundo no le da distinción alguna al homenaje que algunos sin duda, lo habrán hecho desde sus valores, pero otros desde su hipocresía.

Hoy, las víctimas de San Diego, Sri Lanka, Nueva Zelanda y Burkina Faso, no descansan en paz. No con un minuto de silencio por parte de quienes tienen responsabilidades incumplidas que no se enfrentan ni con retórica ni con homenajes con algunos de los perpetradores invitados.

Por eso, vuelvo a Friedlander y al principio de esta columna de hoy: cuando hay quienes creen que el otro no tiene derecho a existir, llegamos al cruce de caminos entre civilización y barbarie. Hoy, recordamos la barbarie, y nos volvemos a comprometer a seguir luchando por la civilización.

Eduardo Kohn
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